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Magia Cerebral

Cuando ves a un mago profesional haciendo su acto, logrando cosas que parecían imposibles segundos antes, parece que no le cuesta nada. Pero cualquiera que haya practicado magia sabe que no es así. Aprendes habilidades básicas, practicas movimientos, y poco a poco, con pequeñas mejoras, logras que la gran magia suceda… de forma aparentemente sin esfuerzo. Por cada mago de verdad, hay millones de personas que intentan aprender un truco por unos minutos u horas, lo hacen mal unas cuantas veces y luego lo olvidan. Mucha gente sueña con hacer magia; pero solo quienes realmente le dedican tiempo y esfuerzo logran cumplir ese sueño.

De eso trata este libro: de crear magia dentro de ti para que la vida que sueñas se vuelva realidad. Todos imaginamos cómo queremos que sea nuestra vida, cómo actuaremos en el mundo, cómo nos verán los demás y cómo nos vamos a sentir. Todos conocemos a alguien que parece haber logrado esa vida soñada. Desde afuera, es fácil pensar que “simplemente les pasó”: que tuvieron suerte, que recibieron más ayuda, que fue tan fácil como un buen truco de magia. Pero quienes realmente han hecho su vida realidad, saben que tuvieron que trabajar más, mantenerse enfocados por más tiempo, renunciar a placeres inmediatos y aprovechar mejor las oportunidades que se les presentaron. Solo parecía magia.

La corriente dominante de la cultura occidental en los últimos 50 años se ha alejado cada vez más de la idea de esfuerzo y compromiso, y se ha ido hacia el sueño de las soluciones mágicas. Todo lo que está “mal” en nosotros se debe a una “enfermedad” y se puede arreglar tomando la combinación correcta de pastillas. Sentimos que merecemos casas más grandes y autos nuevos. Que podemos volvernos ricos endeudándonos y gastando. Que hay un “secreto”: si imaginamos lo que queremos con suficiente detalle y constancia, el universo nos lo va a dar. Mantente delgado sin dieta ni ejercicio.

Las ideas de compromiso, sacrificio, trabajo duro y compartir se han perdido en esta fantasía consumista que nos inyectan todos los días: en las series que vemos, las pelis que consumimos, las páginas que navegamos, la música que escuchamos. Lo instantáneo es mejor, todo cambio es progreso, mereces todo lo que quieres y lo mereces ya.

Pero desde los noventa ha surgido una contracorriente: una que les ha dado esperanza a quienes compraron todo ese paquete de vida “mejorada por la tecnología y la química” y se encontraron cada vez más lejos de la vida que imaginaban. Hay un verdadero mago dentro de cada uno de nosotros: nuestro cerebro.

El cerebro y la mente

La ciencia ha demostrado cada vez más que un niño que no puede concentrarse en sus tareas no es flojo, ni desinteresado, ni tonto. Su cerebro simplemente no puede mantener ciertos niveles de energía por mucho tiempo. Un adulto enojado, estresado o ansioso no está “loco”. Su cerebro funciona con demasiada o muy poca energía de ciertos tipos. Personas que meditan o que rinden al máximo en cualquier campo muestran patrones cerebrales similares. En resumen, el cerebro es la base física de la mente.

Muchos usamos los términos «mente» y «cerebro» como si fueran lo mismo, pero en las últimas décadas hemos aprendido algo importante: puede que sea posible —como prometía la psicología desde Freud— cambiar el cerebro trabajando la mente; pero lo que sí está comprobado es que es totalmente posible cambiar la mente trabajando el cerebro.

Desafortunadamente, para muchas personas esta revelación no les sirve de mucho. Es como si te dijeran que puedes mejorar tu coche afinándolo… pero no sabes cómo hacerlo. Entender la importancia del cerebro muchas veces hace que nos sintamos menos capaces de cambiar. Nos dicen que todo se trata de “desequilibrios químicos” o “predisposición genética”. ¿Quién quiere meterse con el sistema más complejo del universo?

Pero mientras descubríamos cosas increíbles sobre el cerebro, hubo varias revoluciones silenciosas ocurriendo al margen, invisibles para la mayoría. Revoluciones que, en lugar de hacernos sentir más indefensos, nos han mostrado el verdadero poder que tenemos.

El poder de cambiarte a ti mismo

El sistema de energía metabólica del cuerpo humano también es increíblemente complejo: procesos entrelazados convierten lo que comemos y bebemos en energía, almacenan y queman grasa y glucosa, y mantienen un peso corporal estable durante largos periodos. Gracias a un proceso llamado homeostasis, el cuerpo puede adaptarse a excesos o restricciones sin descontrolarse. El cerebro funciona igual.

Aunque estos sistemas son complejos y estables, ¡sabemos que podemos cambiarlos! Si modificas de forma constante lo que consumes (qué comes, cuánto, cuándo y cómo) o tu nivel de actividad física (cuánto te ejercitas, cómo y por cuánto tiempo), puedes modificar el punto de equilibrio de tu cuerpo hacia arriba o hacia abajo.

Tenemos ese mismo poder para cambiar nuestro cerebro.
Requiere trabajo —no magia— pero tú (y solo tú) puedes hacer realidad tu vida.


Advertencias

Las personas que consumen “noticias” de 15 segundos, que se comunican con textos breves en el celular, que juegan videojuegos súper estimulantes o ven películas y programas con cortes rápidos —y sobre todo, quienes hacen más de una de estas cosas al mismo tiempo— desarrollan cerebros que no procesan bien el lenguaje, que no pueden mantener el enfoque en una tarea por más de unos segundos, y que de verdad creen que tienen una habilidad especial para hacer muchas cosas al mismo tiempo sin afectar la calidad de los resultados.

Quienes obtienen sus noticias y opiniones de internet o la tele, ya procesadas en frases cortas o puntos de debate, empiezan a perder la capacidad de pensar por sí mismos. Repiten lo que escuchan como si fueran sus propias ideas. Hacen todo lo que creen que “deben” hacer, pero su vida nunca realmente sucede.

Las personas que viven en un mundo donde “hacer algo” es un valor central, o los niños que crecen con mil actividades —fútbol un día, karate al siguiente— no solo no se vuelven buenos en ninguna, sino que se estresan. Siempre están siendo empujados de un lado a otro. Es desgarrador escuchar a estos niños que no tienen tiempo para simplemente estar tranquilos, que tienen que agendar “citas de juego” para convivir con otros niños —y que cuando lo logran, no saben qué hacer más que sentarse frente a una pantalla y conectarse en paralelo con un juego sin sentido en vez de convivir entre ellos.

Sus papás, tratando de equilibrar esto con trabajos que exigen cumplir con múltiples fechas límite, el estrés financiero de mantener el estilo de vida consumista que ven en la cultura, y construyendo sus vidas en torno a las redes sociales, ya no tienen tiempo ni energía para nada que no sea “entretenimiento” y sienten un vacío y una insatisfacción crecientes en el fondo. Literalmente se vuelven autómatas, manejados por algo desconocido fuera de sí mismos.

Úsalo o piérdelo

Lo que elegimos hacer en nuestra vida afecta nuestra mente, y eso afecta la estabilidad (homeostasis) en nuestro cerebro. Los patrones estables del cerebro impactan nuestros procesos mentales, nuestros estados de ánimo e incluso nuestros sistemas corporales. Puede que sea posible cambiar cómo funciona el cerebro cambiando nuestra forma de pensar o actuar. Pero lo que sí es totalmente posible es cambiar cómo pensamos, sentimos y actuamos al modificar los patrones del cerebro.

Y lo mejor: existen herramientas que nos permiten hacerlo por nuestra cuenta, si así lo decidimos. O, para quienes no tienen tiempo, voluntad, energía o confianza para hacerlo solos, hay cada vez más personas que pueden ser guías: les llamamos entrenadores personales del cerebro. No pueden hacer el trabajo por ti, igual que un coach no puede ponerse en forma por ti, pero pueden guiarte y motivarte hasta que el proceso empiece a cambiar de verdad el punto de equilibrio de tu cerebro.

El Mapa para la Magia

De eso trata este libro. Es una guía para desbloquear la magia que vive en tu cerebro. Está escrito de forma poco común porque queríamos que fuera un recurso útil tanto para quien busca cambiar su propia vida o ayudar a su familia, como para los miles de profesionales —terapeutas, maestros, coaches y otros— que quieran sumar estas herramientas increíbles a su trabajo.

Vamos a comenzar redefiniendo de qué se trata realmente el entrenamiento cerebral. Rechazamos la idea de que todos queramos ser “normales” o “promedio”. Si eso es todo lo que quieres, entonces vivir en el universo de tu celular/iPad/pantalla/videojuegos es el camino perfecto.

Nosotros creemos que, si se les da la oportunidad y los medios, la mayoría de las personas realmente quieren ser más ellas mismas, convertirse en versiones más plenas y potentes de sí mismas: desarrollar cerebros y mentes que funcionen como verdaderos atletas de alto rendimiento. Ser el mejor papá o mamá, el/la mejor pareja, el/la más feliz tú, no es poca cosa. Tal vez también quieras ser una persona que habla increíble en público, que resuelve problemas, que maneja bien el estrés, que inventa cosas geniales, que ayuda a otros a transformar sus vidas o que construye una gran empresa. Todo eso ya está dentro de ti. Entrenar tu cerebro puede sacar todo eso, si estás dispuest@ a invertir el tiempo y la energía necesarios, y a dejar atrás las soluciones fáciles y rápidas.

Nos vamos a enfocar en una nueva visión de quién puedes ser y cómo llegar ahí, una nueva forma de verte, un mayor conocimiento de lo que vive en ti y de cómo te conectas con el espíritu que inspira tu mente y tu cuerpo. Encontrar esa base te dará los cimientos para la magia. Vivir desde ahí, de verdad puede ayudarte a hacer realidad tu vida soñada.

Empieza ahora.


Emergencia del Cerebro Energético

El cerebro es nuestro sol

Hoy reconocemos que el cerebro es el centro de un sistema que se extiende por todo nuestro cuerpo, produce el fenómeno que llamamos mente e incluso podría crear el universo en el que vivimos.

Nuestros sentidos envían un flujo constante de información que el cerebro filtra, integra, procesa y sobre la cual actúa. El cerebro experimenta emociones y regula en qué medida las sentimos, expresamos y actuamos en consecuencia. Almacena una especie de «internet» de recuerdos, accede a ellos y los aplica en casi todo lo que hacemos. Determina qué es importante, sigue el flujo de las experiencias, decide qué significan y qué debemos hacer al respecto, y luego activa y coordina nuestros sistemas musculares para actuar.

Más allá de estas entradas y salidas, todo el funcionamiento interno de nuestros cuerpos—frecuencia cardíaca, presión arterial, temperatura, hambre, digestión, sueño, eliminación, respuesta ante emergencias—es gestionado por el cerebro. Aprendemos, nos relacionamos socialmente, nos comunicamos y creamos, imaginamos un futuro que aún no existe, planeamos y organizamos cómo llegar ahí. Todo esto es mediado por el cerebro. Es central en cada parte de nuestras vidas.

La computadora y el cerebro

Y, sin embargo, hasta la llegada de la era digital en los años 80—cuando el cómputo se volvió más accesible en tamaño y costo—lo que se sabía del cerebro humano provenía en gran parte de cerebros muertos o seriamente dañados. El mapa geográfico del cerebro ya había sido trazado por Brodmann y otros medio siglo antes. El cerebro vivo y funcionando permanecía mayormente en la oscuridad.

Los potenciales eléctricos del cerebro, identificados a finales de los años 20, dieron origen al electroencefalograma (EEG). Por generaciones, los neurólogos trabajaron con largas tiras de papel con líneas onduladas que debían medirse y contarse manualmente. El enfoque principal de este EEG “analógico” era identificar formas de onda “anormales” relacionadas con lesiones, actividad epiléptica, etc. Las computadoras permitieron transformar esas ondas en flujos de datos digitales, que pueden mostrarse gráficamente y analizarse en tiempo real.

El EEG Cuantitativo (QEEG o simplemente Q) es un registro de estas señales digitales en 19 o más puntos estándar sobre la superficie del cerebro (la corteza). El QEEG captura un momento específico dentro de las mareas eléctricas cambiantes del cerebro—como una foto instantánea de alguien saltando en una cama elástica.

Esta imagen brinda información sobre la frecuencia—cuántas veces por segundo se activan grupos de neuronas—y cuánta energía está produciendo cada área del cerebro. Las frecuencias más altas requieren mayor soporte metabólico y pueden procesar más datos, o hacerlo de formas más complejas. El EEG también brinda datos sobre la amplitud (o potencia), que indica cuántas neuronas en una zona específica están generando una frecuencia determinada en un momento dado.

La combinación de frecuencia y amplitud permite comparar el grado de simetría entre zonas—si una está activándose más rápido que otra—y sus estados—si una zona está “en reposo” o “en actividad”. También da información sobre la variabilidad—qué tan controlados o descontrolados están esos grupos de neuronas de momento a momento.

Como el EEG ofrece una alta resolución temporal—es decir, puede captar lo que pasa en el cerebro de forma casi inmediata—el QEEG digital permite medir la conectividad (fase y coherencia) entre distintas zonas cerebrales, en diversas frecuencias, tanto en reposo como durante tareas. Estos valores cuantifican qué tan independientes son las áreas cerebrales para trabajar, y qué tan eficientes son para descansar y compartir tareas o información.

Otras tecnologías de escaneo (como SPECT, PET, fMRI), que miden la actividad metabólica a través de cambios en el flujo sanguíneo, han permitido observar áreas por debajo de la corteza.

Durante los años 90—la llamada “Década del Cerebro”—y hasta hoy, ha comenzado a superponerse una visión cada vez más completa del cerebro energético sobre la versión geográfica, como la atmósfera sobre la Tierra. El cerebro ha dejado de ser visto como una estructura estática, para entenderse como una entidad viva y activa, a menudo considerada la más compleja del universo—un sistema que se recrea a sí mismo constantemente con base en la experiencia.

Canales principales de estudio

El estudio y conocimiento del cerebro energético se ha desarrollado a lo largo de seis caminos principales:

  1. Esfuerzos estadísticos, especialmente en humanos, para definir cómo es un “cerebro normal”.
  2. Estudios de cerebros de alto rendimiento, como los de monjes, atletas, pilotos de élite y otros.
  3. Descubrimiento de vínculos entre patrones de EEG y estados de ánimo, conductas y desempeño.
  4. Estudio del cerebro químico: neurotransmisores y neuromoduladores.
  5. Estudio del cerebro genético, el que heredamos de nuestros padres.
  6. Uso del EEG en tiempo real para proporcionar retroalimentación a un cerebro entrenable.

En las siguientes secciones veremos cada uno de estos canales, cómo se han desarrollado en el último cuarto de siglo y cómo se han interconectado para llevarnos al punto en el que estamos hoy.


El Cerebro Normal

En busca del cerebro “normal”

Imagina algo complejo y único—quizás una micro-ecología entre montañas y el mar. Tiene sus propios patrones climáticos—puede llover más ahí que a solo 8 km de distancia. Las temperaturas pueden variar mucho. Aves e insectos que viven ahí tal vez no sobrevivirían del otro lado de la montaña. Es una homeostasis compleja e interconectada, muy parecida a la del cerebro humano.

¿De qué serviría comparar docenas de medidas diferentes de ese ecosistema con otros cincuenta? Comparar la temperatura máxima promedio del 3 de enero, la lluvia del 12 de abril, la proporción de árboles de hoja caduca contra los de hoja perenne. ¿Eso te diría realmente si tu pequeño ecosistema es “normal”? Sería un ejercicio medio absurdo, porque el concepto de “normal” no es tan útil cuando se trata de sistemas altamente individualizados que se han desarrollado en respuesta a su entorno—como el cerebro humano.

El cerebro de base de datos

Investigadores como E. Roy John y Robert Thatcher comenzaron a crear bases de datos de EEG a finales de los 80. La de Thatcher, durante años conocida como la base de datos de lesiones cerebrales, se ha convertido ahora en una fuente de “normas”. Los investigadores usan estos archivos como estadísticas de “población” para compararlos con subgrupos (como personas ansiosas, personas con falta de atención, etc.) y buscar medidas que realmente diferencien al subgrupo del resto. Eso sí parece útil—tan útil como comparar ecosistemas urbanos en el paralelo 40 con todos los ecosistemas, no para ver si son normales, sino para ver cómo se diferencian.

Últimamente se ha vuelto un gran negocio vender acceso a estas bases de datos a profesionales que quieren entrenar cerebros individuales con la idea de que, al modificar múltiples medidas del cerebro para hacerlas más “promedio”, ese cerebro funcionará mejor.

¿Qué es “normal”?

Las llamadas “normas” que producen estas bases de datos en realidad son promedios, con un rango de desviaciones estándar a su alrededor. Por eso, el término “cerebro promedio” sería más exacto. Describen al cerebro con docenas de curvas en forma de campana que se superponen.

La mayoría no esperaría que un poeta y un contador tuvieran el mismo cerebro. Entonces, ¿cuál de los dos sería el “normal”? Si uno es muy bueno con el lenguaje y la imaginación, y el otro con números, probablemente NINGUNO de ellos sea exactamente promedio. De hecho, podríamos decir que las personas a las que más admiramos son, por definición, “anormales” en algún aspecto. Entrenar ciegamente todos los cerebros para que sean promedio en todo tiene tanto potencial de eliminar cosas que nos gustan de nosotros mismos como de ayudarnos a funcionar mejor.

Dónde sí sirve lo “normal”

El concepto de normalidad puede ser útil en un hormiguero, una colmena o una línea de producción. Ahí no se espera que los individuos sean únicos, sino partes de una entidad más grande (la colmena o la colonia). En esos casos, el individuo es lo que hace. Pero, al menos en la cultura occidental, lo que hace especial o valiosa a una persona es justamente lo que la distingue del molde. Entendemos que son nuestros cerebros—ese conjunto de hábitos energéticos únicos que se formaron con lo que vivimos y lo que traíamos desde que nacimos—los que producen nuestro genio, nuestras pasiones y lo que nos hace únicos.

Un médico puede medir cómo funciona un páncreas, un corazón o una vejiga, revisar relaciones químicas en la sangre. Puede comparar estos sistemas, relativamente simples y funcionales, con normas poblacionales para detectar problemas de salud. Pero el cerebro no es un riñón. Está ejecutando cientos o miles de funciones a cada instante. Se redefine constantemente, filtra, integra y responde a decenas de estímulos por milisegundo, produce pensamientos y acciones, recuerda, siente, regula. Literalmente, como dijimos antes, crea el universo en el que cada quien vive.

La idea de que un sistema tan complejo y multifacético pueda definirse y ajustarse a un concepto estadístico de normalidad sería un chiste—si no fuera la base de tanto del trabajo que se está haciendo hoy en día para entrenar cerebros.

Bases de datos útiles

Las bases de datos poblacionales sí pueden servir para identificar ciertos tipos de cerebros. Si un estudio de músicos de alto nivel revela ciertos patrones cerebrales específicos que existen comúnmente entre ellos y casi no aparecen en cerebros promedio, eso puede ayudar a seleccionar personas con talento para la música.

Los investigadores han buscado justamente este tipo de patrones energéticos relacionados con una amplia gama de rasgos, tanto deseables como indeseables. ¿En qué se diferencian los cerebros de los mejores performers del resto? ¿Qué distingue a los cerebros de solucionadores creativos de problemas de aquellos que piensan dentro de lo establecido? ¿Qué patrones se correlacionan con depresión, enojo o miedo? ¿Qué tipos de cerebros tienen dificultad para concentrarse? Estas y muchas otras preguntas nos han dado la base para una forma más simple, económica y poderosa de evaluar y entrenar cerebros.


Cerebro de Alto Rendimiento

Descubriendo el Cerebro de Alto Rendimiento

Mirando en otra dirección

Durante ese mismo periodo comenzó a aparecer literatura sobre QEEG centrada en lo que se ha llamado el cerebro de alto rendimiento. Meditadores, monjes, atletas de alto nivel, pilotos de combate y otros comenzaron a ofrecer sus QEEG. Mientras las bases de datos normativas intentaban construir una visión puntillista del cerebro basada en cientos de minúsculos puntos de datos, esta imagen emergente era clara y directa, hecha de planos y líneas simples. El cerebro promedio estaba por todos lados; el cerebro pico era sorprendentemente consistente y fácil de describir.

Cualquiera que haya estudiado a atletas de élite, músicos—maestros en cualquier campo—probablemente ha notado que no hacen más que sus colegas. Hacen menos. Sus cerebros también hacen menos. Es casi una ley del entrenamiento: los cerebros más efectivos generan menos energía y son menos variables de momento a momento. Suena contraintuitivo, pero es un hecho físico.

El cerebro promedio representa solo el 2-3% del peso corporal, pero consume cerca del 25% del oxígeno del cuerpo entero. Como las neuronas son las únicas células que no pueden quemar grasa, el cerebro usa la mitad de la glucosa en la sangre. Entre más energía consuma el cerebro, menos queda para el resto del cuerpo. Un cerebro en calma es simplemente más eficiente y más efectivo.

La mayoría de los cerebros se comportan como un equipo de fútbol de niños de cinco años. Donde sea que esté el balón, hay 20 niños amontonados. Gastan un montón de energía para lograr muy poco. Pero si observas a un equipo de fútbol de clase mundial, verás que la mayoría de los jugadores están quietos la mayor parte del tiempo. Cada uno se mueve, según lo que sucede en el campo, para estar en el lugar correcto hasta que le toque actuar. Entonces hay un estallido de energía: un movimiento rápido, con o sin el balón, un pase o tiro preciso… y luego, de nuevo, a descansar.

Cómo se siente una experiencia pico

Lo que vemos externamente es un buen análogo de cómo se sienten los estados pico por dentro.

Casi todos los que hemos practicado algún deporte, tocado un instrumento—o hecho cualquier actividad de rendimiento—hemos sentido esos momentos de estar “en la Zona”. Siempre lo describimos igual: dejé de pensar, dejé de esforzarme. Mi mente estaba en calma. Escuchaba y veía todo. Algunos sienten como si el tiempo se volviera más lento. A veces sabemos qué va a hacer el otro jugador antes de que lo haga. Tenemos más “suerte”, y el juego “nos llega” en lo que el mariscal de campo John Brodie llamó “trenes de energía”.

Realizar una tarea en este estado pico requiere que ya la hayas dominado. Tu cuerpo ha practicado y perfeccionado tanto que ya lo llevas en la memoria muscular. Cuando has desarrollado esa capacidad, puedes actuar en un estado de conciencia pura, sin pensamiento, sin esfuerzo, sin juicio. No hay nada entre tú y tus sentidos, nada entre tú y tus músculos. Te vuelves uno con el proceso. Sin pensar—sin preocuparte por lo que podría pasar, lo que debería pasar o lo que ya pasó—estás plenamente en el momento y rendirás al máximo. Permaneces relajado, controlando solo lo que puedes controlar y aceptando lo que no. Para la mayoría de nosotros, cuando el momento termina y miramos atrás, sentimos que hicimos algo más allá de lo que creíamos posible.

Lo más impresionante de todo: este es el estado más económico del cerebro. Es, en esencia, un estado meditativo. El cerebro está en reposo, esperando algo que requiera acción, listo para moverse en cualquier dirección cuando “se encienda la luz verde”, sin desperdiciar energía.

La Teoría Unificada del Rendimiento

Quienes han estudiado a personas de alto rendimiento y cerebros de alto rendimiento han identificado cosas en común entre los mejores en todos los campos, desde deportes y artes hasta negocios:

  1. Están más conectados con sus emociones, se ven como parte de un todo interdependiente en lugar de individuos aislados, pueden enfocarse y pensar con claridad, son seguros de sí mismos y pacientes.
  2. Viven estados pico más a menudo y los sostienen por más tiempo. Van más allá de sí mismos y actúan con calma en medio de situaciones dinámicas. Combinan conciencia abierta con enfoque agudo—la definición de un estado meditativo.
  3. Practican más que sus colegas en su campo de especialidad.

En cuanto a los estados cerebrales, logran entrar y mantener estados de actividad alfa y gamma sincrónica, relacionados con la apertura y la conexión. En esos estados, la corteza—la parte pensante del cerebro—está completamente en reposo. Los canales de conciencia y comunicación están abiertos y tranquilos, listos para procesar e integrar información al instante. Las áreas del cerebro pueden activarse repentinamente en velocidades beta para cumplir una tarea, enviar información de manera eficiente a otras áreas y luego regresar al estado de reposo/observación hasta que se necesiten de nuevo.

En resumen, los cerebros que funcionan mejor en cualquier campo funcionan de manera muy parecida entre sí. Y son mejores que el resto de nosotros en conservar energía hasta el momento exacto en que deben actuar.


Patrones de Activación Estables

La llegada de las computadoras digitales estuvo relacionada con el desarrollo de la teoría del caos, una descripción matemática de muchos sistemas complejos en la naturaleza, incluido el cerebro humano. Los sistemas caóticos rompen con nuestra forma lineal tradicional de entender el mundo. Representan, de hecho, un regreso a filosofías antiguas como el Taoísmo y el Budismo. Muchos de los cerebros estudiados en los estados de rendimiento máximo provienen precisamente de estas tradiciones.

La teoría dice que los sistemas caóticos son súper sensibles a las condiciones iniciales en las que aparecen, y se desarrollan en respuesta a la “experiencia”. No se pueden predecir con precisión, pero tienen lo que se llaman atractores extraños, que son como “hábitos” operativos.

Imagínate un arroyo después de las lluvias de primavera: cambia de forma constantemente mientras fluye por una zona rocosa, pero casi siempre crea la misma ola en el mismo lugar, una y otra vez, con agua distinta. Si tomáramos fotos a intervalos, muchas veces veríamos la misma ola—no siempre, y no de manera predecible.

Estos hábitos cerebrales son la base de nuestros hábitos mentales, físicos y emocionales. No sé cuándo me voy a enojar, y no importa tanto el motivo, pero puedo contar con que, en los próximos días, seguramente perderé la paciencia por algo. O me sentiré ansioso, o manejaré bien una situación difícil, o me quedaré despierto en la cama sin poder dormir.

La experiencia de la madre es la experiencia del bebé durante el desarrollo prenatal temprano. Imaginemos dos niñas nacen a la misma hora en el mismo hospital. La mamá de una está sana, emocionada, y se siente segura durante el embarazo. La otra vive en una situación de abuso y se siente con frecuencia asustada, preocupada o culpable.

Después del nacimiento, la primera niña es amada, cuidada y crece en un ambiente estable, desarrollando un sentido de orden, importancia y aceptación. La segunda se encuentra con un universo aterrador, impredecible, sin amor confiable ni cuidado—ni siquiera protección. Estos dos cerebros desarrollan patrones de energía cerebral completamente distintos. Varían en su capacidad para mantener estados “reposo-listo” en alfa, procesar en beta y acceder a emociones y recuerdos en theta.

La primera niña probablemente aceptará la experiencia tal como viene, encontrará formas de adaptarla a sus deseos y enfrentará pérdidas desde una posición de estabilidad y poder. La segunda puede desarrollar un cerebro hipervigilante, siempre buscando la siguiente decepción o amenaza, incapaz de confiar lo suficiente como para formar vínculos íntimos.

Estos patrones diferentes pueden medirse, categorizarse y entrenarse.

Patrones de Activación Estables

Recuerda que “no experimentamos el universo como es; lo experimentamos como somos”. Nuestro cerebro crea el universo en el que vivimos. Es un ciclo que se refuerza solo. La segunda niña se siente víctima, actúa como víctima y ve un mundo que quiere hacerle daño. Siempre encontrará lo que busca, y su cerebro seguirá creyendo que su falta de contacto humano es un problema “externo”.

Una vez que un cerebro empieza a caminar por uno u otro camino, muchas veces se vuelve ciego al papel que juegan sus propios hábitos. Claro que un shock fuerte o prolongado puede sacudir la fe del primer cerebro en que “la vida es buena”, pero es difícil que el segundo experimente algo lo suficientemente positivo, por suficiente tiempo, como para aceptar que todo lo que aprendió hasta ahora estaba mal.

Una persona que hoy es ansiosa, probablemente también lo era hace cinco años—quizás desde la infancia—y casi con certeza lo será dentro de cinco años. Los patrones de activación que adopta un cerebro para responder a sus inicios y a lo que ha vivido tienden a mantenerse estables. Los hábitos físicos, mentales y emocionales que experimentamos crecen desde esos patrones. Controlan nuestra percepción, nuestras acciones y nuestra vida.

La ironía es que ese patrón—desconectado ya de su causa original—acaba manteniendo a la persona justo en el estado contra el que intentaba protegerla. Si mi cerebro no recibió cuidado y aprendió a mantener distancia para evitar decepciones, se bloquea a sí mismo de experimentar cuidado hoy, incluso si alguien ahora sí quiere y puede dármelo.

Cambiar Hábitos

Tenemos mucha más experiencia con otro sistema complejo y caótico en nuestros cuerpos: el sistema metabólico. Ese sistema que digiere alimentos, convierte glucosa en grasa (y viceversa) y produce energía es súper complejo. También mantiene hábitos energéticos estables. Hoy puedo comerme una pizza entera con seis refrescos tirado en el sillón, y no voy a subir cinco kilos mañana. También puedo comer solo la caja de la pizza y beber un galón de agua haciendo ejercicio intenso, y no voy a bajar cinco kilos.

Aunque la mayoría no entendemos el metabolismo a profundidad, sí sabemos que podemos cambiarlo cambiando de forma constante lo que entra o lo que sale del sistema. Con entrenamiento podemos cambiar los hábitos energéticos de manera muy estable.

Con el cerebro pasa lo mismo.


Vendiendo el Cerebro Químico

Historia de la manipulación química

Durante siglos se han usado sustancias químicas por sus efectos psicoactivos temporales en el funcionamiento del cerebro: psilocibina, mescalina, marihuana, cocaína y otras se han utilizado en muchas culturas, generalmente para experiencias pico o expansión de la conciencia—frecuentemente por chamanes y sacerdotes. En otras culturas, los obreros o trabajadores toman drogas diariamente (como el khat, las hojas de coca o la marihuana) para “aguantar el día”.

Pero ninguna cultura se ha acercado siquiera al nivel de compromiso que han tenido las sociedades occidentales en los últimos 50–60 años con interferir químicamente en el funcionamiento estándar del cerebro. Las escuelas de medicina se enfocan casi exclusivamente en el cerebro químico, los médicos protegen celosamente su monopolio sobre la prescripción de estos fármacos, mientras minimizan o ignoran el uso de enfoques basados en energía como la acupuntura, digitopuntura, yoga, tai chi o el neurofeedback. Compramos más de 80 mil millones de dólares al año en drogas psicoactivas. Más de 1 de cada 4 estadounidenses las usa.

Los estudios sobre estos fármacos dominan ampliamente la investigación sobre la química cerebral—casi todos muestran que ciertos medicamentos superan al placebo—y casi no se investigan los efectos a largo plazo o los efectos de los cada vez más populares “cocteles de medicamentos”, que resultan en niños pequeños recibiendo estimulantes potentes, antidepresivos, anticonvulsivos y antipsicóticos, solo para que puedan quedarse quietos en clase.

La “batalla” entre química y energía

La sociedad industrial se basa en tres pilares: economía de escala, distribución y limitación de la competencia.

  • Los enfoques basados en energía se aplican uno a uno; las píldoras se fabrican por millones, bajando el costo a medida que aumenta el volumen.
  • Los enfoques energéticos generan cambios duraderos; las píldoras generan ajustes temporales, por lo que se toman diariamente, durante años.
  • Los enfoques energéticos requieren aprender habilidades, abrir miles de consultorios. Las píldoras ya tienen una red de distribución armada: médicos de todo tipo—no solo psiquiatras o neurólogos, sino pediatras, médicos generales, dermatólogos, geriatras—ya están preparados, ya son la opción de primera línea, ya están invertidos en la medicina química y respaldados por seguros médicos.
  • Los enfoques energéticos no se pueden patentar, por lo tanto, no se puede impedir que otros hagan lo mismo. Las píldoras sí están protegidas por el gobierno federal.

Entonces, esta batalla por el funcionamiento cerebral básicamente se reduce a tiendas familiares vs. cadenas gigantes. Las cadenas gastan cientos de millones al año en publicitar medicamentos; las tiendas pequeñas arman una página de Facebook, un sitio web y dependen del boca en boca.

¿Cuál es la cura y cuál la enfermedad?

Como pasa muchas veces, hubo una consecuencia no planeada en esta estampida para medicalizar y medicar diferencias en atención, estado de ánimo, rendimiento o comportamiento. Estos medicamentos son potentes. Para mantener el monopolio médico, necesitan receta. Y para tener receta, necesitas un diagnóstico.

Como veremos más adelante con el modelo patológico, el resultado ha sido que decenas de millones de personas en EE.UU. (y otros países que se han sumado) ahora están identificadas, debidamente diagnosticadas, con historiales médicos que las definen como personas con una enfermedad mental. Y decenas de millones más se autodiagnostican en sitios de internet: TDAH, ansiedad social, todo tipo de adicciones (a la comida, al sexo, al ejercicio, y por supuesto, a las drogas y el alcohol, etc.).

¿Es posible que en unas pocas décadas la «enfermedad mental» sea la causa principal de discapacidad en el mundo? ¡Eso sí que es una campaña de marketing exitosa!

Un diagnóstico, al inicio, es algo hermoso. Pensamos: “¡Gracias a Dios! No es mi culpa. ¡Estoy enfermo!”. No puedes hacer mucho con tu química cerebral, ¿o sí? Vas con el profesional, haces lo que te dice. Es fácil. Pero luego te das cuenta de que estar enfermo significa que no tienes poder. Ahora estás tomando dos medicamentos… o tres… o cuatro. Estás nublado, desenfocado, tomando medicamentos para los efectos secundarios de los medicamentos que estás tomando para «arreglar tu problema»… y tu problema sigue sin resolverse realmente.

David contra Goliat

Entonces, ¿cómo es posible que, con todo el dinero de la industria química, con todo su poder de mercado, con la “solución fácil” para quien busca un cambio… la capacitación energética esté creciendo con fuerza? ¿Cómo puede ser que, con todos los estudios “doble ciego, controlados y revisados por pares” que aseguran lo seguras y efectivas que son las drogas psicoactivas, Goliat tenga que admitir que no, que realmente NO hay un “desequilibrio químico en el cerebro” que lo explique todo… al menos, no que se haya encontrado?

Los fármacos psicoactivos se están convirtiendo en “vacas lecheras” para las grandes farmacéuticas. Siete de las más grandes ya cerraron o redujeron drásticamente sus investigaciones para desarrollar nuevos medicamentos. Los “nuevos” fármacos que se lanzan cada año son solo variaciones de los existentes. Siguen mostrando efectos mínimos (si se hacen suficientes estudios) comparados con placebos. Los productos existentes pueden seguir vendiéndose y generando ganancias por muchos años más.

Mientras tanto, la medicina ya trabaja duro en nuevas tecnologías como bobinas eléctricas que envían pulsos al cerebro, estimulación magnética y otros dispositivos “intervencionistas” demasiado costosos o complejos para usarse en casa o en consultorios pequeños.


El Cerebro Genético

Todo Está en los Genes

Naturaleza vs. Crianza en el cerebro

No hay lugar donde el debate de siempre sobre si “nacemos con ello” o “lo desarrollamos” al vivir sea tan importante como en la creciente industria de la genética. La postura de la industria es que existe “evidencia abrumadora de influencias genéticas sustanciales sobre las diferencias individuales en habilidades cognitivas generales y específicas”. Sin embargo, la investigación que busca identificar y encontrar esos genes sigue avanzando muy lentamente, a pesar de décadas de estudios y financiamiento.

En la búsqueda del gen de la adicción—lo cual generaría un mercado enorme—los hallazgos hasta ahora indican que la “susceptibilidad” parece ser el resultado de la interacción entre muchos genes. Los estudios con gemelos idénticos separados al nacer que buscan predisposición genética a la depresión han parecido mostrar una conexión genética—si es que ignoramos el impacto emocional de haber sido separados tan temprano en la vida de alguien tan importante. Ya sabemos que quitar a los bebés de sus madres en los primeros días o semanas de vida puede tener efectos traumáticos devastadores; imagina el impacto de literalmente quitarme “una parte de mí” justo después de haber compartido el nacimiento.

¿Puede Cambiar Tu ADN?

Muchos asumimos que tenemos un plano genético inmutable, pero eso está lejos de ser cierto. La evidencia muestra que tu ADN puede cambiar con cierta regularidad a lo largo de la vida—desde el útero hasta la muerte. ¿Cuál es ese poderoso factor que puede cambiar la expresión genética? La experiencia.

De hecho, la epigenética es el estudio de cómo puede cambiar el funcionamiento de un gen sin que cambie la secuencia del ADN. Estos cambios pueden surgir de forma espontánea, en respuesta a factores del entorno, y pueden incluso transmitirse a nuestra descendencia.

Estos efectos no siempre implican un cambio en el ADN, pero existe un proceso llamado metilación, mediante el cual la experiencia puede afectar cómo—y si—se expresan ciertos códigos genéticos. En otras palabras, puede “apagar” la expresión de una tendencia genética.

Estudios con animales muestran que una madre cariñosa—además de criar crías más propensas a ser buenas madres—también provoca cambios cerebrales a largo plazo tanto en ella como en sus hijos. Genes del hipocampo que se activan en respuesta al estrés son silenciados gracias a una buena crianza. Y lo más impresionante: este cambio parece heredarse genéticamente a futuras generaciones… hasta que se rompe el ciclo de cuidado.

El Cerebro No Es Un Páncreas

El cerebro humano está en constante desarrollo desde su formación intrauterina hasta el final de la vida, reaccionando a lo que experimenta. Hay evidencia clara de que este desarrollo puede cambiar la expresión genética. Así que, al modificar los patrones cerebrales, podemos transformar la experiencia interna de nuestro mundo y también transmitir estos cambios a nivel genético a quienes vienen después de nosotros.

Ningún otro órgano es tan complejo e interactivo como el cerebro, ni cambia tanto durante su desarrollo. Por ejemplo, el páncreas puede verse afectado por nuestro estilo de vida, pero lo que hace y cómo lo hace no cambia tanto como en el cerebro.

La Importancia del Entrenamiento Cerebral

Y con esto llegamos al punto clave de esta parte de la conversación:

  • Nuestros cerebros energéticos desarrollan patrones de activación estables en respuesta a lo que vivimos, empezando desde el vientre materno.
  • Estos patrones no solo influyen en cómo nos sentimos con nosotros mismos, sino que literalmente crean el universo que percibimos. Un cerebro temeroso ve un mundo aterrador. Encontramos lo que buscamos.
  • Nuestra experiencia puede cambiar cómo se expresan los códigos genéticos que supuestamente controlan nuestra vida. También pueden cambiar lo que heredamos a futuras generaciones.
  • Cambiar los patrones energéticos estables de nuestro cerebro puede provocar cambios duraderos en el cerebro químico; sin embargo, lo contrario no siempre es cierto: los cambios químicos no siempre provocan cambios energéticos duraderos.
  • Entrenar estos patrones cerebrales energéticos tiene la capacidad de transformar cómo nos sentimos, cómo experimentamos el mundo, cómo funciona nuestra química cerebral, nuestro metabolismo y, sí, hasta el tipo de cerebro que dejamos a quienes vienen después de nosotros.

Nuestro último tema en esta sección será un vistazo rápido a cómo podría darse este entrenamiento cerebral—y cómo ya está sucediendo en todo el mundo.


El Cerebro Entrenable

Demostrando que el cerebro se puede entrenar

Estudiando la capacidad del cerebro para adaptarse

Mientras que la investigación con QEEG (electroencefalograma cuantitativo) se ha enfocado en definir el «cerebro energético», otra rama paralela se ha dedicado a mostrar que el cerebro sí puede cambiar sus propios patrones gracias a la retroalimentación en tiempo real. A esta área se le conoce como neurofeedback o biofeedback EEG, pero aquí la llamaremos simplemente entrenamiento cerebral.

Hoy en día, el hardware y software para evaluar y entrenar los patrones de activación cerebral son más pequeños, más accesibles y al mismo tiempo más potentes y precisos. Miles de educadores, terapeutas y coaches alrededor del mundo ya usan el entrenamiento cerebral. La literatura clínica se centra en medir qué tan efectivo es este entrenamiento para diferentes problemas humanos.

Espejos de retroalimentación para el cerebro

El cerebro podría ser el órgano más vanidoso del cuerpo. Vive haciendo cosas en el mundo exterior y observando qué respuestas obtiene. Pero la mayoría de las experiencias no ofrecen un espejo claro. Por ejemplo: le dices algo a tu pareja y se ríe… horas después dices lo mismo y se enoja. El espejo no es objetivo, de hecho, es confuso.

La retroalimentación digital de los patrones de activación cerebral puede llegar a ser un espejo perfecto. Si tu cerebro produce mucha actividad rápida excesiva, la retroalimentación te lo muestra igual cada vez. Es como aprender a mover las orejas frente a un espejo: sin el espejo, tomaría una eternidad.

Pero hay dos obstáculos importantes para que este espejo funcione bien: uno viene desde adentro y el otro desde afuera.

Bloqueando el espejo

Más adelante hablaremos más de la diferencia entre cerebro y mente consciente. Los meditadores hablan de la “mente mono”, los psicólogos del “ego”: esa vocecita interna que a veces ayuda, pero muchas otras estorba. Yo defino “mente” como la experiencia personal de nuestro cerebro. La mente consciente “va montada” sobre el cerebro, como la corteza cerebral produce nuestra consciencia.

Aprender a andar en bici es un buen ejemplo. Te subes, pedaleas, y te caes. Eso es retroalimentación: “así no es”. Lo intentas otra vez. Más caídas, más retroalimentación. Y un día, ya estás andando. Nadie puede medir qué cambió, pero tu cerebro aprendió. Formó un nuevo patrón que mezcla equilibrio, pedaleo, dirección, etc. Tal vez alguien te ayudó a mantener el equilibrio al principio: eso sería retroalimentación guiada, pero el aprendizaje lo hizo tu cerebro.

Ahora, si alguien te estuviera corrigiendo o criticando mientras lo haces, eso sería más como coaching.

Joe Kamiya, uno de los pioneros del entrenamiento cerebral, descubrió que al darle retroalimentación a las personas sobre sus niveles de actividad alfa, estas podían aprender a cambiarlos. Le pidió a un grupo de los mejores sujetos que escribieran un “manual” para ayudar a nuevos participantes a incrementar su actividad alfa. Como buen investigador, solo se lo dio a la mitad del nuevo grupo… y sorpresa: los que NO recibieron el manual aprendieron más rápido.

Uno de los mayores retos en el entrenamiento cerebral es que la mente consciente se mete demasiado: interpreta el feedback, intenta controlarlo, se frustra… En una sesión de entrenamiento lo importante es simplemente prestar atención a la retroalimentación. Mi mantra:
“No pienses, no intentes, no juzgues.”

El espejo que cambia

Una frase que siempre repito a nuevos entrenadores es:
“Tu aburrimiento no es excusa para jugar con el cerebro de alguien más.”

Hace poco, alguien interesado en entrenarse solo me dijo que su entrenadora le advirtió que no era posible hacerlo sin guía. Según ella, era clave estar ajustando las metas del feedback todo el tiempo.

Le pedí que imaginara que estaba entrenando para una carrera con vallas. La altura de la valla es clave: si mide 30 cm, es demasiado fácil; si mide 1.20 m, es frustrante. Pero si el entrenador cambia la altura justo cuando llegas a cada valla, el entrenamiento no sirve para nada. Tal vez es más divertido para el entrenador, pero destruye el proceso de aprendizaje.

Estamos entrenando al cerebro para seguir la retroalimentación,
no entrenando al feedback para seguir al cerebro.


Mitos sobre el Entrenamiento Cerebral

Si has estado leyendo o investigando sobre neurofeedback, probablemente piensas que ya conoces ciertos “hechos” sobre el cerebro y el entrenamiento cerebral. Los ves en cada artículo científico, en revistas, en sitios web, en boca de profesionales. Son verdades obvias, ¿no?

Pero vamos a empezar por rascarle a esa capa de “sabiduría convencional” sobre el entrenamiento cerebral, para identificar y cuestionar los supuestos que hay debajo.

Los supuestos definen hacia dónde miramos—en qué ponemos atención—pero también pueden limitar muchísimo nuestras posibilidades. De cierta forma, la historia de la ciencia es la historia de gente que dejó de ver hacia donde todos veían y empezó a ver las cosas de otra forma—cambiando los supuestos.

Mitos Famosos del Pasado

Los supuestos simplifican el pensamiento. Nos dan un punto de partida en el que casi todos estamos de acuerdo.

“La Tierra es plana. Si no, nos caeríamos.”
Eso era un hecho comprobado… hasta que alguien lo desenmascaró como un supuesto.

Cuando Galileo demostró que la Tierra giraba alrededor del Sol (y no al revés), puso de cabeza la “ciencia” de su época. No fue bien recibido por los expertos más poderosos, educados, exitosos y respetados. Lo ignoraron, dudaron de él, lo persiguieron, lo exiliaron y le dijeron que se callara.

Durante siglos, nuestras ciencias se basaron en la física de Newton. Cuestionarla era tan absurdo como decir que las cosas podían caer hacia arriba. Pero un oficinista de patentes llamado Einstein notó algo que le quitó el piso a muchos expertos.

Hans Berger, psiquiatra, descubrió que podía medir la actividad eléctrica del cerebro a través del cráneo. Los médicos alemanes lo tacharon de loco. Les tomó 15 años aceptar sus resultados.

Durante décadas, un principio básico de la neurología decía que nacemos con todas las neuronas que vamos a tener en la vida. A partir de ahí, solo se mueren. No era teoría: era “hecho”. Hasta que unos científicos, viendo hacia otro lado, encontraron evidencia nueva. Hoy, el “hecho” es el opuesto: el cerebro sí genera nuevas neuronas a lo largo de la vida.

¿Por qué Existen los Mitos?

La sabiduría convencional hace que la ciencia parezca más “eficiente” (no hay que probar todo desde cero) y ayuda a que el mundo tenga más sentido. Pero a veces no es más que un mapa muy detallado… que lleva a un callejón sin salida.

Entonces, si la historia está llena de ejemplos vergonzosos de supuestos hechos pedazos, ¿por qué seguimos haciéndolos y aceptándolos?
Porque los supuestos están integrados en todo lo que aprenden los expertos.
Tal vez no es casualidad que Einstein no tuviera un doctorado donde le enseñaran “lo que tenía que creer”. Él vio algo nuevo, porque estaba mirando en una dirección distinta a la de todos los expertos.

Muchos expertos en salud mental creen que la mejor forma de tratar problemas mentales es cambiando los niveles químicos en el cerebro. Eso les enseñaron, eso dicen los libros, eso repiten sus colegas, eso escuchan en los congresos. Es un supuesto muy arraigado.

Y como es un supuesto, nadie lo cuestiona. Se gastan millones en probar nuevos medicamentos, pero nadie estudia los efectos a largo plazo en adultos, y mucho menos en niños pequeños. Nadie considera siquiera investigar qué efectos tienen los “cocteles” de fármacos psicoactivos que se recetan hoy en día.

¿Y ahora qué?

En esta sección vamos a analizar 7 supuestos clave que probablemente tú también das por ciertos, y vamos a mostrarte que tal vez no son más ciertos que decir que la Tierra es plana.
Vamos a proponer una “sabiduría convencional” alternativa, que explica el mismo mundo desde otra mirada. Que los expertos sigan viendo en su dirección… nosotros vamos a ver qué pasa si simplemente cambiamos nuestros supuestos.

Los 7 Mitos Grandes sobre el Cerebro y su Entrenamiento

  1. Los problemas mentales o emocionales no son NORMALES—son patologías que deben diagnosticarse.
  2. Los desequilibrios químicos en el cerebro causan problemas mentales y emocionales.
  3. Décadas de publicaciones científicas confirman estos supuestos convencionales.
  4. El entrenamiento cerebral reconecta, equilibra u “armoniza” el cerebro gracias a la neuroplasticidad.
  5. El entrenamiento cerebral funciona por Condicionamiento Operante.
  6. El entrenamiento cerebral es una herramienta clínica potencialmente peligrosa y debe usarse solo con problemas mentales y por profesionales en salud mental.
  7. El entrenamiento cerebral requiere equipos complejos, caros, habilidades especiales y certificaciones.

El Modelo de la Patología

El concepto de patología nace de una forma específica de ver el mundo. Las visiones orientales del universo ven el todo y buscan cómo encajarnos en él. Las occidentales lo desarman en partes y aprenden a hacerlo encajar en lo que queremos. El Oriente se enfoca en el todo: un estado cambiante de equilibrios y flujos de energía. Occidente se enfoca en dualidades como salud vs. enfermedad. Las herramientas orientales son el yoga, el tai chi y la meditación. Las occidentales son la medicina, la economía y la tecnología. Oriente apoya al sistema inmune del cuerpo en su función natural. Occidente “trata” síntomas interviniendo desde afuera.

Hoy tenemos la posibilidad de aplicar tecnología energética para apoyar una conciencia más profunda de nosotros mismos y de nuestro universo personal. La meditación, la oración y otras herramientas de autorregulación se practican ampliamente, y el entrenamiento cerebral cada vez se usa más como apoyo en este proceso.

Desde los primeros días de Elmer y Alyce Green, el enfoque de autoconciencia ha sido una rama fuerte del neurofeedback. Hoy está opacada por el enfoque basado en patologías de nuestra cultura: diagnosticar y tratar enfermedades desde el ámbito de los profesionales de salud mental. Aun así, se ha hecho (y se sigue haciendo) trabajo académico serio desde hace décadas para identificar las características de un cerebro holístico.

¿Qué es el modelo de patología?

La visión dualista del mundo usa estadísticas para definir lo que es “normal”: comportamiento, productividad, emociones, inteligencia, gustos y salud. Todo lo que se aleja “demasiado” (estadísticamente) de esa “norma” es, por definición, patológico.

La patología viene de fuera a interrumpir lo normal. Nuestros cuerpos están rodeados de “gérmenes” (de hecho, tenemos 10 veces más bacterias que células). Necesitamos “matar los gérmenes” para no enfermarnos o para curarnos. (Un sistema interno sofisticado —nuestra “fuerza policial”— nos escanea constantemente, identifica amenazas potenciales y se moviliza contra ellas.) Se requiere medicación, cirugía o procedimientos para vencer las patologías, incluso si interfieren con los procesos naturales del sistema inmune. Si el tratamiento arruina la calidad de vida a cambio de una mejoría temporal, se acepta. Un niño que no come, está irritable, duerme mal y parece un zombi pero ya no molesta en clase, se considera un “buen resultado”.

Patología y el cerebro

Especialmente en el ámbito mental y emocional, el concepto de “normalidad” estadística tiene poco sentido. Claro que hay cerebros con tumores, o en los que las células que producen dopamina no se regeneran, o que están bloqueados por crisis epilépticas o placas amiloides. Pero un niño que vive en una familia disfuncional, que se alimenta de comida rápida y pasa su tiempo en videojuegos, no está necesariamente “enfermo” porque no puede quedarse quieto varias horas en un salón con 25 niños más. Una mujer que vive en miedo constante aprendido de una madre ansiosa —literalmente desde el vientre— o en respuesta a situaciones prolongadas de inseguridad, no necesariamente está enferma. Sus vidas están claramente fuera de balance. Sus expectativas de entretenimiento o seguridad pueden ser poco realistas, pero están en sintonía con su cultura. Su entorno les enseña a esperar esas cosas.

Hay una fuente clara de esta presión: la industria farmacéutica genera 400 mil millones de dólares al año a nivel mundial. Las farmacéuticas gastan un tercio de sus ingresos en marketing —el doble de lo que invierten en investigación. Literalmente financian a la FDA (la agencia que supuestamente las regula). Financian la mayoría de los estudios “científicos” publicados. Tenemos 50 veces más probabilidades de aprender sobre “temas de salud” a través de contenido pagado por farmacéuticas que por fuentes de salud pública. Y los medicamentos necesitan patologías para venderse.

El costo del modelo patológico

El enfoque patológico para describir el cerebro ha creado una civilización de personas “enfermas”: personas que necesitan ayuda para ser productivas y cumplir su rol en la sociedad. A medida que el número de diagnósticos psiquiátricos casi se triplicó de 106 en 1952 a 297 en 1994, incluso los psiquiatras que desarrollaron ese sistema admitieron que condujo a la “medicalización del 20–30% de la población que probablemente no tenía ningún problema mental serio”. El Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) ha argumentado que este sistema de diagnósticos es anticientífico y subjetivo, que se basa en síntomas superficiales y líneas divisorias artificiales entre los trastornos y la “normalidad”. De hecho, la mayoría de los diagnósticos en salud mental son simplemente descripciones de síntomas.

¿La consecuencia de esta “medicalización”? Peor que tener miles de adultos y niños con etiquetas de diagnóstico. El uso de antidepresivos se ha cuadruplicado en solo 20 años. Hoy son los medicamentos más recetados entre estadounidenses de 18 a 44 años. En 2003, había 400 diagnósticos de trastorno bipolar por cada uno que se daba en 1994 —un aumento del 4000% en 9 años. El 20% de los niños estadounidenses ahora tiene un diagnóstico psiquiátrico y está tomando medicación psicoactiva.

Esto es una decisión cultural, pero es una que cada uno de nosotros puede aceptar… o rechazar. Al menos por ahora.


Desequilibrios Químicos en el Cerebro

La “gran mentira” se refiere al uso de una falsedad tan enorme que nadie creería que alguien “podría tener la desfachatez de distorsionar la verdad de manera tan infame”. Su corolario dice: “si dices una mentira lo suficientemente grande y la repites constantemente, la gente eventualmente la creerá”. Durante años, incontables médicos de confianza, siguiendo la narrativa de la industria farmacéutica, usaron esta técnica de propaganda sin una sola prueba de que los “trastornos mentales” fueran causados por un “desequilibrio químico en el cerebro”.

Eventualmente, ya no fue posible ocultar el hecho de que la “medicina” no podía identificar qué químicos estaban “desequilibrados”. Esto quedó en evidencia cuando los propios doctores que hacían esa afirmación recetaban una serie de medicamentos a ciegas, esperando tropezar con algo que funcionara. Finalmente, la industria admitió con cierta vergüenza que no existe ninguna evidencia para sostener esa afirmación, pero esta confesión se comunicó con solo una pequeña fracción del poder de difusión que tuvo la mentira original. Hasta el día de hoy, la mayoría de los consumidores de servicios de salud aún lo creen.

Revisiones de literatura médica publicadas desde 1998 en adelante no encontraron ninguna evidencia de relación entre problemas mentales o emocionales y la química cerebral. Aun así, médicos y campañas publicitarias dirigidas directamente a los consumidores siguieron presentando el “desequilibrio químico” como verdad durante más de una década.

Efectos negativos de estos fármacos

Cualquiera que haya tomado medicamentos psicoactivos fuertes sabe que NO es fácil dejar de tomarlos. Los médicos sugieren reducir las dosis de forma gradual durante meses o más, tiempo durante el cual, claro, se sigue comprando el medicamento y pagando la consulta. Pero los efectos negativos de dejarlos “en seco” están bien documentados—llegando incluso al suicidio. ¿Qué pasa exactamente que los hace tan adictivos, en el peor sentido de la palabra?

Un antidepresivo que cambia artificialmente los niveles de serotonina en la sinapsis del cerebro produce un efecto, pero no es un cambio duradero en los patrones de energía; cualquier beneficio es temporal. Peor aún, puede generar un efecto permanente no deseado. Estudios han demostrado que el cerebro responde a los niveles elevados artificiales de serotonina cerrando los receptores de serotonina. Es decir, si de verdad había bajos niveles de serotonina, el medicamento hace que el cerebro sea menos capaz de transmitirla entre neuronas.

Cuando dejas de tomar el medicamento y los niveles de serotonina artificial disminuyen, los niveles funcionales caen por debajo de los que tenías antes de empezar. Y se mantienen bajos hasta que el cerebro decide volver a abrir los receptores.

La abstinencia se define como los síntomas que aparecen al interrumpir o reducir bruscamente el consumo de una sustancia. Para experimentar abstinencia, primero tu cuerpo o mente tienen que depender de la sustancia. Si tú eliges tomarla, es adicción y es malo. Si un médico te la receta, es medicación y es bueno.

En los últimos 20 años, rara vez las farmacéuticas han lanzado compuestos nuevos con efectos realmente nuevos. Lo que sí han hecho es diseñar medicamentos que se acumulan más en la sangre y son más difíciles de dejar. Esto se presenta como una “ventaja” para el consumidor, como una mejora en la calidad y estabilidad del efecto, pero en la práctica solo hace que sea más difícil dejar de usarlos.

La base de la cultura farmacológica

Muchos artículos técnicos publicados para demostrar la eficacia y seguridad de estos compuestos—financiados por las mismas farmacéuticas—muestran cambios estadísticos mínimos frente a placebos (pastillas de azúcar). Las listas de efectos secundarios son tan abrumadoras que la gente ni las lee. Los estudios sobre efectos a largo plazo en la calidad de vida, o peor aún, sobre su seguridad en el largo plazo—especialmente en niños—simplemente no existen. Y no es porque no se puedan hacer, sino porque nadie quiere saber los resultados.

Esto se agrava por una práctica común entre médicos: el uso «fuera de etiqueta» de medicamentos. Es decir, se recetan para usos no aprobados por la FDA y sin estudios que los respalden. Lo hacen porque lo escucharon de un representante farmacéutico o un colega creativo. A menudo los efectos positivos son mínimos, pasajeros o vienen acompañados de efectos secundarios graves, por lo que rara vez una persona toma solo uno de estos fármacos.

He visto niños de 5 o 6 años recibiendo un psicoestimulante, un antidepresivo, un anticonvulsivo y, más recientemente, un antipsicótico, todos al mismo tiempo. Para que “se porten mejor” en la escuela o en casa. Los efectos de estos cócteles son simplemente aterradores. La gente no es que se sienta mejor—es que ya no sienten.

En estos casos, un entrenamiento cerebral inicial puede enfocarse en facilitar la transición de un cóctel de medicamentos a un estado sin medicación. El entrenamiento puede hacer una gran diferencia en la velocidad y el malestar del proceso de desintoxicación. Entrenar el cerebro para cambiar sus niveles de activación afecta directamente a los neurotransmisores. Mientras se eliminan los niveles artificiales, el propio cerebro los reemplaza y ajusta sus receptores.


Sabiduría Convencional y Literatura

Está en la literatura

Literatura vs. Precedentes

En la ciencia, la literatura revisada por pares publicada en revistas especializadas está pensada para ampliar el entendimiento sobre ciertos temas, de la misma forma en que los precedentes legales amplían el significado de las leyes. Los precedentes los generan jueces al tomar decisiones en casos específicos relacionados con una ley existente. Son prácticos y se enfrentan a la complejidad del mundo real.

Pero en la ciencia —especialmente en las “ciencias sociales”— los que deciden qué se publica no son jueces enfrentando problemas reales. Son académicos, tan alejados del mundo práctico como se pueda estar, y tienden a enfocarse más en reducir la complejidad que en afrontarla.

Mi «publicación» en la literatura

En los años 90, dirigía un sistema grande de entrenamiento cerebral llamado Attention Development Programs en Atlanta. Yo (y otros entrenadores) fuimos invitados a colaborar con Joel Lubar y Vincent Monastra en la preparación de un artículo para publicar. El objetivo era demostrar que las proporciones de potencia theta/beta en Cz por encima de cierto nivel eran un indicador claro de TDAH.

Envié muchos casos que habíamos entrenado a lo largo de los años, pero noté un problema. Los clientes con tipo de TDAH “inattentive” —los que se desconectaban y se perdían en su mente ante una tarea— sí mostraban proporciones altas theta/beta. Pero los clientes del tipo “hiperactivo” —los que se distraían con estímulos externos cuando la tarea era aburrida— en realidad mostraban proporciones BAJAS theta/beta.

Esto eventualmente se volvió la base para la distinción en la evaluación TLC entre los tipos “Procesamiento” y “Filtrado” de TDAH, pero yo no lo había notado antes. Me ayudó a entender una confusión que tuve en un curso sobre el enfoque Othmer hacia el TDAH en 1995. Ellos decían que a veces las proporciones theta/beta aumentaban a medida que los clientes mejoraban. Me di cuenta de que si la proporción era alta, bajaba hacia el rango funcional; si era baja, subía hacia el rango funcional.

Le conté esto a Lubar y me dijo que yo era el único participante del estudio que veía eso (yo era el único sin doctorado y sin ser clínico). El artículo solo presentó las proporciones altas theta/beta y fue publicado en 1999 en Neuropsychology, una revista prestigiosa que normalmente no aceptaba trabajos sobre neurofeedback. Aún se sigue citando hoy.

Años después, dando un taller, conocí a otro coautor y le conté esta historia. Él le había dicho lo mismo a Lubar —y Lubar le respondió que él era el único que lo veía. Más adelante, le pregunté a Lubar sobre esto en una conferencia. Me explicó que estaban teniendo tantos problemas para que los “pares” (que no sabían nada de neurofeedback) entendieran la idea, que decidieron mantenerlo todo muy simple.

Qué es “la literatura”

Los académicos consiguen una plaza fija (tenure) no por trabajar en el mundo real —y mucho menos por su enseñanza— sino por publicar. Como no tienen que preocuparse por el mundo práctico (como sí lo hacen los jueces), tienden a dividir todo en partes más pequeñas para aumentar las oportunidades de publicar.

Cualquiera que haya trabajado realmente con TDAH sabe que hay personas con proporciones theta/beta altas, bajas y también dentro del rango “normal” que igual tienen problemas de atención. Algunas pueden tener exceso de delta (por debajo de theta), otras exceso de alfa (por encima de theta).

En el mundo académico, un artículo que intente describir todos los distintos patrones que podrían estar relacionados con problemas de atención NUNCA se publicaría. Es demasiado complejo. La “literatura” es un lugar que ocasionalmente produce destellos de información útil (como el trabajo de Richard Davidson sobre asimetría alfa), pero por cada artículo así, hay decenas o cientos que no aportan casi nada. Para el entrenador práctico, con clientes reales en situaciones reales, no tiene mucho beneficio.

Revisión por pares

La idea de que cada nueva publicación debe ser aprobada por un jurado de “pares” suena muy bien en teoría, pero en la práctica es una gran barrera contra cualquier idea NUEVA que intente entrar en la literatura. Muchas veces, esos “pares” tienen poco conocimiento práctico del tema, especialmente si se trata de revistas más “prestigiosas” que no suelen aceptar enfoques “alternativos”. Incluso verdaderos expertos pueden estar tan influenciados por lo que ya “saben” que rechazan nuevas ideas o técnicas automáticamente.

Eugene Peniston, junto con Paul Kulkosky, publicó uno de los mejores estudios en el campo del entrenamiento cerebral (1990), sobre los efectos del entrenamiento alfa/theta en alcohólicos crónicos. Pero cuando Peniston presentó sus hallazgos ante un público de expertos en neurofeedback, lo abuchearon. Decir que el entrenamiento había producido “cambios fundamentales en variables de personalidad alcohólica” (según el MMPI) era imposible para los psicólogos. ¡La personalidad no puede cambiarse! Así que cualquier prueba de que sí cambió, tenía que ser mentira.


Reconfiguración y otras Analogías

Lo que hace el entrenamiento cerebral: Reconfiguración

Lo que el entrenamiento cerebral NO es

Cuando navegas por sitios web o materiales sobre entrenamiento cerebral, muchas veces lo describen como “reconfigurar”, “armonizar” o “balancear” el cerebro. Suena muy atractivo como marketing, pero no es del todo preciso.

Reconfiguración

El cerebro está “cableado” en el sentido de que hay trillones de conexiones y redes entre sus neuronas, y mientras más se usan, más fuertes se vuelven. Si no se usan, es más probable que desaparezcan.

Pero ¿qué provoca que ese “cableado” suceda? Es el proceso de aprendizaje. Cada vez que aprendes una palabra nueva, una habilidad o escuchas una canción diferente, tu cerebro conecta redes de neuronas relacionadas con esa experiencia.

Incluso si pudiéramos aislar las señales específicas de ese aprendizaje entre millones de otras que pasan al mismo tiempo, ¿realmente valdría la pena? Sí, podemos reconfigurar el cerebro enseñándole cosas nuevas.
Pero el entrenamiento cerebral no es tan específico como eso.

Neuroplasticidad

La capacidad del cerebro para cambiar funciones, hacer cosas de manera diferente o en distintas zonas está integrada en él, como la gravedad en un planeta. No la “entrenas” como tal. Se puede usar, por ejemplo, para ayudar a que zonas sanas suplan funciones de áreas dañadas, pero es una característica natural de las redes neuronales, no algo que tú “haces” que suceda.

¿Balancear el cerebro?

Un cerebro efectivo no está “balanceado” como una balanza. Está en homeostasis, un equilibrio entre muchas áreas diferentes. El hemisferio izquierdo debe ser más rápido, la parte trasera del cerebro más tranquila que el frente.

Podemos comparar qué cuadrantes del cerebro están más activados y cuáles están más relajados. Cuando esas relaciones cambian, también cambian nuestro estado de ánimo y estabilidad.
Un equipo de básquet con cinco jugadores altísimos sería imponente, pero no necesariamente exitoso.
El éxito, en casi cualquier cosa, viene de combinar distintas habilidades y hacerlas trabajar juntas.
Liberar al cerebro de un solo patrón dominante (como tener ondas rápidas en todo momento) le permite funcionar mejor.

Lo que sí podemos medir

Imagina que estás afuera de un gimnasio donde se juega un partido de básquet. Puedes saber si el juego sigue o está en pausa. Sabes si alguien anotó, si el ritmo es rápido o lento, si el juego está reñido o es una paliza. Puedes diferenciar gritos organizados de ruido ambiental.

Pero no sabes quién pasó el balón, quién anotó ni cómo lo hizo. Ni siquiera sabes qué equipos están jugando. Esa información está detrás de un muro.

Lo que no podemos ver, no lo podemos entrenar bien.
Por eso el entrenamiento cerebral se enfoca en la energía y la comunicación:

  • ¿Qué tan activas están las distintas áreas del cerebro en distintos momentos?
  • ¿Se quedan atoradas en estados de baja energía… o de demasiada?
  • ¿Dónde está la energía, cuándo aparece, qué tan bien se regula, qué tan bien trabajan las zonas cerebrales en conjunto?

Un cerebro excitado tiene más áreas activas disparando 15 o 25 veces por segundo. A esa velocidad, el cerebro produce palabras y pensamiento organizado.
Un cerebro en reposo dispara solo 4 a 8 veces por segundo: se enfoca en su mundo interno, piensa en imágenes, depende de la intuición. Ambos estados son útiles, cada uno ideal para ciertas situaciones.

Lo ideal es que tu cerebro sepa generar distintos estados de energía, elegir el mejor para cada momento y quedarse ahí el tiempo necesario.

Pero si el cerebro es rápido por estar sobreexcitado como algo crónico—no solo un estado temporal—se gasta energía, genera ansiedad, estrés, enojo o miedo. Puede volverse rígido o controlador.
Si está “fuera de forma” y no puede mantener estados de alta energía, eso da lugar a falta de atención, desmotivación, tristeza, poca energía y dificultad para tareas que requieren lenguaje.

Podemos medir qué tan bien operan las distintas zonas del cerebro por separado, qué tan bien descansan entre tareas, y qué tan bien comparten información cuando hay que hacer cosas más complejas.

Lo que sí podemos entrenar

La información que tenemos trata sobre patrones de energía, y los podemos entrenar porque los podemos medir.
El cerebro, como cualquier sistema complejo y caótico, tiende a desarrollar “hábitos” de energía—patrones estables que mantienen nuestros estados de ánimo, aprendizaje, desempeño, etc., constantes durante años.

El entrenamiento puede guiar al cerebro hacia nuevos patrones—apoyarlos mientras se estabilizan—y comenzar un nuevo camino:

  • Un cerebro energético, rápido y eficiente al activarse.
  • Capaz de entrar en modo reposo por largos periodos sin problema.
  • Capaz de hacer tareas rutinarias o rendir al máximo.
  • Un cerebro conectado con sus emociones y recuerdos.
  • Un sistema estable, positivo y consciente de sí mismo y del mundo.

Buscamos patrones de activación estables, vemos cómo se relacionan con las metas del cliente (hacer algo más rápido, mejor o con menos esfuerzo), y los entrenamos modificando muchas partes del patrón al mismo tiempo.

Cambia tu cerebro. Haz realidad tu vida.
No está nada mal como resultado, ¿no?


Condicionamiento Operante y Entrenamiento Cerebral

Gran parte del trabajo inicial en el entrenamiento cerebral fue realizado por psicólogos. Fueron ellos quienes comenzaron a publicar investigaciones al respecto, y quienes también guiaron muchas de las publicaciones posteriores. Entendían y describían lo que hacían en términos de la psicología—especialmente del conductismo.

Naturalmente, desarrollaron un sentido de pertenencia sobre este campo. Después de todo, funcionaba en relación con el comportamiento humano, los pensamientos y las emociones—es decir, el campo de la salud mental. Así, empezaron a definir el entrenamiento cerebral como una herramienta de tratamiento. Establecieron organismos profesionales y de certificación dirigidos por psicólogos, y comenzaron a intentar limitar quién estaba calificado para hacerlo.

Cuando entrenamos un cerebro, según los psicólogos, estamos condicionando las células cerebrales para que respondan de una manera diferente. Es un modelo que ellos comprenden y que, además, parece ponerlos a cargo de la tecnología. Pero, ¿es un hecho… o solo una suposición?

El modelo del condicionamiento

Encontrarás esta afirmación justo al principio de casi cualquier libro o artículo sobre el tema: el entrenamiento cerebral es “condicionamiento operante”.

Skinner enseñó a las palomas a picar un botón cuando se encendía una luz roja (pero no cuando era verde) dándoles comida como recompensa. Barry Sterman entrenó gatos para que se relajaran por completo (y así produjeran un ritmo cerebral específico en un área concreta) dándoles gotas de leche.

Es comprensible que los psicólogos presenten el entrenamiento cerebral en sus propios términos—es la forma en que entienden el mundo, y además eso les permite mantener el control. Pero, ¿realmente esa es la única—o incluso la mejor—forma de describir lo que ocurre cuando entrenamos cerebros humanos?

Las recompensas

Recibir comida inmediatamente después de hacer algo es algo claro y positivo. Pero cuando una computadora reproduce música o un video, ¿es lo mismo? Picar un botón o relajarse (algo que la mayoría de los gatos hace muy bien) son tareas fáciles. Pero enseñar a un cerebro a soltar un patrón de ansiedad persistente mediante música, video o puntos en un juego… suena muy diferente.

El propio Sterman afirmó que la forma correcta de entrenar un aumento en la frecuencia de actividad es dar retroalimentación cuando se hace algo, luego esperar un periodo refractario y comenzar otro intento. Pocos entrenadores hacen esto, y sin embargo los que no siguen el modelo “correcto” del condicionamiento obtienen resultados equivalentes.

¿Qué pasa si al cliente no le gusta la música? ¿Y si el video o el juego le parecen aburridos? Eso no es lo mismo que recibir comida. ¿Podrías entrenar a la paloma dándole una moneda cada vez que pica? Lo dudo.

Todos los entrenadores se hacen estas preguntas, pero no tengo conocimiento de que alguien las haya puesto realmente a prueba. Simplemente aceptamos que estamos condicionando el cerebro, porque eso es lo que hemos leído en todas partes.

Generalización

Los gatos ya saben cómo relajarse; las palomas, cómo picar. Pero muchas personas que entrenamos no SABEN cómo prestar atención. Rara vez lo han hecho por más de unos pocos segundos. Las personas deprimidas no saben cómo ver el mundo de manera positiva. No les estamos enseñando a hacer algo que ya conocen. Les estamos pidiendo a sus cerebros que produzcan, en muchos casos, un estado para el que no tienen ninguna referencia. Es como intentar entrenar a una paloma o a un gato para cambiar una llanta.

No esperamos que la paloma pique botones cuando ve luces fuera del laboratorio. Las palomas pican por comida y los gatos se relajan de forma natural. Pero esperamos que los clientes de entrenamiento cerebral tomen la práctica de 20-40 sesiones en una computadora y literalmente cambien la forma en que se relacionan con el mundo. Queremos que esa nueva capacidad de enfoque aparezca en el salón de clases, en una charla con amigos, haciendo la tarea o una tarea aburrida en el trabajo. No estamos enseñando una reacción, estamos tratando de cambiar una capacidad—una forma completamente nueva de enfrentar la vida.

Extinción

¿Qué pasa con el comportamiento de la paloma cuando dejas de darle comida? Eventualmente aprende que picar el botón ya no sirve de nada y deja de hacerlo. Pero el entrenamiento cerebral debería resultar en cambios duraderos que se generalicen en toda la experiencia del cliente y que persistan mucho después del final del periodo de entrenamiento. Si los cambios desaparecen al dejar de recibir retroalimentación, ¿cuál es el beneficio de entrenar?

Mi punto no es necesariamente decir que los conductistas estén equivocados, que el condicionamiento operante no funcione en humanos (aunque hay mucha menos evidencia de que así sea) o que no sea una forma válida de entender el entrenamiento cerebral. Simplemente digo que hay otras maneras de entender lo que hace el entrenamiento que tienen igual o incluso más sentido.


No Intentes Esto en Casa

El entrenamiento cerebral es experiencial. No se aprende leyendo sobre el tema, ni tomando cursos o asistiendo a conferencias. Se aprende haciéndolo. Como con cualquier tecnología nueva, hay una pequeña curva de aprendizaje, así que tiene sentido que un profesional con más experiencia obtenga mejores resultados. Y si se exigiera competencia demostrada para ofrecer servicios de entrenamiento, esto tendría más lógica.

He trabajado con cientos de entrenadores a lo largo de los años: enseñándoles, supervisándolos y asesorándolos. Podría nombrar quizás un poco más de 10 que considero verdaderamente excelentes—personas a quienes confiaría un amigo cercano o familiar. En los años 90, cuando dirigía los Programas de Desarrollo de la Atención en Atlanta, tuvimos entre 3 y 4 oficinas durante casi toda la década. Yo hacía todo el entrenamiento en una oficina y contrataba entrenadores para manejar las otras, siguiendo mis planes y bajo mi supervisión. Algunos regresaban a estudiar, otros se mudaban con sus parejas o se cansaban del trabajo, así que siempre estaba buscando nuevos candidatos. Para mí era muy importante descubrir qué hacía a los grandes entrenadores tan buenos. Lo estudié entonces y lo sigo estudiando hoy.

¿Qué hace a un gran entrenador?

Entrenan primero su propio cerebro. Así como no contratarías a un coach de béisbol que nunca ha jugado béisbol, un entrenador que no ha trabajado sus propias metas entrenando su cerebro quedaría automáticamente fuera de mi lista. O cree que su cerebro ya es perfecto o no cree que el entrenamiento tenga valor.

Son, ante todo, coaches. Manejan bien la tecnología, pero no son técnicos. No clasifican ni juzgan—aunque su formación profesional los haya empujado en esa dirección. Reciben a los clientes como vienen, los ayudan a establecer metas, los motivan (a veces con un abrazo, a veces con una patada), los ayudan a ver su progreso y les dan el crédito por sus logros.

Consejeros y terapeutas pueden ser grandes coaches—también profesores, entrenadores, padres y amistades. El entrenamiento cerebral no es psicoterapia, aunque para algunos problemas, esa habilidad puede sumar mucho al proceso.

Entrenadores en casa

Las dos cosas que les digo a quienes quieren hacer entrenamiento en casa son:

  1. Necesitan a alguien en el hogar que sea organizado y lo suficientemente motivado como para asegurar que el entrenamiento se haga. A esa persona le llamamos el IT (Entrenador Identificado, por sus siglas en inglés). Sin un IT, el equipo terminará en el clóset, junto a todas esas otras cosas interesantes que compraste… y que nunca usaste.
  2. El IT no puede estar en guerra activa con la persona que va a entrenar. Si mamá quiere ser la entrenadora de su hija rebelde de 16 años, lo más probable es que el entrenamiento se convierta en otro campo de batalla más.

Algo que le digo a entrenadores (tanto amateurs como pros) tras años de experiencia dolorosa: si no te llevas bien con la computadora y con Windows, NO EMPIECES. Si te da miedo, te confunde, o nunca funciona bien contigo, aprender esto será como tratar de aprender álgebra en otro idioma. No es ciencia espacial, pero necesitas aprender o pedirle a alguien que se encargue de la parte técnica más allá de abrir y correr las sesiones.

Ten presente que es cien veces más fácil entrenar a otra persona que entrenarte a ti mismo. Tratar de ser el cliente y el entrenador al mismo tiempo no te deja ser verdaderamente cliente. Si quieres entrenar a tu hijo, pídele que sea tu entrenador. Eso cambia toda la dinámica. Ya no es “tienes que hacer esto porque estás mal”. Ahora es: “quiero probar esto para controlar mejor mi temperamento (o lo que sea). ¿Me ayudarías a aprenderlo para que tú seas mi entrenador?”

¿Puedes entrenarte tú solo? Yo lo hice y lo sigo haciendo. Muchos de nuestros clientes también.

¿Entrenamiento en casa o profesional?

La logística es clave. ¿Es más probable que asistas a una sesión agendada con un profesional, o que entrenes cuando tengas una hora libre sin necesidad de desplazarte ni coordinar nada? ¿Puedes costear dos sesiones por semana?

Otro tema es el sistema familiar. Cuantas más personas entrenan al mismo tiempo, más fáciles son los cambios. Financiarlo y organizarlo puede ser más sencillo en una clínica profesional—o incluirlo en la rutina familiar.

¿Estás dispuesta(o) a comprometerte a comprar el equipo, aprender a usarlo y mantenerte constante en el proceso? ¿O prefieres pagarle a alguien con experiencia para que te guíe y te provea lo necesario?

Solo ten presente: si estás motivado(a) y abierto(a) a aprender, puedes lograr grandes resultados entrenando tu propio cerebro. Y si no, busca a alguien que te caiga bien y que pueda entrenarte.


La Mentira de la Certificación

¿Qué es la Certificación?

En muchas áreas profesionales existen organismos de licenciamiento o certificación creados para verificar quién ha demostrado competencia en ese campo. Los Contadores Públicos Certificados y los Cirujanos Certificados por la Junta son ejemplos. Pero la experiencia nos enseña que tomar cursos y pasar exámenes no necesariamente se traduce en un mejor desempeño o mejores resultados. De hecho, en muchos campos, los proveedores más humanos y empáticos pueden ser quienes menos habilidad tienen para brincar por los aros burocráticos o académicos. La certificación se basa más en la disposición del profesional para invertir tiempo, dinero y presentar un examen. La compasión, creatividad, intuición, etc., son mucho más difíciles de medir. Pero en algunos campos, tener una licencia o certificación sí puede ser un requisito para ejercer.

Certificación en entrenamiento cerebral

Afortunadamente, como el entrenamiento cerebral—al igual que la meditación—es una técnica no invasiva que permite a la persona transformarse por sí misma, no existe ningún requisito legal de licencia o certificación para utilizarla. Hasta ahora, y a pesar de los intentos de algunos dentro del campo, no hay organismos oficiales de licenciamiento. Sin embargo, en 1981, al inicio del desarrollo del área, un grupo auto-designado de académicos se juntó para definir listas de lectura, planes de conocimiento y estándares éticos para “practicar correctamente”.

A finales de los 90, el Biofeedback Certification Institute of America (BCIA) —hoy con otro nombre—empezó a certificar en neurofeedback. Las reglas fueron creadas en gran parte por psicólogos y algunos profesionales de salud mental, así que no fue sorpresa que decidieran que nadie que no tuviera una licencia profesional en salud mental pudiera aplicar a la certificación. El verdadero beneficio de la certificación es más económico que de control de calidad: se puede bloquear el acceso al campo y reducir la competencia. Pero eso sólo funciona si alguien externo reconoce ese proceso.

¿Y cómo les fue con eso?

Como se dieron cuenta de que no había una gran fila de interesados buscando su aprobación —ni siquiera entre los que sí eran elegibles—, el BCIA abrió un poco más sus requisitos. Cambiaron su nombre a Biofeedback Certification International Alliance e intentaron atraer practicantes de otros países. Lo más importante: subcontrataron el marketing y la formación. Hoy, 11 empresas con fines de lucro —la mayoría venden sistemas de neurofeedback— promueven la certificación BCIA y cobran por dar los cursos. BCIA cobra por aplicar los exámenes.

Aun con todo eso, la última vez que revisé su sitio web, sólo había 735 entrenadores certificados por BCIA en neurofeedback a nivel mundial, de miles que serían elegibles. Y la mayoría eran académicos más que entrenadores en práctica. Las instituciones que “reconocen formalmente” a BCIA son sobre todo universidades con programas de biofeedback.

¿Cuál es el problema?

Certificarse cuesta como $2,500 USD entre el curso y el examen. Luego tienes que trabajar bajo supervisión de alguien certificado por BCIA durante un tiempo. Es costoso y consume mucho tiempo. ¿Y qué beneficios tiene? Financieramente, ninguno. Ninguna aseguradora te paga más por estar certificado por BCIA, ni te reconoce por eso. Ningún organismo de licencias lo toma en cuenta. Hay otros grupos de certificación menos restrictivos que sí ofrecen seguro de mala práctica y consentimiento informado.

Sobre demandas o necesidad de seguro: hasta ahora, conozco 19 casos legales en la historia del neurofeedback. 18 de ellos fueron iniciados por otros proveedores (muchos de ellos certificados por BCIA) ¡contra colegas! Todos esos 18 casos fueron desechados, pero no sin antes causar daño económico o emocional a los acusados. Con colegas así… ¿para qué quieres enemigos?

Cómo evitar problemas

Si tienes el tiempo y el dinero para invertir, y no te importa esperar antes de poder empezar a ayudar a la gente a cambiar su vida, adelante: busca la certificación, ya sea por BCIA o por la Junta de Certificación en Terapias Naturales.

De lo contrario, empieza a trabajar dentro de un sistema donde tengas apoyo, entrena tu propio cerebro y el de algunos familiares para ganar experiencia y confianza, y empieza a ayudar a otros a transformar su mundo.

Eso sí: a menos que seas médico o psicólogo con doctorado, no hables de diagnósticos. No hables de “curar” (aunque los profesionales de salud mental rara vez usan esa palabra). Cualquiera puede ofrecer un servicio para ayudar a otros a enfocarse mejor, sentirse más tranquilos o felices, o mejorar en un deporte o instrumento. Pero sólo los doctores o psicólogos pueden decir que “tratan” el TDAH, ansiedad generalizada, etc.

Ya sea que decidas certificarte o no, ten en cuenta que no hay un gran beneficio real detrás de ese proceso. Sigue leyendo, porque vamos a presentarte otra forma de entrenar cerebros —el tuyo o el de otros— y de ayudar a quienes te rodean a transformar sus vidas.


Hacia un Nuevo Modelo de Entrenamiento Cerebral (sí, se repite en el original)

Hasta ahora hemos visto el entrenamiento cerebral desde el punto de vista que informa la mayoría de las discusiones al respecto: un enfoque basado en la patología para “tratar trastornos” y hacernos a todos más “normales” para “encajar mejor” y producir más. He sugerido que esta visión surge del hecho de que el “neurofeedback” se vende en revistas científicas, investigaciones, libros, incluso en artículos de revistas populares y segmentos de TV por investigadores académicos del campo de la salud mental, y he intentado señalar los fallos bastante obvios en este enfoque que la “comunidad científica” suele ignorar.

Es importante dejar claro que el entrenamiento cerebral es lo que es. Como cualquier cosa real, puede verse desde muchas perspectivas distintas, y ninguna es correcta ni incorrecta. Puedes describir una puesta de sol, o un poeta genio puede hacerlo, o una persona moribunda puede describirla, pero ninguna de esas descripciones es la puesta de sol. Es lo que es. La descripción nos dice más sobre quien la hace que sobre lo que está describiendo.

Así que lo que quiero hacer en esta siguiente sección, antes de meternos de lleno en la parte práctica de CÓMO HACER entrenamiento cerebral, es presentar otra forma de verlo. No es mejor ni peor, pero espero que sea más liberadora y menos restrictiva. Psicólogos, terapeutas e incluso médicos usan este enfoque. Ven que funciona, y les gusta la manera en que les da más libertad tanto a ellos como a sus clientes. Espero que a muchos de ustedes también les funcione.

Una perspectiva alternativa

Pensemos en el entrenamiento cerebral como “ejercicio”. Me gusta este enfoque porque:

  1. Es más inclusivo. Cualquiera puede ejercitarse, y sabemos los efectos que puede tener si se hace de forma adecuada y constante durante un periodo de tiempo. Entrenar tu cuerpo puede cambiar tu fuerza, flexibilidad y resistencia… incluso en esa parte del cuerpo que llamamos cerebro.
  2. Pone al cliente al mando de lo que sucede. Es él o ella quien “hace el trabajo”; el entrenador guía, refleja y motiva.
  3. El mismo ejercicio puede ser usado por un fisioterapeuta para rehabilitar una lesión, o por una persona común para volverse más fuerte o flexible. Con el equipo, el sistema y el apoyo adecuados, tanto usuarios sin experiencia como profesionales pueden guiar al cerebro hacia resultados positivos.
  4. Se aplican las mismas advertencias. Si no tienes el tiempo, la organización o la motivación para aprender por tu cuenta, únete a un gimnasio y trabaja con un entrenador. Es más probable que consigas resultados así. Si te sientes cómodo con las computadoras, estás motivado y eres organizado, puedes optar por comprar el equipo y hacer los ejercicios tú mismo en casa.

¿De verdad encaja el modelo de ejercicio?

Veamos lo que realmente sucede cuando entrenamos un cerebro:

  1. HEG (hemoencefalografía) mide el oxígeno disponible en la sangre para mantener periodos más largos de actividad rápida de las neuronas en el área prefrontal. Así como el ejercicio aeróbico pone a trabajar el corazón y los pulmones para atraer sangre y, con el tiempo, cambiar su sistema de suministro, el HEG hace lo mismo en el centro ejecutivo del cerebro.
  2. EEG (electroencefalografía) mide cuántas neuronas en diferentes áreas del cerebro están disparando a velocidades específicas (frecuencias) y qué tan bien se coordinan. Un cerebro atrapado en frecuencias lentas necesita desarrollar soporte metabólico—otra vez como el aeróbico. Un cerebro atrapado en frecuencias muy rápidas necesita aprender a relajarse cuando no hay trabajo que hacer—como con el yoga, el T’ai Chi o Pilates. Un cerebro incapaz de trabajar duro o por mucho tiempo necesita desarrollar fuerza, como lo haríamos con el entrenamiento con pesas.
  3. Las herramientas de entrenamiento cerebral nos muestran patrones y relaciones energéticas. Le muestran al cerebro cuando está ejercitando una capacidad que necesita desarrollar. A medida que se vuelve más fuerte, más flexible, más conectado o más capaz de generar energía, empieza a usar esas capacidades en la vida diaria, así que no necesita seguir entrenando para mantenerlas.

Retroalimentación en el ejercicio

Un medidor de pulso ayuda a una persona que hace ejercicio aeróbico a reconocer cuando está en su zona de entrenamiento. Acelera o disminuye el ritmo para mantenerse dentro del rango objetivo. La retroalimentación cerebral refleja los “latidos” o impulsos del cerebro de la misma forma. Hacer Pilates, yoga o ejercicios con pesas frente a un espejo ayuda a que la persona sea más consciente de lo que está haciendo y cómo lo está haciendo. Eso también es retroalimentación que mejora el entrenamiento.

Por todas estas razones, usaré el modelo del ejercicio y llamaré al proceso entrenamiento cerebral en lugar de “neurofeedback” o “neuroterapia”. Ya seas un profesional que quiere mejorar resultados con clientes, un padre o madre que quiere ayudar a su hijo a alcanzar su potencial, alguien que desea mejorar su capacidad para alcanzar estados de alto rendimiento, o simplemente alguien que quiere sentirse más positivo, con más energía y en control, entrenar tu cerebro basándote en lo que ya está haciendo puede producir cambios significativos y duraderos, en la dirección que tú decidas.


Entrenando hasta el Máximo Potencial

La opción “normal”

Como ya hemos platicado, uno de los productos más fuertemente promocionados en el mundo del entrenamiento cerebral durante los 2010s fue el entrenamiento con puntuaciones Z (z-score training). Este sistema, que se vende como “científico” y “basado en el cerebro”, propone que si entrenamos cualquier cerebro individual para que cambie docenas de micro-medidas en dirección al promedio poblacional, se volverá más efectivo —y especialmente, que la experiencia del cliente mejorará y se acercará a sus objetivos.

Una de las grandes “ventajas” de este sistema (para quienes lo venden) es que es súper complicado y prácticamente no se puede hacer sin acceso a una de unas pocas bases de datos que se desarrollaron hace 20 o 30 años. Desde el punto de vista del entrenador, la ventaja es que no necesita saber mucho sobre el cerebro o siquiera lo que el cliente quiere cambiar. Solo graba un EEG con un amplificador de 19 canales o más, lo manda a la base de datos y recibe de regreso un documento larguísimo lleno de gráficas y lecturas de z-score. Entrena para “normalizar” todas esas micro-medidas al mismo tiempo y—voilà—todo mejora. Y si no mejora… pues ni modo, ¿no? Tú fuiste científico. Gastaste buena lana. Hiciste lo que te dijo la compu. No es tu culpa.

El «Peak» (Pico)

También hemos hablado de que sí hay investigaciones sólidas sobre cerebros en estado de “pico” de meditadores con años de práctica, pilotos élite, artistas, atletas, soldados y otras personas que están lejos de ser “promedio”. Lo interesante es que la forma en que funciona su cerebro es mucho más simple que la del promedio. Y la neta, la mayoría de los clientes preferirían entrenar para volverse pilotos de élite, no pilotos promedio.

En un estudio del Dr. Barry Sterman con pilotos de bombarderos B2 —todos súper seleccionados y entrenados al extremo— no había mucha diferencia entre los que eran buenos y los que eran cracks. Todos mostraban patrones de cerebro en pico en el simulador de vuelo, pero los mejores los mostraban un poquito más.

Cualquier atleta pro, artista o ejecutivo puede entrar en “la zona”. Los verdaderos cracks simplemente llegan ahí más fácil, más seguido y se quedan ahí por más tiempo.

Así que entrenar hacia el pico, en lugar del promedio, en realidad es más simple. Al mismo tiempo es más deseable para los clientes y más fácil de entender para la mayoría de los entrenadores.

¿Y por qué no entrenar a todos hacia el pico?

En mis años entrenando cerebros, muchas veces llegaron clientes que decían querer “entrenamiento para rendimiento máximo” (peak performance). Según ellos, ni hacía falta hacerles una evaluación. No tenían “nada mal”. Estaban bastante contentos con ellos mismos, solo querían “más”.

Al principio les creía y les ponía entrenamiento directo hacia el estado pico, pero casi nunca funcionaba… y la razón se volvía obvia rapidísimo. Sus cerebros tenían patrones de activación que les bloqueaban esos estados de pico.

Muchos me decían que llevaban meditando 5, 10 o 15 años, pero cuando veía su cerebro, yo pensaba: “No sé qué estuviste haciendo esos 15 años, compa, pero no fue meditar.”

Cuando empecé a hacer evaluaciones incluso a esos clientes casi “perfectos”, les mostraba los resultados y les preguntaba cosas como: “¿no sientes ansiedad?” o “¿no sueles actuar por impulso?” Y casi siempre me decían que sí—obvio. De hecho, eso era justamente lo que les impedía ser “rendimiento pico”. Pero no tenían “nada mal”.

Ahí fue cuando empecé a repetir una frase que escuché hace años (no recuerdo de quién):
“Todo entrenamiento cerebral es entrenamiento de rendimiento máximo.”

Para poder operar desde nuestro pico, la mayoría tenemos que quitar la maleza, construir puentes sobre barrancos destruidos, etc. O sea, primero tenemos que romper los hábitos cerebrales que nos bloquean esos estados. Luego ya podemos llegar más fácil y quedarnos más tiempo ahí.

Patrones que habilitan vs. que bloquean

Muchísima de la investigación basada en QEEG que está publicada ha encontrado correlaciones entre ciertos estados mentales/emocionales y ciertas relaciones cerebrales.
El proceso de Whole-Brain Training (Entrenamiento de Cerebro Completo), que explicaremos más adelante en este libro, busca dos tipos de patrones:

  • Los que habilitan el estado pico
  • Los que bloquean el estado pico

Este tipo de entrenamiento no se enfoca tanto en “tratar” síntomas específicos, sino en mover los patrones estables del cerebro lejos de los que bloquean y hacia los que permiten llegar a esos estados.
A medida que avanza este proceso, el rendimiento en pico se vuelve una consecuencia natural, y el cliente empieza a convertirse en su mejor versión, en lugar de intentar encajar con el “promedio” de los demás.


Una Forma Diferente de Vivir

“Cuidado con lo que deseas; podrías conseguirlo.”

Cuidado…

Si tiene sentido para ti que lo que piensas, lo que sientes, y cómo te experimentas a ti mismo y al mundo que te rodea, todo nace de los hábitos que se desarrollan en tu cerebro, entonces empiezas a entender que cambiar esos hábitos no es solo algo que cause efectos chiquitos en tu vida.

Acostumbrados al enfoque de la medicina occidental, que va directo a los síntomas, mucha gente llega queriendo mejorar la memoria, la atención, o dejar de tener migrañas o ataques de pánico. Pero les toma tiempo darse cuenta de que esas son solo señales visibles de una forma de vida desbalanceada, y que la única manera de cambiarlas para siempre es cambiar el terreno desde donde crecen.

Mi experiencia con clientes

Al inicio de mi carrera, me costaba con cierto tipo de cliente. Cuando empezaban a cambiar con el entrenamiento, se quejaban. Un ejecutivo me dijo después de unas 12 sesiones que se sentía “tonto y confundido”. Al principio pensé que algo estaba haciendo mal y revisé varias veces mis protocolos y dónde ponía los electrodos.

Pero luego entendí que él estaba tan acostumbrado a tener la mente corriendo a mil, trabajando en 5 cosas al mismo tiempo, que sentir calma y quietud le parecía algo malo. Le tomó tiempo entender que en realidad estaba haciendo más cosas, con menos estrés para él y los demás, y que estaba viviendo mejor. Se fue acostumbrando a que hubiera menos “ruido” mental, pero le costó desconectarse de esa “emoción” que da todo ese estrés. De hecho, más de uno dejó de entrenar justo cuando empezaban a conseguir lo que creían querer.

¿Por qué cuesta cambiar?

La mayoría de nosotros hemos vivido por años con nuestra vida interna (y externa) tal como “siempre ha sido”. No podemos imaginar que haya otra forma de ser y sentir —y mucho menos que haya una que funcione mejor. Que nuestra mente consciente y egoísta disfrute hacerse la que manda solo lo complica más. Para cambiar a patrones que no desperdicien energía, que no generen ansiedad y estrés, y que produzcan resultados concretos y mejoren nuestra vida, tenemos que acostumbrarnos a que la mente solo trabaje cuando se necesite.

El cerebro en estado “peak”

El cerebro pesa solo alrededor del 3% del cuerpo humano, pero usa más del 25% del oxígeno que respiramos y más del 50% de la glucosa en nuestra sangre. El cerebro siempre está trabajando. Mientras más eficiente sea y menos energía desperdicie, mejor funciona el cuerpo (y tú).

Cuando los investigadores estudian los cerebros de personas que pueden hacer cosas que los demás no, lo que más encuentran es que esos cerebros saben “estar en reposo” cuando no tienen una tarea específica. Como un carro, esos cerebros tienen la habilidad de entrar en un estado de “reposo-preparado”.

Esperamos que nuestros carros se queden quietos en un semáforo, listos para arrancar cuando cambie a verde. Un carro que acelera mucho el motor consume más gasolina y se daña antes. Pero si apagas el motor, tardas más en volver a arrancar. Esperamos que descanse, pero que esté listo para responder.

¿Cómo se ve eso en el cerebro?

El cerebro humano tiene una capa fina llamada corteza —como una corteza o “cáscara”— de aproximadamente 6 mm. Esa capa es el “cerebro pensante”, nuestro ego. Cuando está trabajando en algo, sus neuronas se activan en áreas específicas (según la tarea) y disparan entre 13 y 21 veces por segundo. Esa velocidad (frecuencia) se llama beta, y se produce solo en la corteza, idealmente solo cuando hay tarea.

Debajo de ese “cerebro pensante” hay un montón de otras estructuras. Algunas las compartimos con mamíferos; otras, con reptiles más primitivos. Estas partes subcorticales son la fuente de nuestras emociones, recuerdos, intuiciones e impulsos creativos. A veces la mente las controla, pero muchas veces es al revés.

Estas estructuras subcorticales emiten frecuencias específicas por todo el cerebro, y cuando las neuronas de la corteza no están activas, idealmente resuenan con alguno de esos ritmos. La frecuencia llamada alfa —especialmente cuando está sincronizada en toda la corteza— se relaciona con ese estado de “reposo-preparado”. Cuando el cerebro produce alfa sincronizado, experimentamos el estado llamado “estar en la zona”.


El Centro

Las cosas se desmoronan; el centro no puede sostenerse;

Lo mejor carece de toda convicción, mientras que lo peor
Está lleno de una intensa pasión.
—William Butler Yeats, 1919

Lo que falta

Durante la mayor parte del tiempo que llevo entrenando cerebros, he tratado de entender qué es lo que hace que algunas personas sean más felices y satisfechas en cualquier ámbito de la vida, a cualquier edad.

Desde hace varios años estoy bastante seguro de que todo se reduce al centro de la persona.

Cada uno de nosotros tiene un lugar tranquilo dentro de sí mismo —un centro de quién y qué somos—. Ese lugar se desarrolla conforme crecemos y puede volverse un espacio estable dentro de nosotros. No depende de nada más. Ahí sentimos la conexión con lo que está afuera. Ahí es donde mejor nos conocemos a nosotros mismos.

En los últimos años he notado cuánta gente llega a mí para entrenar —o simplemente personas que conozco, amo o con las que me cruzo— que ni siquiera saben que TIENEN un centro.

Son lo que hacen, a quién conocen, cuántos “amigos” tienen (pero solo “conocidos” online), cuánto dinero. Tienen que estar siempre conectados, mandando mensajes, escuchando música, viendo videos en internet, haciendo mil cosas a la vez, juzgando y siendo juzgados constantemente. Su mente corre sin control. Diez minutos de silencio, solos, con los ojos cerrados, es una tortura. Están estresados, ansiosos, quemados. Necesitan pastillas para dormir. No saben cómo parar. Tienen miedo de parar, de perderse algo. Y por eso se pierden todo.

La Zona

Sabemos —quizá por experiencia propia— y seguro por lo que leemos, que existe un estado llamado la Zona o Flow. Momentos que llegan —para la mayoría de nosotros de forma inesperada e impredecible— donde rendimos a nuestro máximo nivel. No pensamos, no nos esforzamos, no juzgamos. Estamos en el momento, en el lugar, viendo todo a la vez, y rendimos, por un rato, a un nivel que creíamos imposible.

Existen patrones de activación cerebral que coinciden con los estados de la Zona, y podemos aprender a entrar y salir de ellos o mantenerlos. Estudios han identificado patrones cerebrales consistentes en meditadores orientales. Otros encontraron que los pilotos top volaban sus aviones en ese mismo estado. Los mejores en trabajos críticos, con mucho estrés, tenían cerebros de meditadores. Deportistas y artistas de alto nivel también pueden estar en ese estado: presentes, quietos, conscientes, listos. Y cualquiera de nosotros puede.

Estar en la Zona significa operar desde tu centro —esa parte de ti que no tiene nada que probar: capaz de hacer lo que se debe hacer; capaz de esperar hasta que sea el momento.

Encontrar el Centro

El centro es un “claro” en algún lugar dentro de cada uno. Si nunca vamos ahí, se llena de maleza y se vuelve difícil de encontrar. Pero practicar —quizá con un sistema que te guíe— puede ayudarte a encontrar el camino y despejar un poco de espacio. Cuanto más vuelves, más fácil es encontrarlo y más tiempo puedes quedarte: estando quieto sin preocuparte de perder algo, sin aburrirte. Mientras más tiempo pasas en tu centro, más fuerte se vuelve —TÚ te vuelves más fuerte. Empiezas a hacer las tareas diarias mejor y con menos energía. Puedes rendir en situaciones estresantes sin estresarte.

Hay todo un mercado de entrenamiento cerebral llamado “alto rendimiento”. Ejecutivos, traders, deportistas de fin de semana y otros que han experimentado momentos de Flow quieren rendir más. Pero el foco sigue siendo en lo que HACEN. Rinden —hacen más trabajo, consiguen mejores puestos o calificaciones. Rendirse es importante. Es una forma de “llevar la cuenta” en nuestras vidas. Pero mejorar el resultado —el rendimiento— sucede mejor cuando te enfocas en el proceso.

Mientras que el Centro está detrás del alto rendimiento, se enfoca principalmente en lo que eres —cómo eres— cuando no necesitas estar rindiendo. Es la base de donde crece el alto rendimiento. Se basa en conocerte a ti mismo, en tener un sentido de quién eres y cómo encajas en el mundo.

Mapas hacia el Centro

La meditación es una forma de encontrar y sentirte cómodo en tu centro. La oración puede hacer lo mismo —después de agradecer, pedir bendiciones y admitir nuestras fallas— cuando nos quedamos callados a escuchar si Dios tiene algo que decir. El espíritu no grita —o al menos no hasta que el agua ya esté subiendo. El espíritu susurra, y tenemos que estar quietos para escucharlo.

No es casualidad que en una cultura materialista, consumista, llena de adrenalina y deuda, todo trate de hacer más, hacer más rápido, estar siempre conectados. La salud se vuelve un flujo constante de medicamentos para mantenernos produciendo, actuando y sintiendo como se espera. Movimientos como “El Secreto” nos empujan a encontrar nuestro centro para atraer una casa mejor, pareja, perder peso o ganar la lotería. Los “hackers” cerebrales buscan la dieta, suplemento o tecnología correcta para sacar lo máximo de su “equipo”. Todo sigue la misma línea.

Pero vamos a hablar de tu centro con un enfoque diferente:

No vayas ahí para CONSEGUIR algo. Ve para descubrir qué hay ahí. Eres tú.


El Espejo

“Los espejos deberían pensar más antes de reflejar.”
― Jean Cocteau

Espejos en nuestras vidas

Hay una relación súper importante entre el centro de una persona y su necesidad de espejos. Mientras mejor nos conocemos a nosotros mismos, menos nos importa lo que reflejan los demás. Eso es autoestima.

Pero cuando sabemos poco de nosotros, dependemos más de lo que los demás reflejan. En la vida real, controlamos lo que hacemos, pero no cómo reaccionan otros. Y si vivimos pegados a espejos, necesitamos justo lo opuesto y eso solo genera estrés y ansiedad.

Espejos en nuestro desarrollo

Desde chiquitos empezamos a formarnos una idea de quiénes somos: el niño listo, el payaso, el que nadie quiere, la niña bonita, lo que sea. Esa idea nace de cómo nos reflejan las personas importantes a nuestro alrededor, especialmente la familia y luego maestros y compañeros.

Lo que aprendemos de nosotros de niños, cuando nuestro centro está más abierto, es súper clave. Ahí nos sentimos amados, importantes… o no.

En la adolescencia y juventud, creamos una identidad separada de la familia, muchas veces basada en los espejos de amigos y después compañeros de trabajo.

Al llegar a adultos, idealmente ya identificamos qué es lo más básico en nosotros y quizá hemos tenido destellos de nuestro centro.

También nos topamos con “espejos distorsionados” — personas que reflejan algo súper diferente a lo que realmente somos. Un maestro, jefe o pareja negativa puede hacernos dudar de quiénes somos, sobre todo si no tenemos espejos positivos y un centro fuerte.

Y al revés, alguien que nos apoye puede cambiar cómo nos vemos. Pero eso dura poco si no tenemos un centro sólido. Cuando se va ese espejo, volvemos a buscar otro que nos diga qué pensar de nosotros ahora.

Cruzando el espejo

Mi centro está en la quietud. Cuando estoy quieto es cuando puedo llegar ahí, pasar tiempo, recargarme.

Pero la quietud, como el agua pura y dulce para beber, ahora es algo que tienes que pagar. Ve a una clase de yoga (si encuentras una que no sea “yoga aeróbico” o “power yoga”). Haz un taller de meditación. Ayudan, pero igual tienes que agendar tiempo para practicar en tu rutina.

Mientras más difícil me es estar quieto, viviendo en un mundo lleno de radiación electromagnética inalámbrica, más necesito espejos. Es mucho más fácil conectarme que desconectarme y simplemente estar en silencio.

Las “redes sociales” — que no son contacto social real — están diseñadas para rodearnos de espejos (y anuncios hechos justo para nuestros gustos) todo el día. Podemos tomar fotos, videos o mandar mensajes de cualquier pensamiento, sentimiento o evento en un instante para que todo el mundo digital lo vea. Seguro alguien le dará “like”, alguno comentará. ¿Cómo puedes sentirte solo, rodeado de amigos y contactos?

El resultado para quien no sabe hacia dónde va, y solo se deja llevar, es que nos volvemos lo que creemos que los demás piensan de nosotros. Opinamos lo que la gente en los medios dice. Hablamos de los temas que hablan nuestros amigos, los programas, los tweets. Nuestro cuerpo, ropa y carros son lo que consideramos “nuestra expresión.” Somos súper fáciles de controlar porque queremos hacer lo que todos hacen. El grupo es el yo. Como hormigas.

El espejo desconectado

Pero la quietud también está siempre ahí, como el inalámbrico, sin necesidad de baterías. Solo tienes que sintonizarla. No siempre es fácil llegar, pero no tiras tu teléfono porque la señal se pierde en algunos lugares.

Meditación, oración, correr — hay guías para ayudarte las primeras veces. Puedes seguir usándolas incluso después de que encuentres tu quietud unas cuantas veces. O puedes hacer de eso parte de tu vida, aunque sea en ráfagas cortas como una serie de mensajes o una llamada o un video en YouTube. Haz hábito entrar a tu centro tan seguido como entras a los espejos digitales. Puedes conducir en estado de quietud, y es mucho más seguro que mandar mensajes. Puedes ir al baño en quietud. “Apágate” media hora antes de dormir en lugar de ver la tele o jugar con la tablet en la oscuridad.

Haz que sea tu meta redescubrir tu centro, conocerte en la quietud todos los días, y hacer lo más posible desde ahí.


El Reflejo

“No pelees: No culpes.”
– Tao Te Ching, aprox. 600 a.C.

Cómo conocemos a los demás

Las filosofías orientales llevan miles de años mostrando una visión del individuo y del universo que, en el último siglo, ha empezado a aparecer otra vez en las ideas nuevas de la física —esas que vienen después de la física del manzano de Newton. No existe la “materia” como algo duro e inmutable que forma un mundo material de cuerpos, edificios, árboles y planetas. Lo que hay es energía —más o menos concentrada. Nosotros representamos la conciencia, una awareness (conciencia) de lo que sentimos a nuestro alrededor, cómo está organizado y qué significa.

En resumen, no percibimos el universo como es; es como lo percibimos. Dos personas que viven en la misma familia, barrio, país o caminan en el mismo bosque pueden tener visiones totalmente distintas. No porque esas cosas “externas” cambien, sino porque las expectativas y formas de sentir, recordar y percibir de cada quien son diferentes.

Cómo conocemos el universo

La mayoría vivimos en relación a cómo sentimos y experimentamos el “mundo que nos rodea”: un lugar peligroso, lleno de recursos, con gente desconfiable o con personas que consideramos positivas y cariñosas. Las culturas occidentales suelen presentar un mundo dualista: liberal vs. conservador, blanco vs. negro, bueno vs. malo, conflicto constante entre lo que queremos y lo que podemos tener. Esa es la visión que nos dan el arte, el entretenimiento, las noticias y la educación, todo el día. Pero pocos se dan cuenta de que esos juicios no están en las cosas externas, sino en nosotros mismos. El terrorista de uno es el héroe patriota de otro.

Esta visión de juicios se describe en filosofías orientales con los “opuestos” Yin y Yang. Pero el símbolo del Yin/Yang es el Tai Chi —un círculo con dos comas de colores opuestos que se entrelazan formando un todo continuo. Es otra visión: todos nosotros y todo lo que nos rodea es parte de un único todo integrado donde el “bien” solo puede definirse contra el “mal”, y humanos, animales y ambiente no están separados, sino que son elementos de un mismo conjunto.

Cómo nos conocen los demás

Cada persona que conocemos proyecta su mundo. No pasa mucho antes de que notes si alguien es básicamente temeroso, confiado, enojado o aceptante. Sabemos quiénes están más conscientes de sí mismos y quiénes son más atentos a los demás. Muchas veces nos atrae o repele esa persona según cómo nos sentimos con ella —cómo el universo que “crea” se alinea con el nuestro.

Mientras menos “egocéntricos” seamos —menos proyectemos nuestro rollo en el universo que percibimos— menos insatisfechos estaremos. Si todo lo que vives y las personas que te rodean las comparas con lo que quieres, esperas o te gusta, seguro vas a estar insatisfecho alguna que otra vez, o muchas.

Si logramos experimentar sin juzgar ni categorizar, atentos a lo que está enfrente sin compararlo con lo que queríamos, cambia cómo nos sentimos con la vida y cómo otros sienten con nosotros. Es la diferencia entre ser egocéntrico y ser autoconsciente.

Egoísmo y el centro

Parece raro, pero mientras menos vivamos en nuestro centro, más egocéntricos somos. La gente egocéntrica tiene enemigos, ha sido herida, tiene opiniones firmes, tiene que “perdonar” a otros. Todo pasa en términos muy personales: cómo me afecta a mí.

Muchos proyectan futuros malos, esperan decepciones o peores cosas, y queman energía mental preocupándose y planeando. A veces admiten que preocuparse no cambió nada —que lo que más nos preocupa son cosas que no podemos controlar— pero siguen cargando esa mochila de predicciones negativas.

Otros tienen poca energía, pero no quieren aceptar el costo de arrastrar pérdidas y decepciones del pasado.

La gente que puede vivir lo más consciente posible de cómo se relaciona con lo que encuentra, en lugar de cómo lo que encuentra se relaciona con ellos, no se siente ofendida, dañada, con suerte o sin suerte, porque no comparan lo que pasa con lo que “debería” haber pasado. No hay necesidad de ansiedad ni nada que los hunda en la depresión.


Entrenamiento por Estado

¿Qué muestra el espejo?

El feedback (retroalimentación) es un espejo donde tu cerebro puede verse a sí mismo y practicar cómo cambiarse.

La experiencia es una forma muy poderosa de feedback, pero es inconstante. Anoche mi esposa se rió de mi chiste; esta mañana se enojó. El espejo refleja muchas cosas además de mi estado interior. A veces es difícil entender qué significa.

El entrenamiento cerebral puede darle al cerebro un espejo preciso y sensible donde verse solo a sí mismo. Entrenar es repetir una acción o estado deseado hasta que se vuelva una respuesta natural —un nuevo hábito cerebral. El espejo le dice a nuestro cerebro cuándo se está acercando o alejando de lo que quieres.

El feedback puede mostrarle al cerebro cómo funciona cuando está “en descanso”, cómo se “activa” al hacer una tarea y muchas otras cosas. Bien usado, puede ayudar al cerebro a estar más calmado, mantener más energía cuando trabaja y alcanzar una conciencia más profunda de uno mismo.

¿Qué estamos entrenando?

En realidad, hay muy poco en el universo que podamos controlar. Lo que “nos pasa”, cómo piensan, sienten o actúan los demás hacia nosotros está fuera de nuestro control. Cuanto más tratamos de controlar lo que no podemos, más energía desperdiciamos, más negativos nos ponemos y peor hacemos nuestro “trabajo”.

Pero sí podemos controlar nuestro estado interior: cómo vivimos y respondemos a lo que sucede a nuestro alrededor. Cambiar eso es la base de casi todos los objetivos de entrenamiento. Cuando el trainee (la persona que entrena) descubre patrones de activación más eficientes y flexibles, las metas de entrenamiento se cumplen (y otras ni siquiera previstas) sin que se dé cuenta.

Lo interno controla lo externo. Podemos controlar lo interno. Cambia cómo actúas, piensas y sientes, y cambias todo. Eso es de lo que trata el entrenamiento cerebral.

Practicando estados internos

Lo que buscas controla lo que encuentras. Mientras más positivo, relajado y enfocado esté el cerebro y la mente, menos estrés y ansiedad habrá. Mientras más motivado, organizado y controlado esté, más haces y menos desperdicias. Cuanto más acceso tiene el cerebro a estados profundos, recuerdos y emociones, más te conoces y más conectado estás con el mundo.

El espejo es más útil cuando refleja nuestros esfuerzos por cambiar. Puedes entrenar tu cerebro solo “viendo la película” o “escuchando la música”, pero eso es como andar perdido en un juego de escondidas en vez de buscar activamente.

Idealmente, la bailarina no solo se mira al espejo; intenta posiciones y ejercicios, ve cómo le salen, hace ajustes y vuelve a intentarlo. Igual, quien entrena el cerebro busca el estado interno que el entrenamiento quiere reflejar. Así el feedback tiene más sentido y poder.

Los ejercicios y juegos en el apéndice pueden hacerse sin espejo, pero también pueden practicarse mientras entrenas. Hacerlos entre sesiones y frente al “espejo” puede potenciar mucho el entrenamiento.

Definiendo el estado meta

Entonces, si estás pensando en entrenar tu cerebro, empieza con uno de los pasos más importantes: imagínate en detalle. Crea en tu cabeza la imagen de cómo serás y cómo te sentirás en unos meses cuando estés estable en el entrenamiento.

A veces, empezar con cosas simples es bueno. Manejar tu auto, por ejemplo. Visualízate en una situación donde tu falta de control probablemente te moleste: manejar en tráfico, manejar cuando vas “tarde”, manejar con distracciones en el coche. Ahora imagina cómo reaccionas y escribe un nuevo guion: imagínate en esa situación dentro de una burbuja de calma y buen humor. Si conoces a alguien que sea un buen modelo para ese estado, fíjate en él o ella, pero hazlo tuyo.

Quizá quieras verte más consciente de lo que pasa a tu alrededor, mejor para empezar y terminar tareas sin desperdiciar energía. Quizá quieras verte manejando a un niño frustrado de una forma nueva. Empieza a verte, al menos en tu imaginación, de otra manera.

Cuando entrenes, apunta a ponerte en ese estado, esa burbuja de calma, foco o paciencia que tu cerebro puede crear. Usa el feedback para ver cuándo estás ahí y cuándo no. Imagínate como la persona que quieres ser y entrena a tu cerebro para responder como esa persona. No te volverá otro, solo te hará una mejor versión de ti mismo.


Hábitos vs. Patología

Alternativa a la Patología

Hemos cuestionado el enfoque patológico para ver el cerebro, pero ¿cuál es la alternativa? Las cosas en tu vida no son como quisieras. ¿Eso significa que eres “anormal” o “enfermo”? ¿Por qué no podrían ser solo hábitos?

Hábitos

Defino los hábitos como las cosas que “simplemente pasan” en nuestra vida —sin que las elijamos. Si te duermes fácil cuando te acuestas, ese es un hábito que probablemente te gusta. Si te paralizas al hablar en público, eso también es un hábito. Si estás nervioso o triste la mayor parte del tiempo sin razón aparente, es un hábito de ánimo. Si actúas impulsivamente cuando preferirías no hacerlo, es un hábito de comportamiento.

Muchos de nuestros hábitos se han convertido en diagnósticos en las últimas décadas. Una persona que antes era “tímida”, ahora tiene “trastorno de ansiedad social”. Y ahora a nuestros hábitos les llaman síntomas. Pero siguen siendo solo hábitos —las cosas que “simplemente pasan” en nuestra vida.

Cambiar hábitos es de lo más difícil que intentamos. Tomamos cursos, hacemos terapia, nos unimos a grupos de apoyo, hacemos resoluciones. Pero casi nada funciona realmente. Quizá sea porque estamos intentando cambiar lo que no es. Tratamos de cambiar nuestro cerebro cambiando la mente: hablando, leyendo, pensando, afirmando, etc. Pero la evidencia dice que es al revés.

Desde los 90’s cientos de estudios muestran que los hábitos de ánimo, pensamiento y conducta que controlan nuestra vida están ligados a hábitos energéticos en el cerebro. Cuando los investigadores compararon patrones cerebrales de la población general con patrones de personas con hábitos de tristeza, insomnio, creatividad, etc., encontraron vínculos claros entre cómo opera tu cerebro y cómo operas tú. Puedes identificar esos hábitos en tu cerebro que están ligados a los de tu vida.

Cambiar hábitos

Cambiar un hábito es difícil, pero sabemos que se puede. Fumar 20 cigarros al día era algo que “simplemente pasaba” en mi vida; ahora hace más de 25 años que no fumo. Solía correr y hacer ejercicio todas las mañanas. Era un hábito. Hoy es un impulso ocasional que rara vez hago.

Pero, ¿cómo cambias una “patología” mental/emocional?

Decenas de miles de personas en el mundo han CAMBIADO sus patrones cerebrales de forma duradera. Y cuando tu cerebro cambia sus hábitos, tú cambias los tuyos.

Sabes que puedes cambiar tu cuerpo con ejercicio como aerobics, pesas o pilates. Pero probablemente no piensas en cambiar tu cerebro así. Lástima, porque tu cerebro usa el 25% del oxígeno y 50% de la glucosa de todo tu cuerpo, así que es un órgano súper importante para entrenar.

Entrenando el cerebro

¿Pero cómo se entrena un cerebro?

La respuesta es: TÚ no lo entrenas. El cerebro se entrena solo. No cambia pensando, hablando o haciendo cosas que hace tu mente. Si quieres cambiar tu postura o expresión facial, o aprender a bailar, usas un espejo. Mira cualquier gimnasio o estudio de ejercicio: tienen un montón de espejos. El cerebro también se entrena “frente a un espejo”. Se vuelve consciente de sus hábitos y prueba otros nuevos.

Entrenar tu cerebro como entrenas cualquier otra parte del cuerpo se llama Neurofeedback. Neuro = cerebro. Feedback = espejo.

Como el corazón, tu cerebro no se ve con ojos. Cuando haces aerobics, tu espejo muestra un ritmo eléctrico fuerte medido por un pulsómetro. Cuando entrenas tu cerebro, tu espejo muestra patrones que ocurren cuando billones de pequeños impulsos eléctricos viajan por tus redes corticales en un mapa EEG. Hoy las computadoras pueden grabar y reflejar la velocidad y sincronía de esos impulsos en distintas zonas cerebrales en tiempo real.

Como la mejor forma de meter información al cerebro es por los sentidos, el feedback viene en forma de música, videos, juegos, o haciendo tareas en la computadora. Prestas atención al feedback, y tu cerebro cambia lo que “simplemente pasa” en tu vida diaria.

Claro, un nuevo conjunto de hábitos que funcione mejor para ti puede tardar meses en estabilizarse, pero si entrenas una hora al menos dos veces por semana, los nuevos hábitos se forman y se quedan, incluso si dejas de entrenar.

Al entrenar el cerebro mismo, cambias no los hábitos, sino su raíz. Cómo duermes, qué tan seguro te sientes, tu capacidad para aprender y concentrarte, tus niveles de estrés —aunque nunca hayas pensado en cambiarlos— a menudo cambian también.

Un buen entrenamiento no cambia quién eres. Expande lo que puedes hacer y mueve lo que “simplemente pasa” en tu vida.


Describiendo el EEG

Las neuronas están constantemente recibiendo y enviando información. Cientos de mensajes químicos llegan de otras neuronas en sus redes en todo momento. En respuesta, se acumula una carga electroquímica en el cuerpo celular hasta que alcanza un nivel crítico. Cada vez que se dispara por los troncos y ramas de su árbol axonal, el pulso activa mensajes químicos hacia todas las conexiones salientes. Hay miles de millones de neuronas y trillones de conexiones —sinapsis— en un cerebro. La mayoría se disparan varias veces por segundo o más. Es un caos electroquímico.

Sin embargo, cuando las neuronas sincronizan su actividad y disparan juntas, el resultado es medible. Un EEG refleja en tiempo real estos estallidos agrupados.

Vamos a hablar del cerebro energético en términos de Frecuencia / Ubicación / Vinculación / Control. Cuánta energía produce — cuándo y dónde la produce — qué tan eficientemente operan juntas las áreas y comparten información — qué tan flexible y estable es.

Midiendo Niveles de Energía: Frecuencias / Amplitudes / Potencia

La medida de energía es la frecuencia — cuántas veces por segundo dispara la neurona. La frecuencia se mide en Hertz (Hz). 1 Hz es 1 pulso por segundo. Una neurona que dispara 9 veces por segundo produce una frecuencia de 9 Hz. Cada disparo consume oxígeno y glucosa. Las neuronas no queman grasa.

Se dice que, con solo el 3% del peso corporal, el cerebro consume el 25% del oxígeno y más de la mitad de la glucosa del cuerpo. Mientras más eficiente opere, mejor.

De hecho, una de las cosas que diferencia claramente a cerebros en su pico es que tienden a operar la mayoría de sus grupos neuronales, la mayor parte del tiempo (al menos durante el rendimiento), en un estado de “piloto automático”. Muestran la habilidad clara de activarse cuando se requiere procesamiento — hasta completar la tarea — y luego volver al estado de reposo/listo.

En términos simples, a menor frecuencia, menor nivel de energía. Se necesita menos energía para disparar 2 veces por segundo que 12.

La segunda dimensión para medir energía — cuántos grupos disparan a cada frecuencia — es la amplitud. La amplitud del EEG se mide en microvoltios (µV), millones de voltios. En términos simples, mientras más grupos disparen a una frecuencia, mayor la amplitud. Por ejemplo, 5 millones de neuronas disparando a 9 Hz produce mayor amplitud que 2 millones.

La potencia es una medida relacionada del tamaño relativo de los grupos que disparan a cada frecuencia. La potencia es la amplitud al cuadrado. Se usa para recopilar QEEGs normativos, pero rara vez en entrenamiento.

Ubicación

Frecuencia y amplitud pueden ayudar a identificar el carácter general de un cerebro — rápido dominante, lento dominante, capaz de cambiar suave y eficientemente, etc.

Pero más específicamente, sabemos que diferentes áreas del cerebro tienen distinta arquitectura, funciones y patrones energéticos. Como músicos en una orquesta, hacen cosas diferentes y de formas distintas para crear un todo armonioso. Los cerebros producen patrones muy distintos con ojos cerrados, ojos abiertos en reposo o en tarea. Podemos medir cómo se activa el cerebro en tarea — o no; qué pasa con ojos cerrados o abiertos. También podemos comparar frecuencias entre hemisferios izquierdo y derecho, y entre la parte frontal y posterior del cerebro.

Estas medidas se correlacionan con el estado emocional de una persona y su capacidad para manejar situaciones rutinarias o nuevas, relajarse y quedarse quieta, etc. Cuándo y dónde las células cerebrales producen cierta frecuencia nos da pistas poderosas de dónde y qué entrenar.

Vinculación

Cuando las neuronas disparan sincronizadas con otras, su señal aparece más fuerte en el EEG. Pero también hay un efecto funcional. Como veremos más adelante, según la frecuencia, las áreas del cerebro pueden funcionar independientemente o bloquearse juntas. La sincronía entre grupos neuronales cuando están en reposo es muy eficiente. La vinculación entre grupos en otras frecuencias puede indicar cooperación y comunicación eficiente.

Flexibilidad / Estabilidad

Los patrones de activación cerebral tienden a ser estables, pero cuando se vuelven rígidos, el cerebro pierde acceso a algunas funciones disponibles. Todos los patrones de energía son buenos para algunas cosas, no para otras. Ninguno es bueno o malo. Pero cuando un cerebro no puede cambiar, opera lejos de su pico. Mucho control me impide cambiar patrones según la situación. Muy poco control me impide mantener un patrón adecuado el tiempo suficiente para que funcione.

Antes de aprender a leer patrones en el cerebro, necesitamos comenzar con el abecedario — las categorías de frecuencia que se usan normalmente para hablar del EEG.


Relación entre Frecuencia y Estado
Quizás la pregunta más importante para cualquiera que quiera cambiar los patrones de activación cerebral sería: ¿Estos patrones tienen que ver con cómo pienso, siento, aprendo y desempeño? ¿Cambiar uno puede cambiar al otro de forma duradera? Empecemos por ahí.

Sistemas de Energía

El cerebro no es un corazón, pero ambos funcionan con pulsos eléctricos. Los dos están constantemente moviendo recursos importantes por nuestro cuerpo. Su eficiencia y efectividad son clave para nuestra salud.

El corazón distribuye 10 pintas de sangre por las 60,000 millas (96,000 km) de vasos sanguíneos en respuesta constante a las demandas de distintas zonas. El cerebro usa alrededor de 10 vatios de electricidad para recibir información sensorial, procesarla e integrarla, decidir qué hacer y programar respuestas entre trillones de conexiones, siempre respondiendo a demandas variadas.

El latido ideal del corazón opera en distintos niveles de activación. En reposo es lento; cuando trabaja rápido; estresado más rápido aún. Cuanto más trabaja el corazón, más energía usa el sistema. Idealmente, esos picos de energía ocurren cuando hay una tarea valiosa que hacer. Y lo ideal es que el corazón se relaje rápido entre tareas y que su frecuencia cambie constantemente, no que se quede fija.

Lo mismo pasa con los pulsos cerebrales que entran y salen, llevando información electroquímicamente por el cuerpo. Hay un estado cerebral de reposo/listo, igual que el cardiopulmonar. Una mente ruidosa, nublada o asustada suele cansar y ser menos productiva en tareas. Todo eso se relaciona con cerebros que no logran cambiar suave y rápido entre estar en reposo y en acción.

Podemos empezar a entender la relación entre los patrones de energía cerebral y estados mentales/emocionales dividiendo el EEG en 3 categorías generales: frecuencias lentas (1.5-8 Hz), frecuencias rápidas (12-38 Hz) y frecuencias medias (8-12 Hz)

El Continuo

Las bandas rápidas y lentas se relacionan con el procesamiento. La banda media no.

Las frecuencias lentas se relacionan con procesos inconscientes y subconscientes — sentimientos y recuerdos. Cuando un cerebro usa principalmente frecuencias lentas, decimos que está en un estado “Creativo/Intuitivo”. La mayoría de los cerebros pasan por este estado intermedio entre dormir y despertar. Pero algunos se quedan “atorados” en las frecuencias lentas casi todo el tiempo. Pueden tener metabolismo pobre y no sostener estados de energía más altos. O sufrir daños o traumas que aislaron partes de la experiencia de la conciencia.

Las frecuencias rápidas apoyan la mente consciente y racional. Cuando un cerebro usa principalmente frecuencias rápidas, decimos que está en estado “Lógico/Racional”. Es común cuando estamos despiertos, leyendo, escuchando o expresándonos. La mayoría de los cerebros entran en este estado en áreas específicas varias veces al día según la tarea. Pero algunos se quedan “atorados” en frecuencias rápidas, incluso cuando deberían descansar. Puede ser que hayan decidido que su mundo es muy peligroso y necesitan estar alertas todo el tiempo. O que usen pensamientos ruidosos para bloquear ansiedad o tristeza.

Las frecuencias medias no son estados de procesamiento. Representan pura conciencia. Pueden hacer puente entre subconsciente y consciente, integrando sentimiento con pensamiento. Apoyan un estado de conciencia de reposo/listo y la capacidad de funcionar en piloto automático. Cuando el cerebro usa principalmente estas frecuencias, decimos que está “Quieto/Presente”. Pero algunos cerebros se quedan “atorados” aquí y no cambian cuando hay que procesar algo. Quedan en piloto automático, desmotivados, haciendo algo como leer un artículo, pero sin aprender o pensar realmente.

Flexibilidad / Rango / Control

Lo ideal es que un cerebro pueda operar en todos estos niveles de energía. El objetivo del entrenamiento no es poner todos los cerebros en un “rango ideal” de frecuencia, sino mejorar su habilidad para subir y bajar la escala y sostener cada nivel cuando sea el adecuado para la tarea. Cuando un cerebro se “atora” en alguno de estos patrones, el desempeño y la experiencia sufren. Cada nivel de energía funciona bien en ciertas cosas y mal en otras.

El cerebro flexible cambia suave y rápido entre niveles de energía. Tiene todo el rango, desde estados lentos profundos hasta conciencia de reposo/listo y velocidades cognitivas. El cerebro controlado selecciona automáticamente el patrón adecuado para la situación y mantiene ese patrón.

Ahora vamos a ver cada categoría y las frecuencias específicas que incluyen. Nuestro foco especial será cómo experimentamos esas diferencias en nuestra vida.

Cerebro Dominado por Frecuencias Lentas
Idealmente, un cerebro puede sostener un estado de dominio lento cuando, por ejemplo, está escuchando música, viendo una peli o buscando una idea nueva. Lo ideal es que pueda salir de ese estado y mantenerse fuera cuando hay tareas que hacer.

Cuando un cerebro está usando un estado dominado por frecuencias lentas —o cuando queda “atorado” ahí— podemos describir cómo esa persona probablemente se ve o siente. Hay una relación entre los patrones de activación de frecuencia del cerebro y el estado mental y emocional.

Características

Foco interno de conciencia: Los cerebros dominados por lento viven en un mundo interno. Pueden sacar su atención por momentos cortos, pero no la sostienen. Su concentración falla porque se vuelven muy “adentro”.

Procesamiento basado en imágenes: Piensan en imágenes, no en palabras. Leer o escuchar detalles y organizar ideas en palabras o escritos suele ser difícil. Las tareas manuales o visuales pueden ser su fuerte.

Decisiones por salto: Las decisiones las hacen de forma intuitiva, así que no pueden explicarlas. Procesos secuenciales o jerárquicos no tienen sentido para ellos. Los cerebros lentos no planean ni organizan.

Estados de ánimo bajos: Tienden a estados de tristeza, impotencia o sentimientos depresivos.

Desconexión social: Vivir en su mundo interno complica las relaciones sociales. A menudo son introvertidos y tímidos, pero también pueden ser el “payaso” en situaciones sociales. Se pierden fácil en internet, videojuegos, etc.

Pensador visionario: Ven el panorama general lejano, pero tienen dificultades para ver y manejar detalles y pasos.

Sueño no reparador: Duermen fácil y profundo, pero nunca se sienten descansados; se despiertan lento. No es raro que mojen la cama en la infancia.

Dificultades para aprender: El procesamiento sensorial puede estar alterado. Dificultad para mantener la atención, mala memoria para hechos y categorías. Pueden ser súper rápidos para calcular, pero incapaces de “mostrar cómo lo hicieron”.

Frecuencias

Delta (1.5-4 Hz): Es la frecuencia EEG más lenta y baja. Es la frecuencia del coma y del sueño profundo sin sueños. Es la frecuencia del inconsciente. Se produce en el tronco cerebral y es, en cierto modo, el mínimo común denominador del cerebro. Aparece fuerte en áreas donde lesiones han desconectado neuronas, dejándolas vivas pero sin comunicación.

Theta (4-8 Hz): Contiene los estados crepusculares del cerebro. Es la frecuencia del subconsciente: sentimientos y recuerdos. Para entrenar, dividimos theta en lento (4-6 Hz) y rápido (6-8 Hz).

El theta lento es muy parecido a delta, y a veces se combinan en una banda llamada Thelta (2-6 Hz). Thelta es un estado muy interno, sin motivación para hacer mucho en el mundo “afuera”.

Ponemos atención especial a picos repentinos de actividad a 3 Hz, que pueden indicar que el cerebro se está quedando dormido o entrando en un estado de “abreacción”, donde se reviven traumas viejos.

El theta rápido es distinto. 7 Hz es la frecuencia de la visualización, una forma de programar el subconsciente, la fuente de la mayoría de nuestros hábitos y reacciones.

El 7 Hz central del theta rápido se produce en el hipocampo, el centro de la memoria. Aparece cuando accedemos a recuerdos.

También es la llamada frecuencia de “cruce” donde podemos ser conscientes de nuestros procesos subconscientes.

Cuándo y dónde

Las frecuencias lentas se producen debajo de la corteza, la capa “pensante” del cerebro. Se generan en el tronco cerebral, tálamo e hipocampo. Son frecuencias “globales” porque tienden a aparecer en todo el cerebro cuando aparecen. Cuando el cerebro está en estado crepuscular (theta) o inconsciente (delta), es así en todo el cerebro.

La actividad lenta es más común y útil en el hemisferio derecho y la parte trasera del cerebro, donde se integra la información, que en la parte frontal y lado izquierdo, donde se procesa más. Se espera que disminuya con los ojos abiertos y cuando hay tarea.

Las frecuencias lentas son claves para el sueño. La etapa 1 del sueño es cuando las neuronas cambian de velocidades alfa y beta rápidas a theta. La etapa 3 es cuando bajan de theta a delta, el sueño más profundo, relacionado con la restauración física.


Cerebro Dominado por Frecuencias Rápidas

En la sección anterior, dijimos que las frecuencias lentas se transmiten desde grupos de núcleos cerca del centro del cerebro. Las neuronas en la corteza no “producen” ritmos theta o delta. Más bien, pueden resonar con ellos cuando no están haciendo una tarea, como cuando sintonizas una señal en la radio, televisión o internet.

Las únicas frecuencias que realmente producen las neuronas corticales son las rápidas, las Betas. Cuando hay que hacer una tarea que requiere procesamiento, las neuronas de la corteza se “dessincronizan” de sus generadores de ritmo y áreas específicas se activan a full. Reciben info de otras neuronas, la procesan y la envían. Las Betas (12-38 Hz) suelen ser locales, a veces en ráfagas y conectando zonas cercanas. Beta representa alto uso de energía donde se necesita.

Cuando las neuronas corticales están súper excitadas o sensibles, la actividad beta puede verse en zonas más grandes y por más tiempo. Se está usando mucha más energía de la que se necesita.

Cuando un cerebro está usando un estado dominado por frecuencias rápidas —o cuando está “atorado” ahí— podemos describir cómo esa persona probablemente se ve o siente. Hay una relación entre los patrones de frecuencia de mi cerebro y mi estado mental y emocional.

Características

Foco interno o externo de conciencia: Los cerebros dominados por rápido pueden enfocarse en procesos internos o en tareas externas.

Procesamiento basado en lenguaje: El pensamiento y la comunicación en alta frecuencia usan palabras. Leer, escuchar, hablar y escribir con detalle y organización es su fuerte. Los cerebros en este modo suelen estar llenos de palabras, críticas y comentarios.

Decisiones por proceso: Las decisiones se hacen siguiendo secuencias y pasos, y pueden explicarse. La intuición no se confía o se bloquea. Un cerebro atorado en rápido puede ser más rígido, controlador y juzgador.

Estados de ánimo con mucha energía: Las emociones tienden a ser más intensas: entusiasmo, ansiedad, miedo, enojo.

Motivación social: Las frecuencias rápidas suelen estar relacionadas con extroversión. Cuando el cerebro queda en rápido, pueden fallar los límites sociales o reconocer límites personales.

Pensador detallista: Un cerebro atorado en rápido puede ser muy detallista, pero eso puede traducirse en incapacidad para sentir o relacionarse emocionalmente, y a veces en incapacidad para decidir y actuar. Resultado: burocracia.

Problemas de sueño: Puede haber insomnio al empezar a dormir o dificultad para volver a dormir si despiertan en la noche. Puede rechinar los dientes o dormir inquieto. Puede no sentirse descansado por los despertares frecuentes o porque no entra en estados de sueño profundo.

Frecuencias

Beta1 (LoBeta) (12-15 Hz): Es la beta más lenta. Es rápida en todas las zonas excepto en la franja central (C3, Cz y C4), que atraviesa la cabeza de lado a lado. En esa área (la corteza sensoriomotora), 12-15 Hz se llama Ritmo Sensoriomotor (SMR). De esto hablaremos más en la sección de frecuencias medias.

Beta2 (15-22 Hz): A veces llamada “Beta funcional”, porque aparece cuando hacemos tareas cognitivas. Se divide en dos bandas: 15-18 Hz es la beta que nos hace sentir agudos y enfocados; 19-22 Hz puede sentirse como curiosidad intensa y participación, pero para algunos cerebros también puede acercarse a ansiedad.

Beta3 (23-38 Hz) HiBeta: Nivel súper alto de energía, excitabilidad—más de lo que se necesita para la mayoría de tareas. A veces se llama hipervigilancia—un estado intenso de estar en alerta total esperando un peligro. En la vida, casi nunca es útil salvo en zonas de guerra o emergencias, pero fuera de eso, es agotador y muchas personas quedan atoradas en este patrón.

Ponemos atención especial a picos repentinos de 23-38 Hz porque pueden alertar que el cerebro está entrando en modo “lucha o huida”—respuesta de emergencia—incluso en tareas de relajación con ojos cerrados.

Cuándo y dónde

Las frecuencias Beta son fuertes en la parte frontal de la cabeza, especialmente en el hemisferio izquierdo. Zonas derecha y trasera con beta alta suelen asociarse con ansiedad, enojo y a veces miedo. También se relacionan con problemas de sueño.

Los niveles de Beta normalmente bajan en tareas de relajación con ojos cerrados. Deben aumentar en tareas cognitivas. La beta se activa y desactiva en áreas pequeñas según se necesite. No poder activar o desactivar beta correctamente puede afectar mucho nuestra vida.


Dominancia de Frecuencias Medias

Hay una frecuencia media llamada Alfa que aparece en todas las áreas del cerebro. Otra, que solo ocurre en una zona específica, se llama Ritmo Sensoriomotor (SMR). Igual que las frecuencias lentas, las medias son transmitidas por generadores de ritmo en el centro del cerebro. Pero a diferencia de las lentas, que aparecen en todo el cerebro, las medias son regionales, dominan zonas específicas.

El Alfa (8-12 Hz) se divide en dos bandas: alfa lento (8-10 Hz) y alfa rápido (10-12 Hz), cada una producida por un generador distinto. El SMR es la banda de frecuencia justo arriba del alfa.

A diferencia de las frecuencias rápidas y lentas que están más relacionadas con procesamiento, las medias representan estados de pura conciencia. Son el puente entre la mente subconsciente y la consciente, permitiéndonos ser conscientes de nuestros propios sentimientos y recuerdos. Sin ese puente, tendemos a quedarnos atrapados en el pensamiento consciente sin entender lo que sentimos o recordamos, o atrapados en un subconsciente soñador sin palabras pero sin poder procesar conscientemente.

Las frecuencias lentas son más Creativas/Intuitivas; las rápidas son Lógicas/Racionales. Las medias son Tranquilas/Presentes. Lo ideal sería que nuestro cerebro pueda moverse arriba y abajo en estas frecuencias y sostener cada una cuando toca. Cada una tiene sus pros y contras, y dominar solo una trae limitaciones. Pero si queremos cambiar a rápido o a lento, lo más lógico es “vivir” en el medio.

Características

Quietud: El estado alfa es tranquilo. Se bloquea cuando las neuronas corticales están trabajando (en beta), así que no funciona con palabras ni pensamientos.

Presencia: Alfa no es interno, como las frecuencias lentas. En alfa estamos presentes aquí y ahora, sin futuro ni pasado.

El Observador: Ya hablamos del “Centro”, que no es un estado mental. Desde ese Centro, somos conscientes de lo que pasa dentro y fuera. La quietud no significa que no haya pensamientos, sino que soy consciente de que un pensamiento llega, pero no me engancho ni lo rechazo. El sol sale detrás de una nube, suena una campana, un pensamiento entra. El estado observador nota todo eso pero se mantiene desconectado.

Descanso/listo: Alfa es un estado de baja energía. Las neuronas descansan, sin gastar energía, pero listas para activarse en beta en cuanto aparezca una tarea. A veces se llama “La Zona” o estado de Flow. Puede ser un estado pico.

Piloto automático: En alfa podemos hacer cosas que dominamos. Muchos hemos manejado rutas conocidas sin estar pendientes de cada señal o giro, conscientes de lo que hay alrededor, con la rutina funcionando sola. Pero si pasa algo inesperado, el cerebro alfa se activa en beta localizada para responder.

Alfa para el cuerpo: El SMR es un equivalente alfa de quietud pero relacionado con el cuerpo, no la mente. SMR está relacionado con un estado profundo de relajación y calma.

Problemas de sueño: No poder producir ráfagas de SMR en el sueño (llamadas husos de sueño) puede causar insomnio al dormir, sueño inquieto, rechinar dientes y otros problemas.

Frecuencias

Frecuencia pico Alfa (10 Hz): Una de las medidas más importantes de actividad cerebral. Cuando esta frecuencia alfa fuerte baja de 10 Hz, la función cognitiva y el sueño suelen empeorar.

Alfa lento (8-10 Hz): Muy relacionado con theta rápido (6-8 Hz). Es un estado hipnótico, a veces como en una neblina, con dificultad para recordar palabras.

Alfa rápido (10-12 Hz): Estado pico claro y consciente, como el que describimos antes.

Cuándo y dónde

Las frecuencias alfa son más fuertes en la parte trasera del cerebro, especialmente en el hemisferio derecho. Zonas izquierda y frontal con alfa alto suelen estar relacionadas con depresión, negatividad, baja energía o motivación.

Los niveles alfa deberían subir entre 30-50% en relajación con ojos cerrados, donde dominan el EEG. Con los ojos abiertos, bajan y se equilibran con otras frecuencias.

Cuando vemos ráfagas de 12-15 Hz en la zona llamada corteza sensoriomotora (que va de lado a lado en la parte superior central de la cabeza), se llama SMR. En otros lugares, 12-15 Hz se llama “Beta baja” y es considerada una frecuencia rápida.


Atorado en una Frecuencia

Entonces, ya hemos visto cómo cada banda de frecuencias puede afectar lo que hacemos y qué tan bien lo hacemos. Hemos visto que las frecuencias rápidas y lentas, y las de consciencia media, hacen ciertas cosas muy bien y otras no tanto. Lo ideal es que entendamos que el cerebro tiene la capacidad de moverse arriba y abajo a lo largo de ese rango, descansar en los estados intermedios y funcionar, al menos, razonablemente bien en todo.

Pero hoy vamos a hablar de algo que no es lo ideal: una situación en la que muchos de nosotros nos encontramos. Estar dominado por una frecuencia específica puede tener beneficios. Tal vez conoces a una excelente ingeniera o contadora que aprovecha al máximo una dominancia de frecuencias rápidas en los patrones habituales de su cerebro. Muchos terapeutas o artistas tienen cerebros más dominados por patrones lentos, que los inclinan hacia fortalezas intuitivas o creativas. Es probable, sin embargo, que también reconozcas que no irías con esa ingeniera para hablar de tus problemas personales o para que escriba un poema bonito de cumpleaños para su pareja; y pocos querríamos ser los primeros en cruzar un puente diseñado por un ingeniero creativo/intuitivo. Seguro se vería increíble, pero podrías dudar un poco de si calculó bien la resistencia estructural.

Tal vez conoces a alguien que todos describen como muy “zen”, que no se altera por casi nada. Esa persona puede ser ideal para manejar situaciones estresantes, pero quizá te frustre su falta de motivación para empezar o terminar cosas. Los monjes budistas entrenan sus cerebros para mantenerse en estados intermedios fuertes, pero normalmente no se casan, no tienen hijos, ni trabajan 40, 50 o 60 horas a la semana.

Cómo nos quedamos atascados

Como ya comentamos antes, los cerebros —como cualquier sistema complejo y caótico compuesto por miles de millones de partes interactivas— tienden a desarrollar patrones de activación estables. Desde muy temprano, tu cerebro encuentra una estrategia para lidiar con la vida que experimenta —algo que «funciona»— y comienza a usar ese patrón para entender nuevas experiencias y enfrentar los retos diarios. Hay evidencia sólida de que esto comienza incluso en el útero y depende mucho de las primeras experiencias. No quiere decir que no se construyan capas sobre esas bases, pero es raro que las capas superiores se desvíen completamente. Esto es en parte porque, como dijimos antes, lo que experimentamos y cómo lo experimentamos muchas veces está controlado por los patrones ya existentes en el cerebro. Creamos nuestra realidad. Pero, ¿cómo se traduce eso en niveles de energía y patrones de activación?

Dominancia rápida:

Este es el patrón de un cerebro altamente excitado, sensible, que no descansa. Cuando un cerebro muy joven experimenta ansiedad o miedo en la química sanguínea que comparte con su madre, sus niveles de activación tienden a igualarlos. Si nace en un ambiente que se percibe como amenazante —con o sin razones «objetivas» para sentirlo así—, el cerebro del niño probablemente aprenderá a estar siempre alerta, vigilando el peligro. Si además hay una crianza deficiente o incluso abuso, esto puede convertirse en hipervigilancia. En resumen, el cerebro siempre está buscando peligro, y uno encuentra lo que busca. Con el tiempo, este tipo de cerebro se agota, se mantiene en un estado casi constante de “lucha o huida” y se bloquea de la vida emocional y muchas veces también de los recuerdos.

Dominancia lenta:

Este patrón suele estar relacionado con un metabolismo cerebral débil —un cerebro «fuera de forma»—. Es común encontrar antecedentes de “bebé azul”, partos prolongados, etc., que le mandan al cerebro el mensaje de que no puede contar con un flujo de sangre oxigenada para funcionar. A menudo encuentro en estos cerebros una historia de compromiso temprano con experiencias basadas en imágenes a costa del procesamiento del lenguaje —como ver mucha tele o jugar videojuegos en lugar de leer—. La mayoría de los cerebros empiezan lentos y se aceleran con el tiempo. El uso del lenguaje es uno de los ejercicios más potentes para aumentar la capacidad de generar frecuencias más rápidas. Un cerebro cuya experiencia está dominada por imágenes tiende a preferir ese tipo de estímulos y puede no acelerar, lo que da lugar a una visión de la vida muy interna y soñadora. Experiencias traumáticas muy tempranas también pueden resultar en disociación: bloquear lo doloroso o aterrador usando frecuencias muy lentas como theta o delta.

Dominancia media:

Cuando la experiencia temprana se basa en la crianza y la retroalimentación positiva, a menudo hay un desarrollo más claro del Centro y mayor acceso a las frecuencias medias. Lo ideal es que eso resulte en acceso al estado de “descanso-preparado”, y no un cerebro “atorado” en alfa. Sin embargo, como con las otras velocidades, una dominancia de frecuencias medias (especialmente las más lentas) también puede surgir por otras razones. En patrones como la fibromialgia, no es raro ver el uso de estas frecuencias como una especie de “anestesia” para bloquear el dolor emocional. Una persona que parece estresada y acelerada no se da cuenta de ello y se ve distante. Usuarios crónicos de marihuana u otras drogas también suelen mostrar una actitud desconectada y sin motivación en su vida, relacionada con el alfa lento. En estos casos, una de las señales es que la frecuencia alfa no se bloquea al abrir los ojos. Lesiones cerebrales que matan neuronas sin romper sus conexiones también pueden mostrar este patrón de alfa dominante con ojos cerrados o abiertos, e incluso durante una tarea. El área afectada parece no poder cambiar a velocidades de trabajo.


Gamma

Gamma se define como una frecuencia cerebral que va aproximadamente de los 25 Hz a los 100 Hz o más, aunque se observa con más fuerza alrededor de los 40 Hz. La discusión sobre Gamma—qué es y qué hace—es relativamente reciente, ya que los registros EEG analógicos no miden por encima de los 25 Hz. Incluso con el desarrollo del EEG digital, aunque Gamma fue identificado en los años 60, los amplificadores utilizados solo registraban hasta los 30 Hz bajos. Como resultado, Gamma no se incluye en la mayoría de las bases de datos utilizadas hoy para determinar cómo luce un EEG “normal”.

¿Qué es Gamma?

Gamma, al igual que alfa, theta y delta, es una frecuencia sincrónica. Se encuentra en estados de vigilia y sueño. Se origina en generadores de ritmo en el tálamo y es modulada por el tronco encefálico. Recorre el cerebro de adelante hacia atrás unas 40 veces por segundo, haciendo que los miles de millones de neuronas corticales del cerebro resuenen juntas. Se teoriza que permite compartir información de manera eficiente y combinar funciones. Por eso, se considera la base de la conciencia: la habilidad de integrar múltiples entradas sensoriales, recuerdos y emociones en una sola percepción unificada. Se le ha llamado la frecuencia de “unión” (binding). Daño al tálamo que impida producir estos barridos gamma puede resultar en un estado de coma profundo.

Tan crítica como es esta capacidad de unir funciones distribuidas del cerebro para lograr atención enfocada, hay otra línea de investigación sobre gamma relacionada con nuestra capacidad de experimentar a otros fuera de nosotros mismos.

Gamma en la meditación

Durante mucho tiempo, a los meditadores se les ha caracterizado por su capacidad de producir frecuencias alfa sincrónicas de 10 Hz, el estado de “descanso-listo” del cerebro. Sin embargo, como gran parte de los primeros estudios con cerebros “óptimos” se hicieron con amplificadores que no registraban frecuencias tan altas como los 40 Hz, no se observaba el ritmo gamma.

Investigaciones de principios de los 2000 con monjes tibetanos mostraron que el gamma sincrónico también parece estar relacionado con experiencias trascendentales. Cuando se les pidió a meditadores expertos que entraran en un estado de “compasión objetiva”, sus niveles de gamma se dispararon por una actividad altamente sincrónica. Esto no se observó en meditadores con menos experiencia (aunque podían aumentarlo con práctica).

La compasión objetiva es la capacidad de sentir y resonar con la experiencia del otro sin necesidad de intervenir. Implica reconocer y mantener el “límite” entre nosotros y la persona con la que empatizamos. Puede pensarse como un tipo de amor divino que siente nuestro dolor o alegría sin tratar de imponer soluciones—dejándonos encontrar nuestro propio camino.

Frecuencias armónicas

Las frecuencias cerebrales, como las musicales, cuando son sincrónicas, tienden a producir “armónicos” u overtones. Por ejemplo, una frecuencia alfa fuerte de 10 Hz tiende a causar un aumento en los 20 Hz (beta) y uno más pequeño en los 40 Hz. También se ha sugerido que los barridos gamma se relacionan con frecuencias extremadamente lentas producidas en el tronco encefálico.

Problemas al entrenar gamma

Las frecuencias altas dentro del rango gamma también pueden surgir de lo que se llama artefacto muscular. Más adelante hablaremos de eso, pero básicamente es cuando la tensión en los músculos cerca de los electrodos EEG se registra como si fuera actividad cerebral. Obvio: eso no es gamma real.

Ya discutimos las frecuencias hibeta (de 23 a 38 Hz). No son deseables, ya que a menudo se relacionan con ansiedad. El entrenamiento gamma suele trabajar con bandas de 35–45 Hz o 38–42 Hz (centradas en los 40 Hz) como objetivo. En cerebros propensos a generar hibeta, este entrenamiento puede aumentar esa actividad no deseada.

El objetivo del entrenamiento gamma es aumentar el gamma sincrónico. No debería aumentar hibeta (que normalmente no es sincrónico). Sin embargo, al incrementar la sincronicidad en una frecuencia, como las neuronas disparan al mismo tiempo, la amplitud (o tamaño) de la señal también tiende a aumentar. Como es mucho más fácil medir la amplitud que la sincronicidad, muchos sistemas intentan entrenar la sincronía incrementando la amplitud.

El problema es que no solo la sincronicidad aumenta la amplitud. También se puede incrementar el nivel de excitación en frecuencias rápidas sin que se vuelvan sincrónicas. Cuando esto pasa—especialmente en cerebros propensos a picos de hibeta—la persona puede experimentar más ansiedad o irritabilidad… justo lo opuesto a lo que se buscaba con el entrenamiento.


Simetría Alfa Beta

Ahora que ya vimos las diferentes frecuencias de actividad cerebral y cómo se relacionan con nuestros estados de experiencia, es momento de hablar sobre la ubicación de estas frecuencias y qué efecto tienen, especialmente en nuestro estado de ánimo.

Vamos a observar la simetría dentro de dos frecuencias principales: Alpha, el estado de conciencia en reposo; y Beta, el estado de procesamiento activo. No vamos a comparar Alpha contra Beta, sino Alpha en una zona contra Alpha en otra (y lo mismo para Beta).

Hemisferios Izquierdo y Derecho

Los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro son bastante diferentes tanto en su estructura como en sus funciones. Cualquiera que haya leído una revista popular en los últimos 20 años probablemente ha oído hablar de “personas cerebro izquierdo” y “personas cerebro derecho”. Este concepto popular es una simplificación extrema. En la realidad, ambos hemisferios trabajan juntos y se equilibran mutuamente.

Hay evidencia de que el hemisferio derecho es más eficaz para manejar situaciones nuevas, donde no hay reglas claras. El hemisferio izquierdo es más orientado a reglas y es mejor con lo rutinario. El izquierdo trabaja con grupos estrechamente conectados; el derecho combina áreas más distantes y desconectadas. El izquierdo es “texto”; el derecho es “contexto”. Juntos generan una percepción completa.

En años recientes, ha habido muchos estudios que muestran las diferencias emocionales entre ambos hemisferios.

Estados Emocionales

Se ha demostrado que el hemisferio izquierdo es más brillante, positivo, extrovertido y orientado a las oportunidades. Tiende a acercarse a la experiencia. El derecho es más oscuro, retraído, enfocado en los riesgos. Tiende a alejarse de la experiencia. Ambos lados se equilibran entre sí. Un hemisferio izquierdo dominante sin equilibrio del derecho podría provocar manía; uno derecho dominante sin el izquierdo podría provocar depresión. La mayoría de nosotros preferiríamos un ligero dominio del lado izquierdo.

Ciertamente, las frecuencias Beta son más activas y las Alpha menos. Así que queremos que Beta sea más fuerte en el hemisferio izquierdo, y Alpha en el derecho.

Cuando el hemisferio derecho muestra niveles altos de Beta, es probable que haya ansiedad. Si los niveles de Beta son muy altos, puede haber irritabilidad o enojo. Cuando Alpha es más alta en el hemisferio izquierdo, solemos ver el mundo de forma negativa y es probable que estemos deprimidos.

Parte Frontal / Parte Trasera del Cerebro

La parte trasera del cerebro recibe e integra la información sensorial. La mayor parte de la corteza está compuesta por áreas de “asociación”. Estas áreas procesan los datos sensoriales (por ejemplo, convertir lo que vemos en imágenes con forma, color y textura). Estas imágenes se comparan con experiencias pasadas para ayudarnos a interpretarlas. Una imagen visual específica puede identificarse como un rostro. En una asociación secundaria, podría identificarse como el rostro de mi hermana. Así, la misión principal de la parte trasera del cerebro es integrar la información sensorial para construir una imagen clara del entorno en ese momento.

Esa imagen integrada se envía hacia adelante a la corteza prefrontal (PFC) múltiples veces por segundo. La PFC combina ese flujo de imágenes sensoriales con información emocional y recuerdos, y decide qué hacer con eso. Determina cómo ajustar sus filtros, qué significa para mí esa información y si quiero actuar. Luego envía las órdenes al lóbulo frontal para que el cuerpo las ejecute.
La parte trasera debería tener más Alpha, y la delantera más Beta.

Cuando la parte trasera tiene más Beta que la frontal, especialmente en niveles altos, eso casi siempre indica ansiedad. También puede asociarse con perfeccionismo o ciertos problemas de sueño.
Cuando Alpha es más alta en la parte frontal que en la trasera, la persona tiende a estar desmotivada, sin dirección o deprimida.

Inversiones de Entrenamiento

El cerebro se puede dividir en cuatro cuadrantes. El frontal izquierdo debería tener el nivel más alto de Beta. El posterior derecho debería tener el nivel más alto de Alpha.
Las “inversiones” de entrenamiento—es decir, patrones que se desvían de estas relaciones ideales—requieren observar si las relaciones entre Alpha y Beta están como se desea. También depende de los niveles generales de ambas frecuencias.

Como muchos de los problemas emocionales que la gente busca resolver con el entrenamiento cerebral tienen que ver con el impulso emocional, el entrenamiento para corregir estas inversiones es muy común y muchas veces efectivo.


Variabilidad

Nuestros cerebros: sistemas de energía

Nuestros cerebros son esencialmente sistemas poderosos para producir y distribuir energía. Los trabajos realizados con programas informáticos que emulan redes neuronales han demostrado que tienden a descontrolarse si no se les regula. Son los circuitos de control del cerebro los que le permiten enfocarse en funciones útiles.

Variabilidad del EEG

Una de las medidas del EEG que ayuda a identificar áreas donde el entrenamiento puede ser útil es la variabilidad. Cuando vemos frecuencias específicas o áreas del cerebro que producen señales que saltan de muy bajas a muy altas—especialmente sin que haya una tarea en curso—esto sugiere que esas áreas están mal controladas. Es decir, probablemente están involucradas en funciones cerebrales que no están funcionando bien porque “los frenos” del cerebro no están activos. La variabilidad representa una manera de identificar ineficiencias en la economía de energía del cerebro.

Sin embargo, al observar la variabilidad, también podemos encontrar áreas o frecuencias donde el nivel de control es excesivo. En esos casos, los frenos del cerebro están apretados al máximo y no puede funcionar de manera efectiva.

Medidas de variabilidad

Cuando medimos el EEG, usualmente recolectamos 256 muestras por segundo. Entonces, cuando hablamos del EEG durante un minuto, estamos hablando de más de 15,000 mediciones individuales combinadas en unos pocos valores. La mayoría de las veces hablamos de la media (o promedio) de esos valores. Por ejemplo, cuando decimos que la amplitud de theta es de 23u (microvoltios), eso es útil, pero no completamente descriptivo.

Decir que el cerebro tiene niveles altos de theta (estado más soñoliento e interno), niveles bajos (desconectado de procesos subconscientes) o un nivel medio puede ayudar, y la media puede orientarnos.

Pero imagina tres cerebros diferentes con la misma media de 23u pero con capacidades totalmente distintas:

  • Uno produce casi todas sus 15,000 mediciones entre 22 y 24u (raro, pero posible).
  • Otro, con la misma media, varía entre 18 y 28u.
  • Un tercero también con media 23u, pero con valores de entre 13 y 33u.

Aunque los tres cerebros tienen el mismo promedio de theta, operarían de formas muy distintas.
Ese tercer cerebro, cuando produce 33u, estaría dominado por una actividad muy lenta, casi desconectado del entorno. Luego, al bajar a 13u, podría estar súper enfocado. O sea, alternaría entre estar completamente “apagado” y muy “encendido”, entrando y saliendo del contacto con el mundo externo.

En cambio, el primer cerebro estaría bloqueado de ambos extremos por un sistema de control muy rígido.

Por eso necesitamos algo más que el promedio para entender cómo funciona cada cerebro.

Varianza y desviación estándar

Una forma de medir la estabilidad de una señal es mediante la varianza, que calcula la diferencia entre cada medida individual y la media. Para evitar que las diferencias positivas y negativas se cancelen entre sí, los valores se elevan al cuadrado. Esto los convierte en positivos. Luego, se obtiene la raíz cuadrada de la varianza, lo que se conoce como desviación estándar.

Obviamente, una señal más grande, como de 50u, tendrá probablemente más varianza que una de 23u. Por eso, para calcular el grado de control en las frecuencias cerebrales, usamos una medida llamada coeficiente de variabilidad, que consiste simplemente en dividir la varianza entre la media. Esto nos dice qué tan dispersa está la señal. Cuanto más alto sea este valor, menos control tiene esa área o frecuencia.

Entrenamiento de la variabilidad

Una de las reglas clave del neuroentrenamiento es que cuanto más eficiente y efectivo es el cerebro, menos energía usa y menos variable tiende a ser. A medida que avancemos, verás que nuestro enfoque principal es reducir las frecuencias que son excesivas en un cerebro determinado. A diferencia de otros sistemas que entrenan frecuencias rápidas hacia arriba, nosotros nos concentramos en bajarlas.

Dado que la señal más baja (teóricamente 0u) no se puede reducir, lo que hacemos es bajar los valores máximos, reduciendo así el rango entre el valor más alto y el más bajo. Esto reduce automáticamente la varianza. Al enfocarnos en recortar el 10-15% superior de amplitudes en una frecuencia específica, entrenamos al cerebro para que aumente su nivel de control y reduzca la variabilidad.

Por otro lado, un cerebro excesivamente controlado puede entrenarse elevando el nivel máximo de una frecuencia particular. A menudo entrenamos para aumentar frecuencias entre 6 Hz y 15 Hz con el objetivo de liberar esos “bloqueos” o zonas rígidas.


Activación

Como con cualquier otra parte del cuerpo, es importante saber cómo cambian las cosas en el cerebro entre los estados de reposo, inactividad y activación. Cuando evaluamos la activación cerebral, es común observar las condiciones con ojos cerrados, ojos abiertos (línea base) y durante la realización de tareas.

Ojos cerrados

Normalmente esperamos ver al cerebro en reposo con los ojos cerrados, aunque sin estar dormido. En la mayoría de los casos, esto se muestra como un cerebro dominado por la frecuencia Alfa, especialmente en la parte posterior. También es normal que las frecuencias más lentas, como Theta, sean más altas en este estado relajado y de baja estimulación externa. Las frecuencias rápidas Beta, que se usan para funciones cognitivas, normalmente estarían bastante bajas.

Sin embargo, no es raro ver un cerebro altamente activado, con mucha actividad Beta o incluso Alta-Beta cuando se le pide a una persona que cierre los ojos y se relaje. Si el cerebro ha adoptado una estrategia de hiper-vigilancia para protegerse del peligro, operar sin poder ver lo que viene puede resultar aterrador. Algunas personas con este tipo de cerebro no pueden mantener los ojos cerrados.

También es común ver cerebros que no entran fácilmente en el estado Alfa de reposo al cerrar los ojos. Esto puede ser porque son cerebros dominados por frecuencias muy rápidas o muy lentas.

Línea base con ojos abiertos

En el estado de línea base, se le pide a la persona que mantenga los ojos abiertos pero fijos (sin moverse ni realizar ninguna función). Esto es muy similar al estado con ojos cerrados, excepto que ahora hay estimulación visual entrando al cerebro. Normalmente esperamos que los niveles de Alfa bajen entre un 30% y 50%, aunque personas que meditan con frecuencia pueden mantener niveles altos de Alfa incluso con los ojos abiertos. Los niveles de frecuencias rápidas Beta en relación a las Theta más lentas también suelen subir. Una persona capaz de mantenerse calmada y relajada sin una tarea presente lo demostrará en esta línea base. Las personas vigilantes o ansiosas pueden mostrar una reducción en niveles altos de Beta rápida o muy rápida, porque ahora pueden ver lo que hay a su alrededor.

Realización de tareas

Cuando pedimos a ciertas redes del cerebro que trabajen, esperamos ver que la actividad rápida en el rango Beta útil aumente en relación a las frecuencias Theta más lentas. También esperamos que los niveles de Alfa bajen o se mantengan bajos durante la tarea.

Como se mencionó antes, un cerebro funcional suele producir menos actividad al trabajar que en reposo. También es muy común que un cerebro hiper-vigilante pase de niveles muy altos de Beta rápida (con ojos cerrados o incluso abiertos) a niveles funcionales cuando hay una tarea que realizar. Cuanto más funcional es el cerebro, es más probable que, al realizar una tarea rutinaria, muestre muy poco nivel de activación.

Comparaciones de frecuencias

En lugar de observar frecuencias individuales para comparar estos estados, muchas veces se analizan las relaciones entre ellas para ver cómo se activa el cerebro.

La relación entre Alfa y Theta—frecuencias de “reposo listo” vs. “crepuscular interna”—puede ser muy útil para mostrar cuán despierto está un cerebro en cada estado. Se espera que la proporción Alfa/Theta sea más alta en la parte posterior del cerebro y con los ojos cerrados. Normalmente vemos que esta proporción baja conforme nos movemos hacia el frente del cerebro, especialmente cuando se abren los ojos o se realiza una tarea.

Las proporciones de Theta (actividad interna, creativa e intuitiva) dividida por Beta (rápida, lógica y racional) también ayudan a identificar cómo cambia la activación cerebral al pasar del estado de ojos abiertos en reposo a uno de tarea.

Hay muchas otras comparaciones de proporciones que usamos para ver cómo se activa un cerebro al compararse consigo mismo. Estas proporciones, como las comparaciones anteriores de frente/atrás y izquierda/derecha, a menudo nos dicen mucho sobre los tipos de problemas que un cerebro específico puede experimentar y ayudan a enfocar la atención en posibles temas importantes de entrenamiento.

Como estas proporciones comparan dos tipos de actividad, pueden mostrarnos cambios relativos que fácilmente pasarían desapercibidos si solo comparamos una frecuencia individual con algún valor promedio de una base de datos.

Hasta ahora, hemos analizado patrones generales de frecuencia y también las ubicaciones de frecuencias específicas en el espacio. La activación nos muestra cómo cambian las frecuencias a lo largo del tiempo a medida que varía el nivel de demanda. Estas son medidas de energía.

En la siguiente sección, veremos cómo las áreas del cerebro se conectan y comunican entre sí.


Conectividad: Coherencia / Fase / Sincronía

Ciertamente, los miles de millones de neuronas del cerebro crean un sistema que produce energía, pero también es un sistema de comunicación increíblemente complejo y autoajustable. Una red de telefonía celular tiene el potencial de facilitar la comunicación en un área muy amplia, pero si cada vez que llamo a alguien su celular está apagado, y cuando intenta devolverme la llamada el mío está fuera de cobertura, la comunicación no ocurre de manera eficiente.

Medición de la conectividad

Las neuronas en el cerebro y en todo el cuerpo se conectan con miles de otras mediante conexiones eléctricas directas y sinapsis que transmiten señales químicas. Cada neurona tiene un árbol de dendritas que recibe mensajes de otras neuronas en su red. Cada mensaje le indica a la neurona si debe pasar el mensaje (excitatorio) o bloquearlo (inhibitorio). Estos mensajes se suman en la superficie del cuerpo celular de la neurona—su planta generadora de energía. Luego, el resultado se transmite por el axón—el cable que sale del cuerpo celular—hasta las ramificaciones que se conectan con las neuronas posteriores en la red.

Aquí discutiremos tres formas principales de medir la eficiencia de estas conexiones:

Fase

Cada neurona genera una carga eléctrica dentro de su cuerpo celular, descarga ese impulso, y luego descansa antes de comenzar el ciclo de nuevo. Por supuesto, la señal de una neurona individual es demasiado pequeña para registrarse en un EEG, a menos que se una con un grupo significativo que dispare y descanse al mismo tiempo. Una forma de medir la conectividad es observar la relación de tiempo entre múltiples grupos de neuronas. Si dos grupos disparan al mismo tiempo y se recargan al mismo tiempo, decimos que están operando en fase. La comunicación entre grupos que comparten esta sincronía temporal es más eficiente y efectiva.

Hay dos formas principales en que los grupos de neuronas pueden disparar en fase: pueden estar trabajando juntos en la misma tarea, o ambos pueden estar resonando con una señal de una tercera fuente. Dado que hay millones de estos grupos distribuidos por todo el cerebro, la posibilidad de que dos estén involucrados en la misma tarea al mismo tiempo es relativamente baja. Sin embargo, hay muy buenas razones para que ciertos grupos estén vinculados a una fuente central—un generador de ritmo—y reciban el mismo pulso al mismo tiempo.

Ahora bien, no es necesario que estén disparando en fase. Pueden disparar a diferentes frecuencias. Si un grupo dispara 4 veces por segundo (Theta) y otro 14 veces por segundo (Beta), pueden coincidir ocasionalmente, pero la mayor parte del tiempo no estarán sincronizados. También es posible que dos grupos disparen a la misma frecuencia pero sin estar sincronizados en el tiempo. Si uno dispara justo cuando el otro se recarga, y viceversa, están 180 grados fuera de fase. La comunicación entre estos grupos es menos eficiente. La fase se mide en grados entre el punto de disparo de un grupo y el del otro. Cuanto menor es este llamado “ángulo de fase”, más cerca están de una comunicación efectiva.

Coherencia

Además de la relación de tiempo, podemos medir la estabilidad del vínculo entre los grupos de neuronas usando la coherencia. Dos grupos pueden estar disparando perfectamente en fase, o completamente fuera de fase (180 grados), pero la coherencia mide qué tan bien se mantiene esta relación en el tiempo.

Por ejemplo, un grupo que dispara 4 veces por segundo y otro a 16 veces por segundo tendrán una relación de fase medible 4 veces por segundo, pero el resto del tiempo no habrá una relación clara. En cambio, si dos grupos disparan a la misma frecuencia y en fase, pueden mantener esa sincronía durante un segundo o más. Si uno de los grupos cambia constantemente de frecuencia, no se mantendrá la coherencia.

La coherencia no depende de cuántas neuronas estén disparando en cada grupo, ni del ángulo de fase entre ellas. Solo mide qué tan estable es la relación. Se mide usualmente de 0 a 1 (como decimal) o de 0 a 100 (como porcentaje).

Una forma de pensar en la coherencia es como una medida de nuestra capacidad de predecir lo que ocurrirá en un segundo grupo de neuronas basado en lo que observamos en el primero. Si dos grupos son 100% coherentes, y sé que el segundo está en fase, si el primero está disparando ahora, puedo decir con certeza que el segundo también lo hará. Si tienen muy baja coherencia, no importa lo que vea en el primero, no tendré forma de saber qué hará el segundo.

Sincronía

La sincronía es la medida más potente de conectividad en el cerebro. Sincronía significa que dos grupos de neuronas están disparando coherentemente y en fase. Dos grupos pueden tener coherencia, compartiendo una relación estable, pero si están 180 grados fuera de fase, no están sincronizados.

Veremos en las siguientes secciones que esta sincronía de fase es una característica normal de ciertos grupos de neuronas en frecuencias específicas. Podemos saber mucho sobre qué tan bien pueden trabajar juntas (o de forma independiente) las neuronas, compartir información, y descansar cuando no hay una tarea, observando su conectividad.


Conectividad Global y Regional

Vamos a empezar a conectar algunos puntos del material que discutimos antes.

Fuente de las señales

Cuando hablamos de frecuencias antes, dijimos que las frecuencias lentas como Delta, Theta y Alfa no son producidas por las neuronas de la corteza. Son frecuencias que vemos cuando las neuronas corticales no están trabajando. Estas frecuencias más bajas pueden verse como transmisiones que se emiten por todo el cerebro desde estructuras en su centro. Cuando las neuronas corticales están en reposo, pueden sintonizar cualquiera de estas frecuencias y comenzar a resonar con ellas.

Las frecuencias Theta son producidas por dos conjuntos separados de núcleos, que funcionan como generadores de ritmo en una caja de ritmos. El Theta lento (4–6 Hz) es generado por el tálamo. El Theta rápido (6–8 Hz) es generado en el hipocampo. El llamado “Theta hipocampal” proviene del centro de memoria del cerebro y se ve en áreas específicas cuando se está almacenando o accediendo a información en la memoria. Las frecuencias Alfa lentas y rápidas —de 8–10 Hz y 10–12 Hz— son generadas por distintos generadores de ritmo en el tálamo.

El ritmo sensorimotor (SMR, de 12 a 15 Hz) se encuentra, como dijimos antes, solo en la corteza sensorimotora del cerebro. También es un ritmo generado subcorticalmente y proviene de su propio conjunto de generadores en el tálamo.

Características de la señal

Cuando las frecuencias más bajas del cerebro —Delta y Theta— aparecen en la corteza, generalmente lo hacen de manera global. Representan niveles muy bajos de activación cortical. Como veremos después, es posible encontrar áreas específicas de la corteza donde el Delta se mantiene dominante con los ojos cerrados, abiertos o incluso durante una tarea. Esto puede indicar una lesión cerebral en la sustancia blanca, como un desgarro en los “cables” de comunicación. En la mayoría de los casos, sin embargo, el Delta global indica un cerebro inconsciente, y el Theta global aparece cuando estamos en un estado crepuscular, es decir, entrando o saliendo del sueño.

Las frecuencias Alfa generalmente aparecen de forma regional. Se presentan especialmente en la parte posterior del cerebro, aunque también pueden aparecer de forma global durante estados como la meditación.

Sincronía

Mencionamos en el artículo sobre sincronía que hay dos condiciones que tienden a generar actividad coherente o sincrónica:

  1. Situación transitoria donde dos sitios están trabajando juntos en la misma tarea y compartiendo información.
  2. Situación más común: ambos sitios reciben señales de una fuente común.

Dado que el Delta, Theta y Alfa son producidos por un solo generador que está a más o menos la misma distancia de la mayoría de los puntos de la corteza, si las neuronas están sintonizadas con ese generador, se esperaría que la señal fuera sincrónica.

Qué nos dice la sincronía

Cuando hay mucha actividad sincrónica en frecuencias lentas, sugiere que las neuronas pueden descansar entre tareas sin desperdiciar energía. También sugiere que están abiertas a compartir información de manera eficiente.

Cuando la sincronía es baja, indica que el cerebro está excitable, con tendencia a generar estallidos repentinos de beta sin necesidad de estímulo externo. Cada estallido de estos rompe las conexiones sincrónicas y desperdicia energía.

También es posible que las interrupciones en el ángulo de fase estén relacionadas con algún tipo de daño en los grupos de neuronas, lo que interrumpe el flujo suave del ritmo generado, haciendo que la señal llegue antes o después que en otras áreas. Esto interfiere con la comunicación como si fuera una estática que arruina una transmisión de radio.

Efectos de la baja coherencia

Los efectos comunes de una baja coherencia incluyen fatiga —especialmente a medida que la persona envejece— y limitaciones para realizar funciones básicas.
Por ejemplo, niveles bajos de coherencia en la parte posterior del cerebro (donde se procesa la información sensorial) suelen correlacionarse con:

  • Dificultades para procesar estímulos visuales o auditivos
  • Alteraciones del tacto
  • Problemas de orientación espacial (perderse fácilmente, etc.)

Los problemas de aprendizaje muchas veces están ligados a una conectividad alterada en estas áreas sensoriales.

En la parte frontal del cerebro (que maneja funciones motoras), la coordinación física puede verse afectada (torpeza, por ejemplo).

Coherencia baja esperada

Las áreas que comparten una frontera común en la parte superior de la cabeza (como los lóbulos frontal o parietal) están más conectadas directamente que las áreas en los costados (como los lóbulos temporales). Por eso, es de esperarse más coherencia entre regiones superiores que entre regiones laterales. Las conexiones entre lóbulos temporales que están más separados no se espera que tengan la misma coherencia.


Conectividad Local

Ya vimos que las frecuencias bajas no son producidas por las neuronas corticales, sino por generadores de ritmo ubicados debajo de la corteza. Como resultado, las neuronas en grandes regiones —o incluso a nivel global— pueden resonar con estas frecuencias. Al hacerlo, tienden a operar de manera conjunta, y podemos describir esto con los conceptos de fase, coherencia y sincronía.

Las neuronas que están sincronizadas con uno de estos generadores usan muy poca energía y tienden a transmitir información de manera fluida. Cuando los niveles de sincronía de ondas lentas son bajos, esto puede indicar daño en las neuronas o en sus conexiones, pero también puede señalar la presencia de ritmos más rápidos innecesarios en la corteza.

Frecuencias locales

Cuando un grupo de neuronas se activa para realizar una tarea, comienza a producir su propia energía y se desincroniza de los generadores subcorticales. Esta actividad, llamada Beta, se produce cuando las neuronas disparan entre 13 y 21 veces por segundo (13-21 Hz). Como mencionamos antes, cuando la frecuencia de 12-15 Hz —la más baja de este rango— aparece en la corteza sensorimotora, se llama Ritmo Sensorimotor (SMR) y es generado por el tálamo. Fuera de esa área, esta frecuencia se conoce como Beta baja o Beta Uno.

Llamaremos Beta funcional a las frecuencias entre 13 y 21 Hz. Son usadas para tareas de procesamiento.

Una característica importante de las frecuencias beta es que tienden a ser locales y transitorias. Idealmente, cuando un grupo de neuronas tiene una tarea, se activa, la completa, transmite la información y vuelve a un estado de descanso sincronizado.

Fase y coherencia

Por la velocidad de las frecuencias beta, estas tienden a no operar en fase. Como aparecen en áreas pequeñas y específicas en cada momento, también tienden a no ser coherentes. Como mencionamos antes, cuando dos sitios están colaborando o intercambiando información usando beta, puede haber coherencia temporal y localizada. Algunos entrenadores se enfocan en mejorar estos vínculos entrenando al cerebro mientras realiza tareas. Esto ha mostrado ser útil en ciertos casos de dificultades de aprendizaje. Sin embargo, en la mayoría de los casos, una alta coherencia en beta no es deseable.

Beta coherente

La tensión o movimiento en músculos cercanos a los electrodos puede generar actividad eléctrica rápida que se detecta en el EEG. Obviamente, esto no es actividad cerebral. Se le llama artefacto, y más adelante hablaremos bastante de cómo eliminarlo. Cuando aparece alta coherencia en Beta, lo primero que hay que descartar es que se trate de artefacto muscular. Como esta señal viene de una sola fuente (el músculo) y se detecta en varias zonas, aparece como altamente coherente.

Otro ejemplo de Beta altamente coherente es una convulsión. La actividad rápida que inicia en un sitio puede propagarse mediante un proceso llamado kindling (efecto de encendido). Dado que este Beta no está relacionado con el desempeño de tareas sino con una excesiva excitación neuronal, tiende a ser muy coherente. El efecto es bloquear y desconectar un área del cerebro. Eso puede terminar en una convulsión.

Efectos del beta coherente

Hay dos efectos aparentemente opuestos del beta altamente coherente:

  1. Hipersensibilidad extrema. Por ejemplo, una migraña con hipersensibilidad a la luz puede estar relacionada con beta coherente en el lóbulo occipital, donde se procesan las señales visuales.
  2. Bloqueo funcional. Cuando los grupos neuronales se sincronizan demasiado, pierden su capacidad de trabajar de forma independiente. Esto se ha visto en personas con autismo, donde hay beta coherente en áreas de procesamiento sensorial en la parte trasera del cerebro. El resultado puede ser:
    • Hipersensibilidad al sonido, al tacto o a estímulos visuales.
    • O bloqueo completo de esas funciones, evitando que la persona procese correctamente ciertos estímulos.

Cuando se bloquean juntos estos grupos de neuronas sensibles, el cerebro pierde su capacidad de usarlos de manera flexible, lo que puede causar tanto falta de función como hiperrespuesta.

En la parte frontal del cerebro, donde se manejan funciones ejecutivas, la coherencia elevada de ondas rápidas suele verse como rigidez en el pensamiento, ideas repetitivas, obsesiones o comportamientos compulsivos. Esto encaja con el bloqueo funcional, aunque también puede producir ansiedad, lo cual refleja una reactividad excesiva.


Estados Profundos

Estados Profundos

La última vista de activación cerebral que vamos a discutir se llama Estados Profundos.

El Subconsciente

Comúnmente, los objetivos que las personas presentan para entrenar su cerebro están relacionados con funciones conscientes o físicas. Estas tienden a ser áreas más seguras y socialmente aceptables para admitir como «problemas». Una persona con historial de trauma y emociones incontrolables suele enfocar sus objetivos de entrenamiento en el sueño, el dolor, la memoria o la atención.

Pero así como reparar el techo de una casa con cimientos agrietados solo sirve como solución temporal, entrenar funciones cognitivas en un cerebro que está lidiando con un estrés emocional significativo o trauma probablemente no tendrá un efecto duradero.

La mente subconsciente habita en las áreas del cerebro que están por debajo de la corteza. Este subconsciente subcortical es más antiguo y, tal vez, menos desarrollado que nuestra mente consciente cortical, pero aun así guía gran parte de nuestra vida. Evitar, bloquear o ignorar asuntos emocionales durante mucho tiempo termina provocando problemas en casi todas las áreas de funcionamiento. En las próximas secciones del libro hablaremos sobre el tono emocional, el estrés y el trauma, y mostraremos cómo estos temas subcorticales pueden dominar la vida. Cualquiera que se haya encontrado tomando las mismas malas decisiones una y otra vez —a pesar de jurarse conscientemente no volver a cometer el mismo error— está viviendo el poder del subconsciente.

Qué hay ahí abajo

Las tres funciones principales que se desarrollan en el “suelo” del subcortex son: emociones, memorias y programas.

Podemos diferenciar entre estados emocionales (como estar enojado por algo puntual) y rasgos emocionales (como ser irritable o enojarse fácilmente todo el tiempo). Todos sentimos emociones como felicidad, ansiedad, tristeza, alegría o enojo. Pero cuando bloqueamos la expresión de esas emociones, la presión que se queda sin resolver debajo de nuestra mente consciente puede dominarnos hasta tal punto que gobierna nuestra experiencia y comportamiento diario. Se transforman en rasgos. Y como veremos en la siguiente sección, incluso pueden modificar cómo funciona el cuerpo.

La memoria es donde guardamos experiencias e información que queremos tener a mano para la vida diaria. Pero también es donde se almacenan las respuestas emocionales a eventos pasados. Cuando ciertos eventos son demasiado intensos, algunos cerebros se disocian —bloquean partes de la memoria— para que ya no sean accesibles.

Los programas subconscientes son como guiones que ejecutamos una y otra vez, aunque no queramos hacerlo. Es el equivalente conductual de los patrones de activación estables incrustados en el cerebro. El hombre que elige una serie de parejas negativas y celosas, a pesar de conocer muchas mujeres que no son así, está siguiendo un programa subconsciente. La mujer que tartamudea y se traba durante una presentación de un tema que domina, solo porque hay gente observando, también está repitiendo un programa.

Accediendo a los estados subcorticales

Ya hablamos antes de las frecuencias que se generan en áreas subcorticales. La banda de 6–8 Hz se llama theta hipocampal, porque se genera en el hipocampo, que es el centro de la memoria del cerebro. En la parte posterior del cerebro, 6–8 Hz también es la frecuencia de la visualización (y la imagen mental es el lenguaje del subconsciente). También dijimos que alfa (8–12 Hz) hace de puente entre lo consciente y lo subconsciente, mientras que theta (4–8 Hz) es puramente subconsciente. Por eso, 6–8 Hz es como el primer paso fuera del puente hacia lo subconsciente.

Especialmente en la parte posterior de la cabeza, la frecuencia 6–8 Hz debería estar bien presente. Cuando vemos que está “hundida” (mucho más baja que las frecuencias que la rodean), o casi ausente, eso puede ser una señal de que hay contenido enterrado en el subconsciente que la persona no quiere experimentar ni procesar. Esto suele ir de la mano con alteraciones emocionales o físicas serias como fatiga crónica o dolor.

Entrenando el subconsciente

Un entrenamiento llamado Alfa/Theta (A/T) se enfoca en llevar al cerebro al estado alfa (de observador), y después bajarlo suavemente a través del umbral de 8 Hz hacia la banda 6–8 Hz del subconsciente. Este entrenamiento, hecho con los ojos cerrados y en la parte trasera de la cabeza, ha demostrado ser una herramienta muy poderosa para transformar profundamente a las personas.

Es común que, en las primeras sesiones de entrenamiento A/T, la gente libere contenido emocional —muchas veces sin saber exactamente de qué se trata—. También es frecuente que recuerden cosas que habían olvidado por completo o que hagan conexiones internas que antes no eran capaces de ver. Además, A/T suele utilizarse junto con procesos de visualización para crear nuevos programas mentales o romper los viejos en pocas sesiones.

A mí me gusta incluir sesiones A/T cada cinco sesiones dentro de un plan de Entrenamiento de Cerebro Completo, porque parece ayudar al cerebro a integrar los cambios logrados en entrenamientos anteriores.


Tono

Tono Autonómico

Vamos a definir el tono como el nivel de activación de un sistema cuando no está haciendo nada. Por ejemplo, el tono muscular es el nivel de tensión en los músculos de un cuerpo en reposo. Hoy nos vamos a enfocar en el tono del sistema nervioso autónomo (SNA).

Sistema Nervioso Autónomo

El SNA es la parte de la conexión cerebro-cuerpo que controla nuestras funciones fisiológicas en relación con nuestros estados de ánimo. Mantiene un equilibrio (homeostasis) entre dos ramas principales:

  • Sistema Nervioso Parasimpático (SNP)
  • Sistema Nervioso Simpático (SNS)

El SNP es el modo de “descansar y digerir” (o “alimentarse y reproducirse”), y se encarga de funciones de mantenimiento del cuerpo. Cosas como el sueño, la digestión, la eliminación, la respuesta sexual, la sudoración, el ritmo cardíaco, la respiración y la presión arterial son controladas por el SNP.
Este modo parasimpático debería ser el dominante la mayor parte del tiempo. Involucra diversas fuentes, desde el cerebro hasta el intestino, y su actividad cambia según las necesidades del cuerpo.

El SNS es el modo de emergencia de “lucha o huida”. Cada vez que el sistema de alerta del cerebro detecta algo como potencialmente peligroso o muy importante, el SNS toma el control. Idealmente, este modo se usa solo de vez en cuando. A diferencia del SNP, que usa múltiples sistemas para distintas tareas, el SNS tiene un único controlador general.

Problemas de Tono

Cuando hablamos del tono del SNA, nos referimos al equilibrio entre los modos simpático y parasimpático.
Cuando el simpático se vuelve más dominante—por ejemplo, en situaciones de estrés constante como vivir en una zona de guerra—el nivel de energía del sistema aumenta, pero su capacidad para hacer funciones de mantenimiento se reduce.

Los efectos varían entre personas:

  • Algunas tendrán problemas para dormir
  • Otras tendrán problemas digestivos
  • Otras pueden tener mala circulación o sufrir de estreñimiento o diarrea.

Rebotes Autonómicos

Podemos pensar en el SNA como un sistema que debería ser flexible. Cuando el tono está alto, se necesita más energía para mantener el equilibrio. Si esto se mantiene mucho tiempo, la persona puede empezar a experimentar efectos de rebote.

Por ejemplo:
Una persona muy estresada, con un sistema simpático muy activo, puede tener un momento en que el estrés baja de golpe y el cuerpo cambia al modo parasimpático. Pero como ya se había acostumbrado a ese estado de alerta, el sistema se va “demasiado abajo” en energía y rebota de nuevo al modo simpático sin una razón clara.

El resultado:

  • palpitaciones
  • dificultad para respirar
  • ansiedad repentina

Y al enfocarse en esas sensaciones, puede generarse lo que se conoce como ataque de pánico: un rebote simpático.

También existen rebotes parasimpáticos, como los dolores de cabeza tipo migraña o el síndrome de intestino irritable, que aparecen cuando el sistema regresa rápido a un estado de mantenimiento al que no está acostumbrado.

Cuando el tono del SNA se mantiene alto por mucho tiempo, lo primero que falla son las funciones de mantenimiento, y después pueden empezar a aparecer estos rebotes.

Tono y Estado Emocional

El SNA regula las funciones de mantenimiento del cuerpo en relación con el estado emocional del cerebro. Este efecto va en los dos sentidos:

  • Altos niveles de estrés o ansiedad pueden afectar cómo funciona el cuerpo.
  • Pero también cambiar el estado físico puede cambiar cómo te sientes emocionalmente.

Por ejemplo, si una persona se enfoca en respirar lento y relajar el cuerpo, eso manda el mensaje al SNA de que ya no está en peligro. Pero si la ansiedad se vuelve un estado constante en el patrón de activación del cerebro, entonces puede generar problemas físicos duraderos.

Cómo lo vamos a trabajar

En las siguientes secciones veremos la importancia de 3 enfoques:

  1. Reducir la respuesta de estrés.
  2. Bajar los niveles de tono en el SNA.
  3. Y lo más importante: entrenar el cerebro para cambiar los patrones estables de activación que mantienen el estrés y la hiperactividad del SNA.

Este tercer enfoque es el que puede generar cambios duraderos en el tono autonómico.

¿Qué sigue?

En las siguientes partes vamos a hablar sobre las estructuras cerebrales que activan o apagan la respuesta simpática. También vamos a definir claramente qué es el estrés y qué es el trauma, que son los principales motores de esa respuesta.


Sistema de Tono Cerebral

Caminos Paralelos

Cuando la información sensorial llega al cerebro, pasa por dos sistemas paralelos. El primero es un sistema de filtrado sensorial que permite a la Corteza Prefrontal (CPF) —el centro ejecutivo del cerebro— decidir qué es importante procesar y qué debe descartarse. Sin este filtro, nuestro mundo sería un caos (como pasa, por ejemplo, con algunas personas con autismo), sin poder distinguir entre información útil y ruido.

Al mismo tiempo, otro sistema evalúa la misma información, pero con un enfoque muy diferente. En ambos lados del cerebro, dentro de los lóbulos temporales, está una estructura llamada amígdala. Estos dos centros de miedo y rabia del sistema emocional del cerebro también funcionan como una alarma de humo. Realmente no importa que a veces den falsas alarmas, siempre y cuando nunca se pierda una verdadera. La amígdala recibe la información sensorial mucho más rápido que el sistema de filtrado sensorial. Su trabajo es simplemente decidir si hay un gran riesgo o una gran oportunidad en la información que recibe.

La Alarma de Humo

La amígdala puede activar el Sistema Nervioso Simpático (SNS) y provocar una respuesta inmediata de lucha o huida. Ordena al hipotálamo que libere una descarga de adrenalina que activa todas las defensas del cuerpo. Este sistema enciende el SNS sin que la CPF intervenga. Es una respuesta mucho más primitiva y rápida.

Cuando el SNS se activa, la atención del sistema de filtrado sensorial se enfoca en el estímulo que causó la respuesta. La CPF rápidamente junta más información para evaluar si realmente hay una amenaza u oportunidad. Si decide que la alarma fue falsa, la CPF puede apagar la respuesta.

Desde un punto de vista de supervivencia, es mejor que el sistema se active por error a que se pierda una amenaza real. Es más seguro confundir un palo con una serpiente, que confundir una serpiente con un palo.

Sensibilización Excesiva

Pero si la amígdala se sensibiliza demasiado, puede estar casi todo el tiempo disparándose. Esto pasa cuando alguien está muy estresado o traumatizado, y entonces ve peligro por todos lados. El resultado es que el cuerpo pasa mucho tiempo en modo simpático, y la CPF gasta mucha energía evaluando amenazas falsas y apagando falsas alarmas.

Estrés/Ansiedad/Depresión (EAD)

Cuando el cerebro se acostumbra a la respuesta de estrés, el nivel de tono en el SNA sube. Esto genera efectos físicos y emocionales. Como dijimos antes, una respuesta física de estrés puede causar ansiedad emocional y viceversa. Altos niveles de estrés (que veremos más adelante) dañan las funciones de mantenimiento del cuerpo. Con el tiempo, al subir el tono, aparecen rebotes como ataques de pánico o migrañas. Este nivel alto de activación emocional se alimenta a sí mismo, produciendo ansiedad generalizada. Ya no es un “estado” provocado por algo externo, sino un “rasgo” permanente que afecta toda nuestra vida. Muchas veces ni siquiera sabemos de qué nos estamos angustiando. Esta ansiedad puede sentirse tanto emocional como físicamente.

El Costo del Tono Alto

Tener un tono alto en el SNA consume muchísima energía. El cerebro y el cuerpo usan recursos enormes para poco beneficio real. Esta “fuga” de energía ocurre justo cuando el cuerpo no puede mantener el modo parasimpático (de descanso). El resultado es agotamiento físico y emocional. La persona se siente cansada, sin recursos, sin esperanza, y sin control sobre su vida. Esto es lo que llamamos depresión.

Entrenando el Tono

En la sección de entrenamiento de este libro hablaremos del enfoque de tres frentes para tratar el tono alto:

  1. Primero, aprender a normalizar nuestra respuesta al estrés.
  2. Segundo, ayudar al cerebro a sentirse cómodo con un nivel más razonable de actividad parasimpática. Para esto existen técnicas como biofeedback periférico, meditación, yoga, oración, entre otras. Pero ninguna de estas técnicas por sí sola “resetea” el sistema; hay que usarlas siempre mientras no cambiemos los patrones de activación en el cerebro que sostienen el tono alto.

Los estados de tono alto son tan agotadores que generan síntomas que muchas personas prefieren antes que el descontrol emocional. Problemas de atención y memoria, o síntomas físicos como problemas para dormir, eliminación o migrañas, se ven como algo externo que nos pasa, y por eso parecen menos íntimos que el miedo o la depresión.
Incluso defensas que el cerebro crea para manejar la emoción, como obsesiones o compulsiones, parecen fuera de nuestro control. Pero la verdad del entrenamiento cerebral es que todos esos síntomas son capas de un mismo problema: la incapacidad para manejar el estrés y trauma que están en la base de todo, codificados en los hábitos estables de activación cerebral. Ahí es donde debe empezar el entrenamiento.


Estrés y Trauma

Estrés y Trauma

Muchos usamos las palabras estrés y trauma para hablar de lo que estamos viviendo ahora o de cosas que nos pasaron en el pasado. Les echamos la culpa de lo difícil o desagradable que hay en nuestras vidas. Pero casi nunca están bien definidas, así que realmente no sabemos bien de qué hablamos.

Estrés

La forma en que vamos a hablar de estrés en este texto es probablemente diferente a lo que ves en comerciales o revistas. Ahí casi siempre te quieren hacer sentir impotente y venderte algo. Nuestra definición, en cambio, es precisa y útil para cambiar, porque define el estrés en términos que podemos modificar.

Estrés es:
Mi reacción ante una situación donde siento que necesito más control del que tengo.

Fíjate que el estrés no es algo externo que “nos pasa”. Es una reacción interna que activa nuestra respuesta simpática (esa de lucha o huida). Lo importante es entender que el estrés está relacionado con nuestro deseo de controlar.

Por ejemplo, dos personas trabajan para un jefe enojón que los maltrata. Uno espera una herencia millonaria el próximo año. El otro tiene familia que mantener, deudas y apenas llega a fin de mes. No creo que los dos tengan el mismo nivel de estrés. Ninguno puede controlar al jefe, pero el segundo siente mucha más necesidad de hacerlo.

Cómo lidiar con el estrés

Hay dos formas principales de enfrentar lo que no podemos controlar:

  • La forma occidental es esforzarse más.
  • La forma oriental es soltar la cuerda.

En un juego de tirar la cuerda, si yo estoy solo y del otro lado hay diez jugadores de fútbol americano, puedo seguir peleando o aceptar que no voy a ganar y usar mi energía en otra cosa.

Como dijimos antes, la mayoría de nosotros quiere controlar a los demás (lo cual es imposible) más que controlarse a sí mismos. Lo primero es inútil; lo segundo es difícil pero posible. Cuando nos enojamos, tenemos miedo o nos deprimimos, quemamos energía sin sentido, apagamos nuestro sistema inmunológico y bloqueamos las funciones de mantenimiento del cuerpo. Un tono autonómico alto genera un montón de resultados negativos en nuestra vida.

Si creemos que todo esto viene de fuerzas externas, nos sentimos indefensos. Pero si aceptamos que es nuestra elección tratar de controlar lo que está fuera de nuestro control, abrimos un camino para resolver el problema.

Trauma

El estrés activa la respuesta de lucha o huida. A veces podemos huir o superar la amenaza. Pero otras veces no podemos ni una ni otra. Un soldado en zona de guerra, una esposa tratando de salir de un esposo violento o un niño abusado no pueden simplemente soltar la cuerda y aceptar la situación. Tampoco pueden escapar ni vencer una situación incontrolable que necesitan controlar desesperadamente.

Trauma es:
Un cambio en mi ambiente interno cuando se activa la respuesta simpática, pero no puedo ni pelear ni huir.

En estos casos, la única opción es congelarse. Congelarse en una crisis es la forma máxima de rendirse al control.

Recuerda que la respuesta simpática es física. El cuerpo hace muchos cambios para prepararse a una emergencia. Si todo eso se activa pero nunca se libera, el cuerpo acumula mucha energía no expresada. Después de estas experiencias, temblar es una forma natural de liberar esa energía. Los animales y los niños tiemblan naturalmente después de sentirse impotentes. Los adultos suelen bloquear esa respuesta.

Cada vez que los músculos que se activan para pelear o correr no pueden liberar esa tensión, les cuesta más activarse la próxima vez que haya una crisis. Congelarse se vuelve la primera reacción, incluso cuando sí se podría pelear o huir. El trauma hace que la persona sea más vulnerable a sufrir más trauma. Así, cuerpo y cerebro guardan justo lo que queremos evitar.

Cómo sanar el trauma

Existen técnicas reconocidas y efectivas para liberar los músculos que quedan congelados por el trauma. También hay intervenciones nutricionales que ayudan a recuperar el sistema adrenal agotado. Pero si no cambiamos nuestra necesidad de control, seguimos estresándonos y traumatizándonos. Entrenar para cambiar los hábitos de activación del cerebro que programan estas respuestas en nuestro subconsciente es clave, no solo para liberar traumas antiguos, sino para evitar que se formen nuevos.


El Cerebro a lo Largo del Tiempo

Ya vimos el cerebro desde las dimensiones de energía, conectividad, activación y variabilidad. También consideramos la escala de tono in/out entre lo subcortical y cortical.

La dimensión del tiempo es un contexto súper importante para todo lo demás. El cerebro de un niño de 8 años o de un adulto de 70 probablemente mostrará patrones de energía diferentes a los de un adulto joven, y pueden entrenarse de manera distinta. También es clave entender las tareas de desarrollo y cambios esperados en cada edad.

Antes de nacer:

El desarrollo del cerebro empieza dentro del vientre, y la base de cómo una persona empieza a experimentar la vida ocurre desde aquí. El bebé recibe la misma sangre y química que la mamá. Se sabe que una mamá que fuma, toma o consume drogas puede afectar de por vida el cerebro de su hijo.

Pero muchas veces no pensamos que una mamá ansiosa, una mamá deprimida o una mamá feliz y segura también van a moldear el cerebro del bebé con patrones electroquímicos y estilos emocionales y cognitivos relacionados. ¿Qué es más importante para la personalidad, la naturaleza o la crianza? Esta herencia química sugiere que la “naturaleza” es solo un reflejo de la “crianza” en la vida de la mamá.

Formación Temprana:

Durante el embarazo, el feto depende totalmente de la mamá, literalmente es parte de su cuerpo. Sin protección en un mundo desconocido, el recién nacido aprende a vivir a través de esa relación. Los niños que no encuentran seguridad y cuidado en sus primeros meses tienen mucha dificultad para encontrarla después. Aprendemos a confiar y a amar — a conectar íntimamente con otra persona — desde muy temprano. Sin esa persona con la que están ligados químicamente, algunos niños no desarrollan esa conexión, aunque tengan una familia sustituta cariñosa y capaz casi de inmediato.

En los primeros años, el cerebro tiene más neuronas que en cualquier otra etapa. Crea sinapsis súper rápido según lo que experimenta. Hay períodos donde se podan conexiones inútiles. Empieza a desarrollarse una red más funcional y conectada que responde a nuestras experiencias. Los patrones de energía que se ven en un EEG pueden fortalecerse, cambiar o estabilizarse con los años. Con eso, nuestra personalidad — nuestros talentos y retos, nuestro ánimo general, estilo de aprendizaje y mucho más — se vuelve más fija y compleja.

Secuencia de Desarrollo:

El cerebro se activa de abajo hacia arriba, de atrás hacia adelante y de derecha a izquierda. Aunque como adultos solemos pensar que lo más importante es la corteza, los lóbulos frontales y el hemisferio izquierdo, tal vez eso solo significa que las áreas funcionales inmediatas son las subcorticales, los lóbulos posteriores y el hemisferio DERECHO.

Nacemos con el cerebro “reptiliano” y “mamífero” listos para funcionar. Lo que esperan y buscan seguramente se afinó en el vientre y se desarrolla según lo que el cerebro encuentra. Ese “animalito” que está debajo del cerebro “pensante” controla mucho de lo que sentimos y hacemos toda la vida.

Pero los hábitos corticales (de la parte externa) se construyen con años de experiencia. Cuando las áreas externas empiezan a tomar su rol, hay un cambio de frecuencias lentas a rápidas, y más posibilidad de inhibir y controlar los impulsos subcorticales. La experiencia empieza a reemplazar la curiosidad, y nuestro cerebro externo nos dice: “ya estuve ahí, ya hice eso.”

Enfriamiento (Winding Down):

Aprender es básicamente grabar nuevas experiencias mediante la repetición de señales eléctricas en las sinapsis relacionadas. Mientras crecen las sinapsis, el cerebro crece; cuando dejamos de aprender, el cerebro se encoge. Eso es una señal de envejecimiento que puede pasar a cualquier edad.

La psicóloga Marian Diamond hizo estudios increíbles con ratas mostrando que la experiencia, el aprendizaje y la conexión social afectan al cerebro en cualquier etapa de la vida. Ratas en ambientes con poca estimulación y poco contacto social tuvieron cerebros que se encogieron, sin importar su edad. Incluso ratas viejas con cerebros pequeños empezaron a crecer, se hicieron más activas y felices cuando las movieron a un lugar con ratas de varias edades y cosas nuevas para HACER, no solo para mirar.

Una de las señales eléctricas más comunes del envejecimiento en el cerebro es la disminución en la frecuencia máxima de las ondas alfa y, a veces, un cambio general hacia frecuencias más lentas — especialmente en la parte frontal izquierda. Entrenar estas áreas cuando presentan estos cambios puede tener un efecto muy positivo en la función cerebral, como “retroceder el reloj”.


Áreas del Cerebro y Flujo de Energía

Áreas del Cerebro y Flujo de Energía

Hasta ahora hemos hablado de los niveles de energía y funciones del cerebro como si fueran cosas estáticas o independientes. Hablamos de áreas donde se espera encontrar niveles específicos de activación y funciones. Es tentador ver el cerebro como una máquina.

Pero a diferencia de cualquier máquina, tu cerebro sostiene flujos de información que interactúan constantemente en múltiples tareas y funciones de control. Está diseñado para operar en una tensión entre áreas y funciones opuestas. Cuando empiezas a evaluar y cambiar los patrones del cerebro, te das cuenta de que tu cerebro es un proceso, no una cosa fija. En los próximos artículos veremos ejemplos de estos flujos funcionales.

Hemisferios Cerebrales

En los próximos tres artículos hablaremos de la estructura de doble lado, opuesta, que tienen muchas partes de tu cerebro. Mamíferos, anfibios y reptiles muestran este patrón. Nos enfocaremos en cómo los hemisferios de la corteza funcionan como un equipo, no como gemelos iguales.

La mayoría de los buenos CEOs tienen asesores que presentan puntos de vista y acciones muy diferentes. Como veremos en los siguientes capítulos, el cerebro idealmente implementa esta estrategia dentro de cada uno de nosotros. Un ejecutivo puede tener un planificador a largo plazo y un contador como asesores. Si uno es demasiado débil o fuerte, falta equilibrio y la organización sufre. Los dos hemisferios ven el mundo casi de maneras opuestas y se equilibran entre sí, algo clave para nuestro mejor desempeño.

Flujos de Procesamiento

También hablaremos de tres grandes flujos de procesamiento en el cerebro. Veremos cómo entra la información sensorial y cómo se filtra, cómo se integra con experiencias previas y cómo se sintetiza de múltiples sentidos para formar una vista única y unificada de nuestro entorno, instante a instante.

Veremos cómo surgen y se controlan las emociones a través del cerebro, dándole luz, color y banda sonora musical a la película de nuestra experiencia. En esta parte hablaremos de los recuerdos y cómo participan en guiar nuestro cerebro y la toma de decisiones.

También veremos el flujo de impulsos motores desde su origen, cómo se integran y filtran, y cómo nuestro cerebro compara constantemente lo que hicimos con lo que pensamos que íbamos a hacer.

Corteza Prefrontal

Por último, hablaremos de la parte más nueva en desarrollo del cerebro, el Centro Ejecutivo. Esta área que nos hace humanos únicos reproduce y reemplaza estructuras y funciones más antiguas del cerebro. Controla lo que entra y sale, da sentido a la información que recibe y decide qué hacer con ella.

¿Qué Sigue?

Al final de esta sección, habremos terminado una vista general rápida del cerebro entrenable — ese cerebro energético que puede cambiarse a sí mismo y sus hábitos cuando tiene un espejo de retroalimentación para ver qué está haciendo.

Un gran porcentaje de lo que “sabemos” sobre nuestros cerebros energéticos se ha descubierto — o cambiado — desde principios de los 90, y el estudio del cerebro sigue a un nivel súper alto.

La mayoría de la info publicada en artículos científicos se enfoca en detalles muy específicos o en reproducir/extender lo que ya existe. Si eres académico, probablemente esto te interese y te sea útil.

La mayoría de nosotros “aprendemos” del cerebro por artículos de medios que toman hallazgos pequeños y aislados y los vuelven titulares “sexy”. Parece que la función de los medios en el siglo XXI es convertir la complejidad del universo (y el cerebro en el centro) en frases cortas y fáciles de digerir. Esto tampoco suele ser muy útil para alguien que entrena cerebros.

Ojo con autores como Joseph LeDoux, Antonio Damasio, Elkhonon Goldberg, Iain McGilchrist, Sebern Fisher, Bessel van der Kolk, Allen Schore, Les Fehmi y muchos más. Ellos sintetizan el complejo tejido de lo que los micro-investigadores encuentran en comprensiones sofisticadas y fáciles de leer sobre flujos y patrones cerebrales. Su trabajo puede ser de un beneficio inmenso para quien entrena cerebros.

La Sección 2 de este libro dará información mucho más específica sobre habilidades clave para el entrenamiento. También abordará opciones para evaluar el cerebro y cómo funciona el proceso real de entrenarlo para cambiarlo. Vamos para allá.


El Árbol

La Historia del Árbol

Hace muchos años, cuando me mudé por primera vez a Atlanta, Georgia, compramos una casa que tenía un árbol viejo y grandote en el patio trasero. Pero cuando nos entregaron la casa, el árbol no se veía nada saludable, así que nos pusimos a ver cómo podíamos ayudarlo.

Mi esposa llamó a un “cirujano de árboles” (un experto en árboles) y él trepó al árbol con un montón de herramientas. Cuando nos dijo serio, “Tu problema se llama ‘enfermedad de ramas quebradizas’. ¿Ven esto?” Tomó una rama con las manos y la dobló hasta que se partió en dos con un crujido. “No se supone que pase esto. La rama debería ser flexible, doblarse y moverse como si estuviera viva.”

Estuvimos de acuerdo en que sonaba grave y le preguntamos qué podíamos hacer. “Bueno,” dijo, “desafortunadamente no hay cura, pero hay un producto que pueden aplicar en las ramas cada 4 a 6 semanas para que estén más flexibles.”

Compramos ese producto, y me pasé horas trepando el árbol para aplicarlo en todas las ramas que podía alcanzar. Era caro y tardado, y no parecía ayudar mucho, así que dejamos de hacerlo.

Justo antes de dejarlo, una amiga me sugirió llamar a la agente de extensión del condado, y ella vino a ver el árbol. Le contamos del cirujano y la pomada, y ella negó con la cabeza y sonrió triste. “Siento que hayan pasado por todo eso,” dijo, “pero puedo ver desde aquí que su problema no es la enfermedad de ramas quebradizas. Este árbol sufre de ‘Desorden de hoja seca’.” Arrancó una hoja y la apretó en su mano, y se convirtió en polvo. “¿Ven eso?” sonrió. “No se supone que pase esto. La hoja debería estar verde, húmeda, elástica y resistente.”

Nos dimos cuenta que tenía razón: las hojas estaban muy secas, así que le preguntamos qué podíamos hacer. “Bueno,” dijo, “no hay cura, pero hay un producto que pueden rociar sobre las hojas para mantenerlas más flexibles.”

Sonaba raro, pero estábamos desesperados por no perder el árbol, así que compramos el rociador y lo usamos por unas semanas. Pero era caro y tardado, y no parecía ayudar mucho, así que lo dejamos.

Contratamos un servicio de jardinería para cuidar el jardín, y el jefe, mientras revisaba el trabajo, comentó sobre el árbol. Le contamos del cirujano y la agente de extensión, y se rió a carcajadas. “¡Esos tipos de torre de marfil!” bufó. “Ellos no trabajan con árboles todos los días como nosotros. Olvídense de la enfermedad de ramas quebradizas y del desorden de hoja seca. Su problema se llama ‘síndrome de corteza suelta’.” Sacó una navaja de bolsillo y raspó un poco la corteza. Un pedazo se desprendió del tronco. “¿Ven eso?” dijo. “No se supone que pase esto. ¡La corteza debe estar pegada bien al tronco!”

Nos miramos un momento, y le preguntamos qué podíamos hacer. “Bueno,” dijo, “no hay cura, pero hay una resina orgánica que puedo inyectar detrás de la corteza cuando cuidemos el césped, y eso la mantendrá firme como debe ser.”

Buscamos a otra persona para el jardín y dejamos el árbol tranquilo un mes más o menos. Una tarde de viernes estaba en casa cuando llegó un camión grande del departamento de saneamiento. Salí a ver qué pasaba y comenzaron a cavar en una esquina del jardín. El conductor me dijo que estaban revisando si había una tubería rota.

Claro, una hora después encontraron una fuga grave que estaba tirando aguas negras directamente en las raíces del árbol. Repararon la fuga y pasamos una semana lavando las raíces con agua varias horas al día. En una semana, el árbol empezó a verse mejor, y en un mes estaba sano, con ramas, hojas y corteza ¡como nuevo!

Cuando empecé a hacer entrenamiento cerebral, me di cuenta que tenía una herramienta que trabaja justo en la raíz del desempeño, el ánimo, el control ejecutivo, el aprendizaje, la función física y más. Vemos los síntomas, pero entrenamos la raíz.


Carro Cerebral

El Cerebro como un Carro

Inteligencia

Si tu cerebro fuera un carro, la inteligencia sería la potencia del motor. Pero lo que en realidad entrenas cuando haces entrenamiento cerebral es la transmisión. Puedes tener un motor de 400 caballos de fuerza, pero si tu transmisión solo tiene primera velocidad, no podrás salir a la carretera. La transmisión tiene que ver con el rango de revoluciones por minuto (rpm) que puedes usar — o sea, el nivel de energía.

Un cerebro que está atorado en frecuencias muy lentas produce solo primera velocidad — mucha potencia pero muy lento (ese pensamiento intuitivo y creativo). Un cerebro atorado en frecuencias muy rápidas solo tiene cuarta o quinta velocidad. Va súper rápido en la carretera, pero es casi imposible que salga del lugar donde está estacionado.

Puedes tener mucha inteligencia en tu cerebro, pero sin una transmisión completa y bien integrada, no puedes mostrarla en ciertas situaciones. Aprender a “dejarlo en punto muerto” — estar en un estado de descanso listo — ayuda a no quemar el motor (no estar acelerando a 5,000 rpm mientras estás parado en el semáforo) y ahorra mucha gasolina. Aprender a cambiar a la velocidad correcta mantiene el ritmo de trabajo en un rango eficiente y efectivo.

Eso es justo de lo que se trata el entrenamiento cerebral.

Partes del cerebro

La corteza prefrontal (CPF) es el volante y los frenos de tu cerebro. Controla a dónde vas y cuándo paras ciertas tareas. Las personas con función prefrontal limitada, que entrenamos con HEG:

  1. Tienden a ser impulsivas: hablan, actúan o responden emocionalmente sin pensar, y a menudo hacen cosas que después se arrepienten. Cuando les preguntas a los niños por qué hicieron o dijeron algo, muchas veces responden: “mi cerebro me hizo hacerlo” o “mi cuerpo lo hizo, yo no.” Están diciendo la verdad. La función de filtrado de la CPF no funciona bien (sobre todo en situaciones ocupadas), así que el cerebro no tiene chance de “editar” sus respuestas iniciales. La persona se entera de lo que va a hacer… después de haberlo hecho.
  2. Se distraen fácilmente: mientras más ocupado esté el ambiente — o más control se requiera (como en una clase o en una oficina con cubículos), menos puede el cerebro filtrar el “ruido” y enfocarse en la “tarea”.
  3. Son emocionalmente inestables: explotan, lloran o ríen fácil, y si nada los detiene, también siguen adelante rápido.
  4. No ven el orden ni los detalles. La planeación y la organización les parecen extrañas.

El cerebro subcortical — las partes más antiguas — es el motor, el que produce energía y motivación. Las emociones y recuerdos vienen de aquí. Cuando el motor es más fuerte que el sistema de control, muchas veces hacemos cosas una y otra vez que no queremos: estar atraídos por la persona equivocada, tener conductas que nos dañan, etc.

La corteza — la “corteza” externa del cerebro, el cerebro “pensante” — es la transmisión. Esto es lo que entrenamos con EEG. Mientras más suave y amplio sea el rango de nuestra transmisión, mejor podemos aprovechar la potencia del motor y menos esfuerzo le pedimos al volante y los frenos.


El Tao en el Bosque

Tao en el Bosque

Cuando vivía en Atlanta, nuestra casa daba justo a un área protegida de bosque increíble. Cruzando la cerca trasera podíamos caminar kilómetros sin saber que estábamos en medio de una gran ciudad.

Poco después de llegar, adoptamos un cachorro Border Collie al que llamamos Tao porque era súper calmado y sabio. A medida que crecía, a Tao le encantaba más que nada ver a alguien ponerse botas o tenis y dirigirse hacia la puerta. El bosque era como Disneylandia para perros.

Pero Tao tenía una cosa curiosa que descubrí en esos paseos: tenía que ir adelante. Eso era un poco incómodo porque él nunca sabía a dónde íbamos, pero salía disparado adelante y cada 10-20 segundos volteaba para asegurarse de que lo siguiéramos.

Nada le gustaba más que cuando venían amigos y éramos un grupo grande caminando juntos. Estaba en su paraíso, guiándonos a todos hacia donde ya íbamos a ir.

Un día se me ocurrió hacer un experimento. Les dije a todos, antes de cruzar la puerta, que cuando yo hiciera una señal, todos giraran 90 grados a la izquierda; con otra señal, 90 grados a la derecha; y con otra señal, todos dieran la vuelta y caminaran en la dirección opuesta. (Por suerte nunca se me ocurrió dividir al grupo para que caminara en cuatro direcciones al mismo tiempo.)

Así que arrancamos, Tao adelante, con su cola como bandera, volteando de vez en cuando para checar que lo siguiéramos. A los 100 metros, cuando ya estaba seguro de que todo iba bien, esperé a que nos mirara, hice la señal y todos nos fuimos en otra dirección. Cuando volvió a mirar, se horrorizó al ver que ya no estaba guiándonos y tuvo que correr para ponerse otra vez adelante.

Cuando empecé a entrenar cerebros, me di cuenta de que Tao era una gran metáfora para la mente consciente. Nuestra voz del ego hará todo para convencernos de que si ELLA no entiende o no está de acuerdo, nada bueno puede salir de lo que estamos haciendo.

Los clientes — sobre todo al principio del entrenamiento, y más si están entrenando solos — siempre dicen cosas como: “No entiendo el feedback. ¿Qué se supone que tiene que pasar? ¿Qué debo sentir? ¡Esto no tiene sentido!”

Les pregunto quién está haciendo esas preguntas o comentarios, y al final se dan cuenta de que es su mente consciente. Entonces les cuento la historia de Tao en el bosque.

La moraleja es:

Cuando entres al bosque del entrenamiento cerebral, tienes que dejar al perro atrás. Él va a quejarse y ladrar en la puerta, avisándote que te vas a perder o que te va a atacar un oso sin él, pero tienes que dejarlo atrás.


Viviendo junto al Río

Viviendo junto al Río

Dos hombres vivían separados a la orilla de un río ancho que atravesaba su bosque.

El primer hombre se dormía cada noche con el sonido del agua corriendo entre las piedras y despertaba con el canto de los pájaros que iban a beber y bañarse al amanecer.

Cada mañana uno de los hombres se levantaba y bajaba hasta la orilla con un balde para sacar agua para el día. Se sentaba con los pies en el agua fría mientras veía cómo corría el río — a veces tranquilo y lento, a veces rápido y furioso. Hace tiempo había encontrado una red de pesca con mango largo que dejaba colgada en las ramas bajas de un árbol. A veces usaba la red para sacar cosas del agua y llevarlas a su casa, donde las ponía de decoración en las paredes y mesas.

Unos días veía pasar una flor que había caído de una rama encima del río. Otros días pescaba un pedazo de madera flotante con forma o color interesante. Y otros solo se quedaba viendo cómo el pez bass y la trucha saltaban por las moscas y dejaban ondas en el agua. Algunas mañanas el sol creaba rayos de luz de colores sobre la superficie oscura. Sabía que había nutrias viviendo bajo la orilla del lado contrario y a veces las veía jugar.

Cada mañana, al levantarse con ganas pero resignado, pensaba: “Soy el tipo más afortunado del mundo por tener este río increíble tan cerca de mi puerta,” y muchas veces se paraba a mirar atrás con una sonrisa satisfecha.

El otro hombre, en cambio, no podía dormir por las noches con el ruido de las ranas y el chapoteo del agua en sus oídos. Cada mañana, el ruido de los pájaros y el constante correr del agua justo en la puerta lo despertaban y lo dejaban frustrado, deseando silencio en su cama.

Cada tarde, este segundo hombre salía de su cabaña y bajaba al río con un balde para tirar la basura del día. Se sentaba en la penumbra y veía pasar el agua— a veces lenta y calmada, otras veces rápida y fuerte. Cerca de su lugar había montones de piedras y palos que él mismo iba renovando todos los días.

Algunos días usaba un palo afilado para tocar el cadáver hinchado de un animal muerto que flotaba en el río—algo que había caído de la orilla, no pudo nadar y se ahogó. Otros días veía caca de animal flotando, tal vez de las nutrias que vivían en la otra orilla. Y en otras ocasiones veía un arbusto o un arbolito rodando en el agua, después de que se cayera con parte de la orilla. Había intentado pescar, pero decidió que no valía la pena—carpas y bagres que se alimentaban de basura. En la noche de luna nueva, veía la superficie oscurecerse como un agujero negro al que nunca podría ver dentro. Cuando el agua corría rápido le daba miedo su poder destructivo; cuando estaba casi quieta y baja, el olor a agua estancada le daba asco.

Cada noche, después de su tarea, se levantaba y caminaba de regreso a su cabaña sin mirar atrás. Siempre murmuraba las mismas palabras: “Algún día me voy a ir de este drenaje apestoso,” y se sonreía con amargura al pensarlo.


Fase y Coherencia

El concierto

Imagina que estamos en un dirigible flotando sobre un estadio gigante donde los Beach Boys están dando un concierto de despedida. Decenas de miles de personas están paradas sobre el pasto frente al escenario. Los Beach Boys empiezan a cantar su balada clásica, Surfer Girl. La gente en la audiencia se toma del brazo, formando filas largas, y empiezan a moverse de un lado a otro al ritmo de la música. Desde arriba, podemos ver que todas las filas se mecen al mismo compás.

Los Beach Boys son como el generador del ritmo, y cada fila de personas es una especie de grupo de neuronas. Si cada persona se moviera sola, sería difícil notar el ritmo de la música. Pero estando agarrados en esas filas largas, el ritmo se vuelve clarísimo.

Ahora nos enfocamos en las primeras tres filas. La primera y la segunda se mecen a la izquierda y a la derecha al mismo tiempo. Están “en fase”. Si dos amigos estuvieran separados en esas dos filas, uno enfrente del otro, podrían platicar sin broncas mientras se mueven de lado a lado.

Pero la tercera fila empezó a moverse en la dirección opuesta desde el principio. Cuando las primeras dos filas se mueven a la izquierda, la tercera se mueve a la derecha. El ritmo es el mismo, pero los amigos en esas filas se les haría mucho más difícil hablar porque siempre se mueven en direcciones opuestas. Estas filas están 180 grados fuera de fase.

Ya sea que estén en fase o fuera de ella, la relación entre las filas sigue igual. Todas responden al mismo ritmo, entonces su movimiento es coherente. Sabiendo el ángulo de fase entre las filas, siempre podemos predecir hacia dónde se va a inclinar alguien en la fila 2 o 3 con solo ver a alguien en la fila 1.

Las filas 4 y 5 son especiales. La fila 4 está formada solo por actores que hicieron de munchkins en El Mago de Oz. Ninguno mide más de 1.20 metros. La fila 5 es un grupo de jugadores de básquetbol retirados, todos miden más de 2 metros. Aunque tengan movimientos muy diferentes en amplitud, notamos que estas filas, igual que las otras, son coherentes. Sabiendo hacia dónde se inclina alguien en la fila 1, podemos predecir con precisión hacia dónde se inclinará un munchkin o un jugador alto.

Pero en las filas 6 y 7 pasa algo diferente. Alguien perdió a un niño y hay personas buscándolo. Están atravesando las filas alocadamente, separando a la gente para pasar, interrumpiendo el movimiento y rompiendo el ritmo. No están escuchando la música, y cuando cruzan una fila, la gente alrededor tampoco puede seguir la canción. Estas neuronas “Beta”, donde sea que vayan, destruyen la coherencia. Una vez que una fila es interrumpida por ellas, las neuronas pueden acabar moviéndose en direcciones opuestas o perder el ritmo completamente. La capacidad de predecir hacia dónde se inclinará alguien en estas filas es casi nula. La comunicación entre amigos en estas filas es súper difícil.

Finalmente, hay varias filas con personas que tienen yesos en las piernas, prótesis o incluso extremidades faltantes. Ellos sí escuchan la música y la siguen con el movimiento de la fila, pero no pueden moverse tan fácil como los demás. Eso causa que el ritmo de toda la fila se descontrole. En estos casos, las lesiones afectan el funcionamiento suave de la fila y nuestra capacidad para predecir lo que hará alguien basándonos en lo que pasa en la fila 1 es limitada. La capacidad de esas neuronas para comunicarse fácilmente con las otras también está limitada.

Así que podemos ver que grupos de neuronas que resuenan con el mismo generador de ritmo pueden estar en fase o fuera de fase, y esto afecta qué tan eficiente es su comunicación. También vemos que, estén en fase (sincronizadas) o no, sus movimientos pueden seguir siendo predecibles (coherentes), sin importar la amplitud de los dos grupos. Por último, vemos que la presencia de neuronas que están haciendo otra cosa (como buscar a un niño) o neuronas dañadas pueden romper la fase y la coherencia del grupo, y dificultar su comunicación fluida con los demás.